Caso #39

CASO #39

Buses: abran la puerta y liberen al rehén.

«Les voy a pedir, de forma muy comedida, que nos ayuden saliendo de la habitación. Vamos a tener una pequeña reunión a puerta cerrada entre los representantes y yo, y luego daremos paso a una rueda de prensa.»

La frase es casi perfecta. Por florida y educada. Por esa elegancia tan nuestra para descolar a los mushpos.

«De forma muy comedida»: salgan.

«A puerta cerrada»: esperen afuera.

«Luego daremos paso»: después les contamos.

Ahí está Quito.

Ese 5 de mayo, 57 de las 64 operadoras congelaron a la ciudad de un sopetón. Mamiticos, lo llamaron racionalización.

La gente esperó, caminó, improvisó, llegó tarde. El Municipio llamó a la medida «una forma de extorsión» y luego, esa misma tarde, negoció en privado con los clanes a diésel. Vaya síndrome de Estocolmo.

Si existe un acta, la ciudad no la ha visto. El vocero del gremio anunció compromisos «a corto y largo plazo» — frase que en la historia del transporte quiteño tiene el mismo peso específico que «quién mierdas sabe cómo, ni cuándo.» El usuario pagó el caos con tiempo y dinero. Se enteró de lo mismo que usted: murmullos de la nada.

La puerta cerrada no es un detalle protocolario. Es el formato.

La puerta se le abre mal. Se le cierra antes de que suba. Cada viaje, una prueba de paciencia, equilibrio y resignación.

Igualito, la puerta institucional. Misma delicadeza, distinto propósito. La ciudad queda afuera dos veces: del buen servicio y de la conversación que decide.

El bus urbano en Quito arranca en los años treinta: un negocio privado que llenó el vacío que el Estado no sabía cubrir. En demasiados casos, cada bus se volvió patrimonio; cada permiso, una herencia informal; cada ruta, un activo familiar. Generación tras generación, lo que comenzó como una respuesta práctica terminó siendo un feudo familiar con patente municipal. Apellidos que se repiten, décadas de antigüedad y un mérito en el servicio que el usuario rara vez logra ver.

Quito no privatizó un transporte público robusto. Hizo algo aún más torpe: dejó que el sistema se propagara hasta volverse indispensable. Lo que no podía reemplazar, lo toleró. Lo que toleró, lo legitimó. Lo que legitimó, lo financió. Y lo que financió, con el tiempo, lo capturó.

Cuando una ciudad no gobierna su transporte, el transporte termina gobernándola: privado para ganar, público para exigir, intocable para rendir cuentas y con poder para tomarla de rehén.

En 2013 venció el plazo legal de la caja común. Nadie perdió una frecuencia. En 2020, el Municipio subió el pasaje a 0,35, sujeto a indicadores de calidad. Los llamaron «indicadores de seguimiento permanente«. Ni seguimiento ni permanente han sido nunca hábitos, peor indicadores, de la administración pública.

Todas cobraron 0,35.

Entre enero y mayo de 2026, la AMT emitió 3.121 citaciones. Una por unidad, aproximadamente. La operadora con más infracciones acumula 187: más de una al día, en promedio. Sigue operando. El mismo mes, el gremio pedía subir el pasaje a 0,65 con un estudio técnico no publicado ni auditado. El Municipio tampoco publicó el suyo.

El Metro le quitó, según el propio gremio, cerca del 35% de los pasajeros al corredor sur. La respuesta lógica habría sido mejorar, pero pidieron una tarifa más alta para compensar la menor cantidad de usuarios. No es irracionalidad: es exactamente lo que el modelo premia. Cada bus cobra por cuerpo transportado, no por servicio prestado. Si tu ingreso depende de cuántos pasajeros metes, el pie va solo al acelerador

La caja común debía cambiar ese incentivo. No lo cambió porque nunca se implementó de verdad. Y mientras el modelo siga siendo el mismo, ninguna tarifa generará un servicio distinto. Solo más dinero para el mismo sistema.

El debate más importante sobre el bolsillo del usuario quiteño se libra con números que nadie puede verificar y en reuniones que nadie puede ver. Quito lleva décadas perdiendo.

Hay tres zunchos que mantienen este sistema atado a sí mismo. No son difíciles de cortar. Son difíciles de querer cortar.

Abran la bendita puerta, rescatemos al rehén.

El primer zuncho es la opacidad. Se corta con información, no con reuniones cerradas.

Publicar en 30 días el acta del acuerdo del 5 de mayo, los estudios de costos del gremio y del Municipio, las rutas por operadora, las frecuencias autorizadas versus las cumplidas, las sanciones y las reincidencias por unidad. Todo, sin excepción. Sin datos abiertos, cualquier tarifa es regateable.

El segundo zuncho es la atomización. Se corta al convertir rutas en contratos y contratos en consecuencias.

Tres corredores críticos, tres diagnósticos distintos. El Sur Occidental: 21 rutas, contratos demandados, el corredor que el Metro vació sin que nadie cambiara las reglas. El Suroriente: 44 rutas; más de 20 sin intervención; las cinco operadoras más sancionadas operan ahí. El eje oriente-occidente: apenas 93 de 3.000 buses cubren esa demanda; sigue siendo una promesa de campaña. El mismo problema en los tres: nadie tiene autoridad real para cambiar las reglas, porque están en manos de quienes juegan.

El tercer zuncho es el incentivo perverso. Se corta pagando por el servicio, no por el cuerpo.

No se le puede pedir a un sistema que produzca calidad cuando está diseñado para premiar otra cosa. Mientras cada bus cobre por pasajero y no por kilómetro recorrido, seguirá circulando. Mientras cumplir los indicadores no produzca ninguna ventaja visible frente a no cumplirlos, nadie los cumplirá. La puerta que falta por abrir es la del modelo que decide qué conviene ser en este sistema.

Ninguna de estas medidas requiere nueva legislación ni que el gremio esté de acuerdo. Requieren que alguien con autoridad decida que la puerta que siempre estuvo cerrada para el usuario —la del dato, la del contrato, la del modelo que premia lo correcto— se abra de una vez.

Eso no se llama reforma. Se llama mando. Y Quito lleva décadas sin él.

La caja común debía estar lista en 2013. El recaudo integrado, en diciembre de 2025. Los indicadores debían cumplirse antes de cobrar 0,35. Las mesas del 13 de mayo no tenían agenda publicada. El acuerdo del 5 de mayo no tiene un texto público.

Dejen de llamar proceso a eso.

Casi cien años después del primer bus, el modelo es el mismo: el feudo opera, el clan negocia, el Municipio acuerda cordialmente y bajo cerrojo.

Una ciudad también se mide por sus puertas: las que abre para subir, las que abre para explicar y las que nunca debería cerrar cuando decide sobre la vida diaria de todos.

El usuario queda afuera. Y la puerta, como siempre, se cierra muy comedidamente.

Caso #38

mayo, 3, 2026 • Tiempo de Lectura: 4 minutos

CASO #38

Lo que confundimos cuando vemos una grúa.

Las grúas tienen algo hipnótico. Uno las mira y siente que la ciudad está pasando justo ahí, en ese brazo que gira lentamente, en ese cable que sube y baja como si ordenara el futuro. Si hay grúa, suponemos que algo importante está ocurriendo.

Puede que sí. Puede que no tanto.

La grúa llega cuando casi todo ya está decidido. Eso lo aprendí tarde y no en la universidad. En obra, pisando arena y ripio, tratando de entender por qué lo de la correcta planificación arquitectónica se perdía en la traducción de la ciudad. Cuando la grúa aparece, alguien ya consiguió el terreno, ya pasó por la norma o la negoció, ya hizo números que tenían que cerrar. A esa figura la llamamos desarrollador inmobiliario: no es villano ni héroe, sino quien empuja el primer dominó. Los fierros de la grúa, que parecen ser el origen, llegan bastante después de la arquitectura, ya sea que esté bien construida o no. Ojo: no estoy hablando de lo que parece bonito ni de lo que parece feo.

El arquitecto entra en esa cadena, aunque rara vez en el lugar que uno imagina. A veces orienta cosas. Otras ajustan lo ya decidido. Un proyecto empieza casi siempre como una posibilidad incierta: alguien pregunta si se puede hacer algo en un terreno y la respuesta nunca es un sí claro. Es un “depende” que se vuelve semanas, meses, a veces años. En el camino se pierden cosas.

Ideas que no pasan de una conversación.

Proyectos que se contratan pero no se pagan por completo.

Otros que se aprueban pero no se construyen.

Lo que termina apareciendo en la ciudad es solo una fracción de todo eso. No necesariamente lo mejor, ni lo más pensado.

Hay algo que conviene decir en voz alta. Los ingenieros —estructurales, sanitarios, eléctricos, mecánicos— no son apoyo: son la columna vertebral del proceso. Sin sus cálculos, muchas decisiones de diseño no se sostienen. Y los albañiles, los maestros mayores, son la otra escuela: hay decisiones que cambian cuando alguien con cuarenta años de oficio a cuestas te dice, con calma, “eso no va a funcionar así”. Normalmente tiene razón. Cualquier conversación pública sobre arquitectura que ignore eso parte mal.

La obra enseña algo más que la teoría: que la calidad rara vez compite por sí sola. Compite con el tiempo, el costo, la paciencia del cliente, la presión de cerrar hoy y no en seis meses. Cuando una variable aprieta, las demás ceden. La que primero cede suele ser, justamente, la que el peatón verá veinte años después.

Hay un dato que vale la pena poner sobre la mesa. En Estados Unidos, un graduado en arquitectura no puede ejercer plenamente como arquitecto licenciado hasta acumular 3.740 horas de práctica supervisada, aprobar el ARE* y registrarse en su jurisdicción. En Reino Unido, son dos años documentados en oficina y un examen final de gestión y ética. En Brasil, sin inscripción en el Consejo de Arquitectura, no se sella nada. El título universitario, en esos países, es la entrada al filtro. No la salida.

Acá ese filtro es, en la práctica, inexistente. La universidad gradúa, el Estado registra, y al lunes siguiente esa persona ya puede diseñar la guardería donde dejaremos a nuestros hijos. Hay catorce universidades que forman arquitectos y dieciséis mil títulos colegiados a nivel nacional. La cifra crece cada año. Detrás de muchos de esos títulos hay un padre bien intencionado que confundió grúas con prosperidad y arquitectura con desarrollo inmobiliario. La confusión, como vimos, es la primera del relato. Y cuando el estándar depende casi por completo del criterio individual, el resultado termina siendo bastante irregular.

Esto no es solo arquitectura. La primera vez que se aplicó un examen serio a recién graduados de medicina en Ecuador, más de una cuarta parte no lo aprobó. De los abogados, mejor no entremos en ese perverso laberinto. La diferencia con la arquitectura y la ingeniería es de tiempo: los errores médicos y jurídicos se expanden rápido, salen en los titulares y llegan a las comisiones legislativas. Los nuestros maduran lentamente y se convierten en un paisaje normalizado.

Veredas que no invitan a caminar.

Urbanizaciones que funcionan hacia adentro y fallan hacia afuera.

Edificios que cumplen, pero no aportan, y que viven a merced de los caprichos de las placas tectónicas.

Nada es necesariamente ilegal ni escandaloso por sí solo. Pero sumado pesa. Estimaciones gremiales hablan de cerca del 70% de construcciones informales en Quito y en la periferia la cifra trepa al 90%. La Agencia Metropolitana de Control suspendió 664 obras el año pasado. Hace pocos meses, una construcción colapsó en Tumbaco, dejando cuatro heridos. Cualquier ingeniero estructural con experiencia en Quito entiende el riesgo: con este nivel de informalidad, un sismo de magnitud media no sería solo un evento natural. Sería una auditoría de todo lo que dejamos pasar.

La arquitectura arrastra desde Vitruvio una triple condición: estética, estática y ética. Belleza, estructura, responsabilidad. Cada decisión proyectual toca al menos una, y a veces las traiciona a las tres. Sería razonable plantear que el ejercicio profesional empiece después del título y no con él: horas verificadas en obra, un examen nacional que sea umbral y no rito, renovaciones periódicas. Elevar la barra no es un capricho corporativo: es la única forma de que un título signifique algo más allá del papel. No resolvería nada mañana. Plantaría algo distinto en quince años. Es una capa, no la solución. Y la misma idea aplica a quien diagnostica, litiga, calcula, audita o enseña.

Detrás de cada grúa hay una cadena de decisiones que casi nadie ve, y que terminan definiendo no solo cómo se ve un lugar, sino cómo se vive. A mí todavía me pasa: cada vez que paso al lado de una, estoy menos seguro de que sea tan simple.

ANEXO

* ¿Quiere saber qué debe hacer un arquitecto para ejercer plenamente en otros países?

Estados Unidos. Después del título universitario en un programa acreditado, el graduado debe completar el Architectural Experience Program (AXP): 3.740 horas de experiencia documentada en seis áreas de práctica, bajo la supervisión de arquitectos licenciados. En paralelo o después, debe aprobar el Architect Registration Examination (ARE), compuesto por seis divisiones que abarcan desde la gestión de obra hasta la planificación, la documentación técnica y la construcción. Cada estado regula la licencia final. Sin completar las tres etapas, no se puede usar el título de “architect” ni firmar legalmente como tal.

Reino Unido. El proceso tiene tres partes. Part 1 corresponde al título de grado en arquitectura. Part 2 es el máster profesional. Entre ellos, y antes del Part 3, el candidato debe acumular un mínimo de dos años de práctica documentada en oficina, bajo supervisión. Part 3 es un examen final centrado en la gestión de proyectos, los contratos, la ética y la normativa profesional. Solo después de aprobar Part 3 se obtiene el registro ante el Architects Registration Board (ARB), requisito legal para ejercer.

Brasil. Desde 2010 existe el Conselho de Arquitetura e Urbanismo (CAU). El graduado debe inscribirse en el CAU del estado donde ejerce, presentar su título y registrarse formalmente. Sin esa inscripción no puede firmar planos, anteproyectos ni proyectos urbanísticos. El CAU también supervisa el ejercicio, recibe denuncias y aplica sanciones, incluida la suspensión del registro.

En los tres casos, el título universitario marca el inicio del proceso. No su final.

Screenshot

En Quito, el ritual se repite demasiado: una obra colapsa, llegan las cámaras, aparecen los funcionarios y la conversación se cierra en torno a la infracción. Casi nunca sobre la máquina que la produce.

Los números de la Agencia Metropolitana de Control son escandalosos. En 2024, se suspendieron 359 obras. En 2025, 664. En el primer trimestre de 2026, ya había 153 suspensiones y más de 1,1 millones de dólares en multas. Y, según una estimación reiterada por parte de gremios de la construcción, cuando se elaboró el Plan de Uso y Gestión del Suelo, ya se hablaba de que cerca del 70 % de las construcciones en Quito eran informales.

Ese porcentaje también revela un entendimiento incompleto de la taxonomía de una industria de la construcción no homogénea. Están los promotores inmobiliarios formales, que normalmente necesitan cerrar el ciclo de licencia, construcción y propiedad horizontal para vender unidades independientes. Hay constructores y arquitectos que ejecutan trabajos por encargo. Y está la capa más amplia y más invisible: la autoconstrucción, albañiles y familias de barrio que levantan su casa por etapas, muchas veces sin plano, sin cálculo estructural, sin contacto real con el sistema de permisos.

Esa tercera capa probablemente pesa mucho en la informalidad estimada para toda la ciudad y también es la que menos aparece con claridad en los registros de la AMC, que no realiza censos: inspecciona donde ya hubo denuncia, requerimiento institucional, patrullaje o visibilidad. El 73 % corresponde a la causa principal entre las obras que el sistema ya detectó. Llamarlo todo “ilegal” mete demasiadas cosas en la misma bolsa.

Eso no exonera a nadie. Quito está en una zona sísmica y construir sin cálculo estructural no es una travesura administrativa: es jugar con vidas ajenas. El colapso en Tumbaco, el 28 de marzo de este año, ocurrió en una obra que había sido suspendida semanas antes y que continuó operando. Dejó cuatro heridos. Ahí se acaba el romanticismo de la viveza.

La AMC llega después. Controla, sanciona, clausura. Pero no otorga licencias ni diseña el sistema que impulsa a tanta gente a construir por fuera. Desde la perspectiva de la institución, la tesis es simple: los requisitos existen, los constructores los conocen y muchos los incumplen. Vista desde la ciudad, la pregunta más reveladora sería: ¿qué estructura permite que eso se vuelva costumbre?

Hay reglas borrosas, trámites enredados, suelos formales caros, plazos municipales que no se alinean con la realidad y una institucionalidad más rápida para castigar que para facilitar. Nada de eso justifica una obra sin permiso. Pero tampoco se corrige solo con más multas y más operativos.

La capacidad instalada tampoco ayuda: apenas unos 2 técnicos por administración zonal para inspecciones de este tipo y, según reportes de prensa, 79 funcionarios para todo el proceso. No sorprende que Tumbaco y Los Chillos concentren cerca del 30 % de las suspensiones entre 2024 y lo que va de 2026. En los valles donde la ciudad crece más rápido, el sistema llega más tarde. Primero aparece la necesidad, luego la obra, después la infracción y, finalmente, el comisario con chaleco.

Quito necesita distinguir mejor. Una cosa es el riesgo estructural real, otra, el laberinto administrativo, otra, la informalidad barrial, otra, el promotor que juega al límite, otra, el constructor que incumple porque puede. Meter todo en la misma funda permite gritar más, pero entender menos.

Hoy se sanciona, pero tarde. Cuando llega la multa, el incentivo que impulsó a evadir ya cumplió su función: dejar de controlar para inventariar el caos.

Caso #37

abril, 26, 2026 • Tiempo de Lectura: 4 minutos

CASO #37• El mejor alcalde es el que no hace falta.

Primero, despejemos lo obvio: el candidato perfecto no existe. No puede existir. Y no debería ser necesario que existiera. Si alguien necesita un líder con urgencia, como nos sucede hoy, es probable que el sistema haya fallado mucho antes.

Cada cuatro años, Quito y casi cualquier ciudad latinoamericana organizan una conversación pública sobre la misma pregunta: ¿quién? ¿Quién va a gobernar? ¿Quién tiene el perfil? ¿Quién llega con las manos limpias? Son variantes de la misma obsesión. La correcta requiere más trabajo previo y menos adrenalina electoral: ¿qué sistema existe para que a quien llegue le resulte casi imposible romper lo que ya funciona o ignorar lo que falta?

Las ciudades que mejor funcionan no son las que tuvieron un alcalde superdotado. Son las que dejaron de depender de uno. Construir un sistema que sobreviva al propio gobierno es, electoralmente, lo menos rentable que un alcalde puede hacer: no se ve, no se inaugura, no se hereda como triunfo personal. Por eso, casi nadie lo hace. Es una imposibilidad política.

Bolonia lo resolvió con consejos barriales: el alcalde trabaja a partir de prioridades definidas con los vecinos, no al revés. Medellín construyó, con su Empresa de Desarrollo Urbano, una capa técnica que sobrevivió a varios alcaldes — y que, entre 2020 y 2023, mostró señales de captura: déficit, contratos cuestionados, una administración entrante dedicada a reparar antes de construir. Incluso el mejor ejemplo de la región necesitaba reglas más duras. Un manual sin candados también se rompe.

A Quito le sobran planes desmembrados. El Plan Jones Odriozola de 1942 imaginó la ciudad de manera sistemática. El Plan Quito de 1980 pensó en la microregión. La Visión Quito 2040, construida entre 2016 y 2018 por el IMPU con más de dos mil representantes ciudadanos, tenía como objetivo explícito trascender las administraciones. Ese plan existe. El IMPU, que lo sostenía, perdió oxígeno con cada cambio de alcalde. Los buenos planes no mueren por malos: mueren porque las instituciones que los sostienen son más frágiles que quienes las ocupan.

Quito ya tiene gobierno, planes, Concejo Metropolitano, secretarías y ordenanzas. El PMDOT y el PUGS establecen horizontes a largo plazo. El problema no es la ausencia de instrumentos. Es que dependen demasiado de la voluntad de cada administración. Estructura no siempre significa sistema.

El alcalde perfecto es innecesario. No porque los alcaldes no importen —importan, y mucho—, sino porque, si el sistema funciona, dejan de marcar ellos solos el ritmo y pasan a ser responsables de cumplir con el que ya existe. No llegan con una visión: llegan con la disciplina para ejecutar la que ya se construyó. Y si no existe, su trabajo es construirla, barrio por barrio, caso por caso, con hitos distintos para Solanda que para Cumbayá.

Cuando un candidato promete «gestionar con visión», hay que tomarlo en serio. Gestionar presupone que existe algo que gestionar. Con «visión» suele querer decir, en letra pequeña, «según me parezca a mí». El candidato no llega a un manual: llega a escribir el suyo en servilletas y a borrar el que encontró. El método quiteño y nacional.

El premio al mejor alcalde debería otorgarse póstumamente. No al que gobernó con más parlantes, sino al que fue tan buen guardián de las reglas que estas terminaron guardándose solas.

Esta línea de reflexión no empieza hoy. La nombré en el Caso #9 con la sigla AURA y la desarrollé en el Caso #13 como manifiesto. En estos meses entendí dos cosas. La primera: que esa idea no aterriza si se queda en el ensayo. La segunda: cualquier mecanismo que pretenda durar más que un gobierno tiene que demostrar primero que puede durar más que su autor.

Llevo nueve meses trabajando en algo concreto y en mayo, espero, estará listo para recibir los primeros aportes. Caso a Caso deja de ser solo este blog y se convierte también en una plataforma: una infraestructura abierta y verificable de memoria técnica ciudadana, para registrar, organizar y hacer visibles propuestas de ciudad sobre cualquier tema que afecte a Quito. Un solo objetivo: evitar que el conocimiento urbano desaparezca con cada transición de gobierno.

No compite con el municipio. No reemplaza al Concejo. No ejecuta, legisla ni fiscaliza. Lo institucional decide y ejecuta; Caso a Caso documenta y conecta. Lo institucional tiene autoridad legal; Caso a Caso aspira a ser útil. Lo institucional puede cambiar con una elección; Caso a Caso está diseñado para resistir la coyuntura, porque no depende de ganar una.

Sobre cómo se administra: la plataforma no filtra ideas por su contenido ni por afinidad. Las condiciones de entrada son verificables y públicas: autor identificable, fecha, contexto y declaración de no pertenecer, al momento de aportar, a ninguna organización política activa. Esa última condición no excluye a nadie de manera permanente: protege el origen y deja al autor libre de militar antes o después. Las reglas de admisión y el código del portal serán públicos desde el primer día. Si en algún momento dejo de administrar la plataforma, las reglas y el archivo seguirán ahí. Esa es la prueba de que el método importa más que quien lo escribió.

Quien aporta conserva íntegra su propiedad intelectual. Si una propuesta se usa sin atribución o se captura de manera partidaria, el portal de veeduría permite reportarlo con evidencia. El sistema no acusa. Documenta. Un registro público verificable, con el tiempo, tiende a volverse difícil de ignorar — no porque obligue a nadie, sino porque está disponible para que cualquier ciudadano lo consulte antes de votar y cualquier candidato lo cite si quiere.

El sistema no captura a nadie. Hace visible quién captura qué. Y se hace visible a sí mismo: lo que entra, lo que se rechaza, las reglas y quién las aplica.

Si tienes ideas formadas en planificación, movilidad, ambiente, vivienda, espacio público, gestión cultural, datos urbanos, liderazgo territorial o gobernanza local, cuando el sistema esté operativo, podrás cargarlas al portal. Sin importar el barrio ni el partido. La única condición sostenida: no pertenecer actualmente a ninguna organización política activa. Técnicos, académicos, dirigentes barriales, arquitectos, urbanistas, investigadores, vecinos organizados — este espacio es para quienes llevan años construyendo en serio. Tu voz queda registrada. Tu autoría, fechada y pública. Tu trabajo, visible.

Quito no necesita otro candidato. Necesita un sistema vivo, escrito, actualizado y abierto. La ciudad lo escribe. Y desde mayo, cualquiera que haya estado escribiéndola en silencio tiene dónde dejar constancia.

Caso #36

abril, 19, 2026 • Tiempo de Lectura: 4 minutos

CASO #36• Cumbayá no fue un plan. Fue una autopista.

Viví casi toda mi vida en el norte de Quito. En 2020 me vine al valle impulsado por esa vieja tentación de arquitecto de construir mi propia casa. Sí, yo también terminé acá. Y lo vivo a diario: si entro por la Ruta Viva, el apretón se siente en el redondel que me bota a la novena transversal de la Intervalles. Si vengo por la vía antigua, me estrangulan durante todo el trayecto, entre otras, la gasolinera de Miravalle o Las Bañistas.

Pero esta asfixia tiene su historia.

Cumbayá tiene un nombre prehispánico y una estructura colonial: durante siglos, grandes extensiones de tierra en pocas manos. La Reforma Agraria de 1964 fracturó esa concentración, pero no la reemplazó por ninguna idea de ciudad. Luego llegó la Interoceánica, trazada para conectar Quito con el Oriente, y encontró un territorio con el suelo ya suelto y sin un destino claro. Entre 2006 y 2011, el 90,3 % de los nuevos espacios urbanos del valle de Tumbaco se ubicaron a menos de un kilómetro de esa vía. No hizo falta ningún plan. Le bastó una carretera.

Primero vino Jacarandá. Su fundador había trabajado en los años sesenta en programas de cooperación vinculados a USAID, cuando el cooperativismo tenía un peso real en Ecuador. Aprendió a usar esa figura y a aprovecharla. Como la normativa municipal no contemplaba urbanizaciones cerradas, el proyecto se presentó como una cooperativa de huertos familiares. En la práctica, terminó siendo lo que siempre quiso ser: acceso controlado, club privado, vida hacia adentro. La Cooperativa de Huertos Familiares Jacarandá sigue siendo su nombre legal hasta hoy.

El referente suburbano norteamericano de jardín abierto de posguerra llegó tarde al altiplano, pero con un cerramiento obligado. La geografía y la realidad local se encargaron del resto.

Jacarandá no solo trajo una tipología sino también un arquetipo aspiracional. Lo que vino después ya lo conocemos: una suma de piezas que miran hacia adentro, cada una con su acceso y su mundo propio. Para 2014, un cuarto del territorio parroquial ya era urbanización cerrada. En 2022, el censo registró 41.819 habitantes y el metro cuadrado construido supera hoy los 1.700 dólares. Lo que queda sin urbanizar se puede casi solo contar en Lumbisí, que cuenta con 612 hectáreas habitadas desde el año 1535, con cédula real, hoy con una demanda legal activa sobre 250 de ellas. En este valle, lo que sobrevive también parece predestinado a convertirse en una urbanización con el nombre de algún santo.

Cumbayá tiene de todo. Comercio, restaurantes, universidades, hospitales, vida. Lo que cuesta encontrar es la ciudad: ese tejido en el que una cosa lleva naturalmente a la siguiente, donde la calle sirve para algo más que para entrar, encontrar un parqueadero y salir. Cuando el territorio se divide en recintos, eso desaparece. Caminar deja de ser una opción y se convierte en una rareza.

Yo también tengo el descaro de quejarme del tráfico mientras me le sumo. El valle nos funciona, pero solo a punta de carro.

Los trayectos menos notorios nos ayudan a entenderlo mejor. Mucha de la gente que mantiene vivo el valle llega desde lejos, en buses o furgonetas informales, con tiempos de viaje larguísimos y con poca presencia en el relato aspiracional del sector. Y el río San Pedro sigue esperando una relación menos negligente con su entorno, mientras la planta de tratamiento para Cumbayá y Tumbaco sigue moviéndose más por los estudios que por la producción de agua limpia.

Por su parte, el Chaquiñán es el activo más subvalorado del valle. Sesenta y tres kilómetros sobre la antigua vía del tren, más de 30.000 usuarios al mes, reconocido afuera como la mejor ruta ciclística de Sudamérica y administrado como parque ecológico, no como infraestructura urbana. Esa distinción importa: es lo que impide iluminarlo bien, conectarlo con los barrios que toca o convertirlo en el eje de la vida pública que podría ser.

El concepto que falta aplicar existe y tiene un nombre antiguo: greenway urbano activo. Son rutas por antiguas vías de tren que conservan su carácter natural mientras se conectan con el tejido que las rodea. No son reservas intocables ni corredores de cemento. El PUGS del DMQ contempla la figura de parque lineal activo. La herramienta ya está en papel. Lo que 30.000 personas al mes ya usan como si fuera la costura del valle podría serlo de verdad — si alguien decide gestionarlo como tal antes de que el crecimiento voraz a su alrededor lo vuelva irrelevante.

En otras ciudades, el mismo problema se abordó de manera distinta. Curitiba, desde 1966, hizo algo que pocas ciudades hacen: decidió primero dónde iba a crecer y luego dejó que el mercado llenara ese molde, no al revés. El modelo no fue perfecto — hoy también tiene sprawl y más autos de los que quisiera. Acá, en cambio, el crecimiento llegó primero. Y en lugar de buscar salidas a este embrollo, lo barremos igualito aún más lejos, al costado de nuevas carreteras.

Por eso el tráfico de Cumbayá no es tan interesante como problema de movilidad, sino como síntoma: infraestructura que abre suelo antes de que exista una idea clara de ciudad, prestigio inmobiliario que llega antes que la continuidad urbana. El municipio lo sabe: en 2024 su propio secretario de Hábitat declaró que el crecimiento expansivo «no es un buen negocio para nadie». El ciclo continúa igual.

Cumbayá ya nos dio muchas pistas sobre cómo termina esta historia. La siguiente se está escribiendo en Puembo: suelo rural que subió un 250 % en diez años, una sola vía principal rodeada por tres ríos y un mercado que ya tiene los renders listos. En Ecuador, suplantamos la planificación urbana en este orden: primero llega la carretera, luego llega la gente y luego llega el problema. Y luego llega otra carretera.


Fuentes

INEC. Censo de Población y Vivienda 2022.

Montenegro Vivero, S. (2018). La Ciudad Transversal. TFM, ETSAB–UPC, Barcelona.

Municipio del Distrito Metropolitano de Quito. Secretaría de Hábitat y Ordenamiento Territorial. Datos de valoración de suelo (AIVA), Puembo y Tababela, 2024.

Municipio del Distrito Metropolitano de Quito. Secretaría de Territorio, Hábitat y Vivienda. Datos de urbanizaciones cerradas en Cumbayá, 2014.

Municipio del Distrito Metropolitano de Quito. Plan de Uso y Gestión del Suelo (PUGS), 2024.

Durán, G., Martí, M. y Marulanda, A. (2016). Crecimiento, segregación y mecanismos de desplazamiento en el periurbano de Quito. Íconos, Revista de Ciencias Sociales, FLACSO Ecuador.

López, C. (2017). Movilidad residencial de la élite. Pasado y presente de la élite quiteña, Urbanización Jacarandá 1970–2016. Tesis de maestría, FLACSO Ecuador.

EPMMOP. Datos de uso y mantenimiento del Chaquiñán.

Colectivo Ciudadano Rescate Río San Pedro.

Quito activó por fin su sistema integrado de recaudo. Tarjeta Ciudad, códigos QR, cédula vinculada, cuenta digital, validadores nuevos y miles de descargas. Todo muy moderno.

La promesa es razonable: un solo sistema de pago para Metro, Trolebus y Ecovía. La fricción surge cuando se intenta activar algo que aún no es plenamente funcional.

El martes pasado bajé del metro en El Ejido. Siete minutos impecables. Salí a la superficie rumbo a La Patria por Amazonas y volví al Quito de siempre: cruces peatonales despintados, un árbol famélico quitándome la visibilidad y un taxista que me educaba a pitazos sobre el uso correcto de la acera. Ahí está el problema. Ni arriba ni abajo. En el intervalo.

Porque aquí conviven dos inteligencias. Una que se diseña, se mide y se presenta con un lenguaje de eficiencia. La otra se arrastra, se memoriza, se hereda. Es la de la señora que ya sabe qué bus tomar aunque no figure en ningún mapa. La del repartidor que conoce de memoria dónde termina una acera. La del vendedor ambulante que lee el flujo mejor que cualquier estudio de movilidad. Esa lógica no nació como dato, sino como costumbre y maña. Como todas esas cosas que ningún chip puede medir.

Por eso lo de estas semanas importa más de lo que parece. El aparato empezó a desplegarse sobre una trama que ya tenía sus propias formas de resolver.

Desde el Municipio se habla de una operación progresiva, de 2,7 millones de viajes, de más de 70.000 tarjetas entregadas y de decenas de miles de descargas de la aplicación. Bien. Que lo midan. Para eso sirven estos sistemas. Pero en la superficie, los validadores muchas veces no leen la tarjeta, coexisten varios métodos de pago y los recaudadores aguantan insultos que no les corresponden. Un programa piloto previo habría absorbido buena parte de eso. En cambio, se anunciaron 300.000 tarjetas antes de saber si las máquinas las leerían correctamente.

Ahí vuelve la otra inteligencia.

No la del dispositivo, sino la del cuerpo. La que, al ver la larga fila, calcula rápido y toma un atajo.

El desorden quiteño no es una virtud, pero a veces, dentro de él, ya existe una respuesta parcial a un problema que la automatización le cuesta mucho detectar.

La Tarjeta Ciudad fue presentada casi como un gesto cívico, una señal de entrada al futuro. Puede que lo sea. Pero la calle no pedía una postal de modernidad: pedía que el paso entre un sistema y otro no se convirtiera en una prueba de paciencia para el usuario que sale temprano, llega cansado y no tiene tiempo para pedagogías tecnológicas.

Integrar el cobro ayuda. Claro que ayuda. Pero medir mejor lo que pasa no es lo mismo que entenderlo. A veces solo cambia la capa visible del problema.

Yo empezaría por ahí. Por admitir que seguimos confundiendo tecnología con la experiencia diaria, y que una parte importante de la urbe sigue funcionando gracias a esa información no registrada que surge cuando el aparato todavía no conversa bien con la vida real.

Quito no se vuelve más inteligente al llenarse de aparatos. Se vuelve un poco menos torpe cuando aprende a leer lo que ya ocurre.

El martes salí del metro a la calle de siempre. En ese tramo corto, entre el viaje impecable y la vereda que me recibió como pudo, había una ciudad que no cabía ni en el QR ni en los 2,7 millones de viajes contabilizados.

Caso #35

abril, 12, 2026 • Tiempo de Lectura: 3 minutos

CASO #35• Publicidad, pleito y lluvia.

En Quito, uno termina acostumbrándose a casi todo. Pero es bastante difícil no quedar anonadado ante una ciudad que logró convertir las paradas de bus grafiteadas y sin techo en patrimonio con protección jurídica. Una escena que nos deja casi desnudos como ciudad, apenas tapados con unas piltrafas de plástico negro.

En 2018, el Municipio firmó un contrato de concesión con Publicidad Sarmiento para la explotación publicitaria en parte del mobiliario urbano. La empresa instalaba, mantenía y explotaba comercialmente las estructuras: paradas de bus y mupis, esos cajones rectangulares de metal y vidrio que aparecen en los parterres y que, hasta hace poco, servían para anunciar cosas que nadie recuerda haber comprado. A cambio, la ciudad cobraba un canon anual de alrededor de $1,2 millones. Quito siempre luce bien el día en que firma algo, hasta que se le ven las costuras.

Luego de incumplimientos, deudas, multas, falta de mantenimiento y garantías por renovar, lo que la empresa efectivamente pagó fue apenas alrededor de $104 mil, no en un año, sino durante todo el período del contrato. La deuda acumuló intereses con la paciencia que solo tiene el dinero que no es de uno, hasta llegar a $76 millones. En mayo de 2025, el Municipio terminó unilateralmente el contrato. La empresa lo impugnó. El caso llegó a la Corte Provincial. Y las 414 paradas, o 425 estructuras, según la fuente que se lea, quedaron en el purgatorio de grafiti y vidrios rotos.

Sarmiento presentó cinco acciones constitucionales contra el Municipio. En todas, el balance procesal hasta marzo de 2026 favorece al GADDMQ. Pero hay apelaciones pendientes y nadie puede tocar esas estructuras sin abrir otro problema legal sobre el que ya existe. La procuradora metropolitana lo dejó claro: no pueden intervenir hasta que se resuelva el litigio.

Tan impecable desde lo legal como inútil para cualquier persona de a pie.

El canon debía dejar $1,2 millones al año, pero en ese tiempo ingresaron apenas migajas. Bastaba con eso para que las alarmas sonaran temprano. No sonaron. O sonaron donde nadie escucha. La respuesta institucional llegó cuando la deuda ya era demasiado grande para ignorarla y demasiado pesada para cobrarla sin causar traumatismos. Hasta ahora, en el marco de la mediación, se han recuperado alrededor de $1,3 millones de los $76 millones. El resto avanza a su ritmo, que en Quito es una forma elegante de decir que no avanza.

El modelo siempre tuvo, por diseño, un defecto de ejecución: atar el techo de una parada de bus a la suerte de un contrato publicitario sin fiscalización real. Mientras el negocio funciona, nadie lo nota. Cuando se cae, la parada se cae con él. El riesgo se queda donde siempre: en el usuario.

Mientras el expediente avanza, la AMC retira publicidad ilegal: más de 17.000 elementos en 2025 y más de 3.100 en lo que va de 2026. Parte de ese trabajo lo hacen infractores cumpliendo sanciones: gente que bebió en un parque, que vendió sin permiso, que pegó un afiche donde no debía. Es decir, Quito resuelve el desorden de un contrato de $76 millones con quien pudo atrapar tomando Pilsener en una vereda.

¿Por qué el Municipio no instaló una solución provisional mientras se resuelve el litigio? No me refiero a reconstruir las paradas que, ni modo, los abogados no dejan ni rozarlas. Algo más modesto: módulos temporales desmontables, una cubierta simple junto a la estructura sin tocarla, nada que altere el litigio. Solo algo que demuestre que alguien, en algún piso del Municipio, regresó hoy mismo a ver a las personas que hacen fila para el bus, no cuando el juez firme.

Tal vez exista una razón jurídica que no figura en los documentos públicos. Pero que en casi un año nadie haya explicado por qué no se les prende el foco ya dice bastante sobre cómo funciona la gestión cuando el expediente es mucho más ancho que la vereda.

Hay alguien apoyado en una columna, esperando un servicio oxidado, mientras el juez decide a quién le pertenece; la intemperie hace lo suyo y decreta el fallo.

Hasta tanto, las hilachas de plástico que cuelgan de los mupis suspendidos llevan casi un año ahí. Ya nadie las señala. Ya son paisaje.

Porque entre publicidad, pleito y lluvia, el único que nunca firmó nada fue el usuario. Aunque, pensándolo bien, eso en nuestras ciudades nunca ha sido requisito para quedar endeudado.


Fuentes

Oficio Nro. GADDMQ-PM-2026-0638-O. Procuraduría Metropolitana del GAD del Distrito Metropolitano de Quito. Respuesta a la solicitud del Cabildo Cívico de Quito sobre el contrato de concesión de OSP S.A. (Sarmiento) y el estado del litigio. 6 de marzo de 2026.

Oñate, Sara. «La publicidad exterior en Quito permanece en la informalidad, en medio de la disputa legal.» Expreso. 6 de abril de 2026.

Redacción La Hora. «Paradas de buses en disputa: conflicto legal impide la rehabilitación de unas 400 estructuras.» La Hora. 10 de abril de 2026.

Caso #34

abril, 5, 2026 • Tiempo de Lectura: 3.5 minutos

CASO #34• Quito y sus dos inteligencias.

Al inicio de cada mes, consulto en redes sociales cuatro ideas para ordenar los próximos casos. «Smart Cities» quedó en última posición, sin que me extrañe.

Nadie se levanta pensando en esto, sino en el bache ya inventariado, en los autobuses con complejo de arietes, en la vereda rota, en el talud sostenido con fe, en que, con suerte, lo único que nos arranque la inseguridad sea el celular. Una smart city —cuando no es marketing— se basa en datos, sistemas integrados y una mejor gobernanza. Suena razonable. El problema es que ese modelo solo funciona donde ya existe una base mínima. En Quito, la tecnología suele llegar antes que las costuras básicas. A veces mejora una pieza, pero no alcanza a resolver el sistema.

El martes pasado, bajé del metro en El Ejido. Siete minutos de viaje impecables. Salí a la superficie, dirigiéndome a La Patria por Amazonas, atravesando un slalom de cruces peatonales pintados antes de que Ecuador vaya al Mundial y árboles famélicos. Mi tobillo me reclama aún hoy por haberme tropezado cuando un taxista me pitaba para que me moviera rápido.

Ahí está el problema. Ni arriba ni abajo. En el intervalo.

En ese intervalo está lo que el sistema nunca va a registrar: la señora que sabe qué bus tomar aunque no esté en ningún mapa oficial, el repartidor que conoce de memoria qué acera termina en nuestra calle, el vendedor ambulante que sabe dónde hay flujo de gente y a qué hora, mejor que cualquier estudio de movilidad.

Esa inteligencia no vive en ningún servidor. Vive en la costumbre, en el cuerpo, en el cálculo que uno hace sin pensar mucho porque ya se golpeó antes. No nació como dato. Nació como defensa. Como maña. Como forma de llegar. A veces se ve caótica desde afuera, pero no lo es tanto. Solo que nadie la está leyendo bien.

En esta ciudad hay tecnología que promete ordenar y gente que ya aprendió a moverse en medio del desorden. Ahí conviven dos inteligencias. La una se procesa. La otra se arrastra, se memoriza, se hereda. No digo que haya que escoger una. Digo que en Quito casi siempre llega primero la que no entiende del todo a la otra.

Desde el primero de abril, arrancó el Sistema Integrado de Recaudo. La Tarjeta Ciudad es gratuita: 300.000 unidades. Retírela en su estación. El tag de la tercera placa también sería gratuito cuando entre en operación, posiblemente a partir del segundo semestre de 2026. Todo gratis, al menos hasta que alguien pregunte quién lo paga. Todo moderno. Todo lanzado antes de estar listo. El Trolebús se integra el 14 de abril y la Ecovía, el 29. No está integrado. Inaugurado. Una ciudad puede empezar a medir mejor sin necesariamente entenderse mejor. En Quito, confundimos las dos cosas con frecuencia.

Luego está la tercera placa. No me horroriza el chip. Lo que me interesa es el orden: primero el dispositivo, después la explicación. Se anunció para enero de 2025, luego para junio y, después, para 2026. A este ritmo, llegará al parabrisas justo a tiempo para el siguiente lanzamiento. La defensa insiste en que no geolocaliza. Puede ser cierto, pero el problema nunca fue solo qué guarda el tag, sino qué usos habilita después. El Municipio ya dejó abierta la puerta: el peaje en La Carolina figura en el Plan Maestro de Movilidad y, en enero, alguien con micrófono lo comparó con el de Londres.

Sí, Londres.

Queda la infraestructura lista y la pregunta sin responder. En Quito, esa secuencia no solo parece torpeza, sino que también es el método habitual.

Cuando la ciudad se diseña desde la consola, se observan patrones. Cuando se la mira desde la calle, aparecen trucos, atajos, mañas, inteligencia de supervivencia.

Yo empezaría por ahí. No por romantizar el caos, sino porque muchas veces el caos quiteño ya contiene una respuesta parcial a un problema que el sistema todavía no ha entendido. La tecnología sirve más cuando llega a escuchar que cuando llega a corregir.

Una ciudad no se vuelve inteligente llenándose de aparatos. Se vuelve menos tonta cuando aprende a leer lo que ya ocurre.

El martes bajé del metro y volví a la ciudad de siempre. En ese intervalo en el que nadie mira, había inteligencia que nadie diseñó, que nadie registró y que ningún QR va a capturar mientras el sistema siga midiendo lo que le conviene y llamándolo éxito.

Quito no solo necesita capas de modernidad encima. Antes de cada nuevo aparato gratis, valdría la pena hacerse una pregunta mucho menos sexy: ¿qué sabe ya la calle que el sistema todavía no aprende a leer?

En Quito, madrugando, se repite una escena conocida: distraídos por las pantallas, esquivamos un problema primitivo y fecal.

Imaginen a una madre empujando un cochecito, zigzagueando entre minas caninas mientras el dueño scrollea memes. El perro mira al dueño. La caca queda donde estaba como testimonio de la pugna entre el urbanismo y la urbanidad: si no ordenamos la acera, difícilmente ordenaremos algo más complejo.

Nuestro panorama cambió hace un buen rato: según el Censo 2022 del INEC, en Quito ya hay 1.082.641 perros y gatos, frente a 700.591 niños y adolescentes. Y la densidad canina en zonas urbanas pasó de 107 a 542 perros por kilómetro cuadrado en apenas cinco años.

Y no hablamos solo de perros sin dueño. Según la propia Unidad de Bienestar Animal, más del 70 % de los perros en situación de calle tienen un tutor identificable. Son animales que desayunan en casa, almuerzan en la vereda y cenan en el parque. El problema no es el abandono. Es la comodidad.

Seguimos planificando como si la familia típica siguiera siendo la de dos adultos y dos niños. La estadística muestra otra cosa: parejas, un perro y, con frecuencia, un gato que administra el hogar y probablemente también la agenda del dueño. La ciudad todavía no asume bien esa realidad demográfica. La infraestructura pública para el ejercicio canino sigue siendo escasa y desigual. Los parques casi nunca tienen bebederos ni zonas delimitadas, y el transporte público los permite de forma muy limitada. La norma sigue tratando al animal como un accesorio doméstico cuando, de hecho, ya es un usuario urbano.

Quito no puede alegar ignorancia. Tiene ordenanza, Unidad de Bienestar Animal, microchip obligatorio, registro y operativos. El marco legal existe. Falta lo único que convierte una norma en ciudad: que alguien la haga cumplir.

Por eso, esto ya no es un tema de ternura doméstica. Es salud y espacio público, convivencia, y malos hábitos. Las heces huérfanas no son solo una grosería. Son bacterias, agua contaminada y parques degradados. Los perros sueltos tampoco son un detalle pintoresco. Alteran la fauna, tensan la convivencia y, como casi todo en Quito, se vuelve más áspero donde hay menos control y más abandono.

Parques y veredas ya son territorios en disputa. Unos se sienten expulsados. Otros se comportan como si querer mucho a su perro les diera un título de propiedad sobre el espacio público.

Una ciudad adulta no puede seguir rebajando a tema blando un problema que cruza residuos, mordeduras y movilidad. Luego aparece una doña en el trolebús, encogida frente a un perro grande sin bozal. Y ahí, el asunto deja de ser tierno: se convierte en una pregunta bastante simple sobre la calidad de la convivencia.

Lo sé también desde adentro. Diseño edificios con zonas caninas, drenajes y accesos diferenciados porque mis clientes me los piden y el mercado los demanda. Resuelvo bien ese programa privado mientras la vereda de enfrente sigue siendo de nadie. No soy ajeno a esa contradicción: soy parte de ella. El mercado se adelantó a la norma porque esta tardó demasiado. Es un diagnóstico de la lentitud institucional que todos, de alguna manera, alimentamos.

Convivimos con animales, pero la ciudad misma sigue sin domesticarse. No es solo un problema de los perros, sino de esa mezcla tan quiteña de afecto, descuido y la costumbre de dejar que otros absorban el impacto de nuestra vida privada.

La forma en que una ciudad convive con sus animales revela mucho más que su amor por ellos. Revela su relación con la norma, con el espacio compartido y con esa vieja costumbre de creer que lo privado termina donde uno quiere, no donde empieza el otro.

O nos adiestramos como ciudadanos o Quito nos muerde.

Caso #33

marzo, 29, 2026 • Tiempo de Lectura: 3.5 minutos

CASO #33• Arte y ciudad: lo que la calle sostiene.

A raíz del Caso #30 y del artículo de Primicias que más improperios me propinó en redes sociales, un golpe que conectó fue el de Javier Cevallos Perugachi, compañero de aula en la secundaria y con un histrionismo envidiable. Lleva décadas entre el teatro, la gestión cultural y la calle; conoce de cerca esa distancia, un poco cruel, entre la idea artística y la logística pedestre que la vuelve posible.

Para los que tienen calle como él, el laberinto va bastante más allá del edificio. Tiene razón: se necesitan equipos, mediación, operación, permisos, continuidad y público. Sin eso, hasta el espacio cultural mejor restaurado es apenas un cascarón.

El comentario de Javier me devolvió a una intuición similar a la del Caso #7: «Abre un restaurante… y luego me cuentas». Escribí entonces sobre el viacrucis de abrir un restaurante en Quito. Hay trabajos que, desde afuera, parecen simples hasta que uno mira la trastienda. Con los artistas pasa algo parecido, pero más ingrato. El backstage se desparrama por toda la ciudad. Y cuando la política decide usar la cultura como escudo o munición, el camino se vuelve todavía más áspero para quienes solo intentan trabajar.

La propia arquitectura cultural ecuatoriana ya parte de una idea amplia del sector, con rectoría nacional, registro de actores culturales, fondos de fomento, gestión local y una cadena de autorizaciones para que la expresión llegue a ocurrir en el espacio urbano. Es decir, esto nunca fue solo un asunto de gastar en murales.

Quito y el país siguen tratando estas expresiones como episodios fotogénicos y como rehenes útiles de pugnas entre facciones centralistas y locales. Muy pocas veces como parte de una misma ecología cívica y cultural. Y ese conflicto no siempre nace de la falta de recursos, sino de algo quizá más ecuatoriano: la costumbre de volver ilegible la gestión, incluso para quienes dependen de ella para trabajar. Ahí empieza buena parte del desgaste. No solo en la escasez, sino también en la opacidad, en el trámite que nadie termina de explicar del todo.

Ciudades como Filadelfia convirtieron el mural en una herramienta cívica vinculada a la educación, a la comunidad y a la memoria. Lisboa creó una institucionalidad específica para dialogar con el grafiti y el street art como lenguajes contemporáneos de la ciudad. Y Buenos Aires, con todos sus problemas, ofrece algo que aquí todavía miramos como si fuera alquimia: una mezcla de fondos, mecenazgo, sociedad civil especializada y políticas sectoriales para sostener el teatro, el libro y la circulación cultural sin colgar todo de la misma cuerda anual.

No digo que esas ciudades lo tengan resuelto por completo. Solo digo que adoptaron algo mucho mejor: la cultura urbana necesita reglas, operación eficiente y continuidad.

Porque una feria del libro, una obra en la calle, un concierto en una plaza o una instalación visual tienen una materialidad muy concreta. Requieren permisos, rutas de producción, uso del espacio, seguridad, aforo, coordinación pública y, muchas veces, mezclas de financiamiento y apoyo que no dependen de una sola oficina ni de un solo relato político. En Quito, incluso para un espectáculo público, la cadena ya pasa por RUC, patente, aforo, bomberos, autorizaciones y controles. O sea, la épica del artista por sí sola no alcanza. Nunca alcanzó.

Por eso, la discusión no debería quedarse en el griterío sobre quién tiene la culpa cuando una expresión cultural entra en crisis. Esa pelea produce bastante ruido, poco sistema y, casi siempre, termina dejando a los artistas con las migajas del conflicto.

Lo útil sería empezar por cosas más concretas. Una sola ventanilla digital para la cultura en el espacio público, con formularios unificados, trazabilidad real, responsables identificables y un calendario claro, no esta gincana de sellos que hoy desgasta antes de empezar y, al mismo tiempo, deja espacio para que todo se vuelva opaco.

Si se observa un trámite, que se sepa quién lo observó, cuándo y por qué. Si se aprueba, lo mismo. Un sistema de coinversión en el que el respaldo ciudadano, privado o barrial, active fo

Caso #32

marzo, 22, 2026 • Tiempo de Lectura: 3 minutos

CASO #32• Marca ciudad: souvenirs de alcaldías.

Antes de estudiar arquitectura, me gradué como diseñador gráfico en 1997, dominaba la lógica de la imprenta offset: separar los colores por capas, preparar películas y planchas, y controlar los tramados con los que la imagen aparecía en el papel. No sospeché que la era digital me esperaba al doblar la esquina.

De ese mundo analógico me quedaron la síntesis, la legibilidad y la construcción de sentido comunicacional. Hoy, con la IA, las herramientas envejecerán más rápido que las ideas, y a muchos jóvenes este nuevo asalto tecnológico los encontrará en un estado de alerta aún mayor.

Con las ciudades pasa algo parecido cuando no hay una estrategia de comunicación: cambian los formatos, los canales y los lenguajes visuales. Lo que no debería entrar en subasta pública cada cuatro años es la arquitectura de marca y sus activos distintivos, así como los relatos y las reglas de uso que pueden sostener su reconocimiento a lo largo del tiempo.

Quito, en cambio, lleva décadas atrapada en una compulsión tan amenazante como los cambios tecnológicos: reiniciar su firma institucional y reabrirla, una y otra vez.

Una marca no se evalúa primero por si gusta o no, sino por su capacidad de condensar sentido, generar reconocimiento, sostener una promesa y mantenerse en el tiempo.

Esto no va en contra de los diseñadores, artistas o equipos de comunicación que han trabajado con estas marcas a lo largo de los años. Varias pudieron haber sido perfectamente competentes, incluso bien resueltas.

Se confunde la marca con el logo, el turismo con la identidad y la ciudad con el alcalde.

Ahí está la confusión madre: una cosa es la marca ciudad, otra la marca turística y otra la firma institucional del municipio.

La primera debería durar bastante más que un alcalde. La segunda puede adaptarse sin perder su esencia. La tercera sí puede cambiar con el gobierno local.

El desorden empieza cuando esas tres capas se mezclan y terminan sometidas al mismo impulso: rebautizar la ciudad como si fuera Snoop Dogg.

Entre 2000 y 2022, un estudio sobre el caso quiteño identificó siete marcas corporativas municipales y tres procesos de city branding, con una frontera difusa entre la marca ciudad y la marca turística, una fuerte influencia política en los cambios y una apropiación limitada por parte de los quiteños.

Esta ilógica manía por «reinventarse» pierde el reconocimiento acumulado, la claridad ante el visitante y la consistencia ante el propio ciudadano. El problema no es un logo. Es la compulsión de pegar uno nuevo sobre el anterior.

Es útil mirar ejemplos con lógicas distintas. I LOVE NY, administrada bajo licencia oficial por el Estado de Nueva York, no es una marca de ciudad ni vive solo de un código gráfico pegajoso. Sigue vigente porque alguien entendió a tiempo que la identidad pública no puede tratarse como una campaña de temporada.

Nuestros vecinos crearon Marca Perú, que nació en 2011 y, quince años después, sigue viva porque no fue tratada como un souvenir estatal. Se convirtió en una herramienta nacional muy versátil que sirve para el turismo, las exportaciones, las inversiones, los eventos, los productos y las licencias de uso. Duró porque salió del logo y entró en el sistema.

Para Quito, resulta especialmente torpe cambiar el tono, el lema, la firma y la promesa visual como si cada administración estuviera en un concurso de arte preescolar. Más aún, cuando Quito tiene tanto material narrativo en su geografía, patrimonio, historia, altura y paisaje, y en una condición andina muy marcada.

La salida tampoco pasa por correr a encargar otro logo, que es una forma carísima de fingir que se está haciendo algo. Esto debe ser algo más serio y menos ansioso: auditar qué activos simbólicos ya existen, qué recuerdan y reconocen los quiteños, qué funciona hacia afuera y qué parte del sistema actual merece quedarse.

Puede que la salida no sea matar la marca vigente, sino dejar de administrarla mal. Corregir lo que haga falta, ordenar su uso y separar, de una vez, la marca ciudad, la marca turística y la firma institucional.

Quito no tiene problema con su logo. Tiene un problema de continuidad simbólica. Y eso empieza a resolverse cuando se deja de pegar un sticker político sobre otro.

Son quince años desde que Marco Chiriboga Villaquirán —cronista apasionado por nuestra capital y una de esas voces que conocieron cada entraña de sus calles— me regaló el libro “Guía de arquitectura de la ciudad de Quito”. Entre sus páginas, dejó una nota escrita a mano, alentando a un joven arquitecto que no sabía muy bien qué hacía.

Intentamos juntos elaborar un plan para recuperar las escalinatas de la Avenida Pichincha, con el fin de hilvanar el corredor peatonal que fragmenta San Blas, San Marcos y La Tola con el Centro Histórico.

El proyecto, como tantos otros empujados durante décadas por quiteños idealistas, murió en el papel. La nota manuscrita, en cambio, sigue viva entre las páginas de esos tomos que tengo a la vista en mi mesa de trabajo.

Palabras escritas que, si salieran de su boca hoy, serenamente retumbarían con su enorme voz que lo caracterizaba, como un Orson Welles nacido en la Tola.

Desde que se fue en 2014, muchos lo recuerdan como “el último chulla quiteño”.
Lo que él representó fue uno de los últimos destellos de una larga identidad capitalina, una tradición con la que Quito ha sido discretamente ingrata y que se apaga como un velón de romería.

La palabra chulla proviene del kichwa ch’ulla. Significa uno solo, impar, sin pareja. Algo incompleto.

Esa idea de lo incompleto describe bastante bien la historia cultural de Quito.

Durante décadas, además de ser un personaje, fue una forma en que la ciudad se detenía en las esquinas. Elegancia improvisada, ironía política, orgullo mestizo… y esa habilidad muy quiteña de mirar al poder con una media sonrisa.

El chulla Romero y Flores, de Jorge Icaza, capturó el espíritu de un protagonista atrapado entre dos mundos: la herencia indígena que intenta desconocer y la respetabilidad social que intenta imitar.

Con el tiempo, ese arquetipo saltó al escenario en una comedia popular titulada Don Evaristo Corral y Chancleta, creada por Ernesto Albán. Uno de los grandes símbolos teatrales de Quito.

El público se reía porque se reconocía a sí mismo en él.

Luego, el municipio intentó convertir ese símbolo en una campaña cívica. A finales de los años ochenta, durante la alcaldía de Rodrigo Paz, el caricaturista quiteño Édgar Cevallos Rosales reinterpretó al personaje con la voz de Hernán Cevallos.

Fue una campaña muy efectiva: usar un arquetipo cultural para hablarle a la ciudad.

Pero algo empezó a cambiar.

Quito creció más rápido que algunas de sus historias y memorias, y hoy ya no funciona del todo como una ciudad, sino más bien como un archipiélago en el que cada quien habla desde su propia orilla.

Zonas patrimoniales, corredores financieros, barrios de ladera… urbanizaciones en los valles, periferias populares. Todas ellas con diversas formas de convivencia.

Gran parte de quienes hoy habitan la ciudad no heredó esa identidad. Llegaron a una casa que siempre nos abre la puerta. Algunos se quedaron a vivir, pero no siempre nos sentamos en la misma mesa. Esta familia disfuncional, llamada Quito, todavía está tratando de encontrar un idioma común.

Quito se convirtió silenciosamente en una ciudad sin quiteños.

Quizás lo que se está perdiendo es algo más sutil que nuestra idiosincrasia: un dialecto urbano común. Durante décadas, la ciudad desarrolló una forma propia de hablarse a sí misma —en el humor, en la ironía política, en la forma de caminar por sus plazas o de comentar la vida pública desde una esquina—. El chulla era la personificación de ese dialecto.

La estatua de don Evaristo sigue sentada en la Plaza del Teatro, con bastón, ironía y memoria, como si todavía estuviera actuando.

En esa nota que dejó Marquito Chiriboga entre las páginas del libro que tengo a mi lado mientras escribo esto, cabe algo pequeño pero potente: una frase escrita a mano. Una pista de lo inefable de ser quiteños… y de algo que todavía estamos tratando de asir.

Quito, caso por caso.

Cada semana, un análisis urbano directo al grano.