Caso #38

mayo, 3, 2026 • Tiempo de Lectura: 4 minutos

CASO #38

Lo que confundimos cuando vemos una grúa.

Las grúas tienen algo hipnótico. Uno las mira y siente que la ciudad está pasando justo ahí, en ese brazo que gira lentamente, en ese cable que sube y baja como si ordenara el futuro. Si hay grúa, suponemos que algo importante está ocurriendo.

Puede que sí. Puede que no tanto.

La grúa llega cuando casi todo ya está decidido. Eso lo aprendí tarde y no en la universidad. En obra, pisando arena y ripio, tratando de entender por qué lo de la correcta planificación arquitectónica se perdía en la traducción de la ciudad. Cuando la grúa aparece, alguien ya consiguió el terreno, ya pasó por la norma o la negoció, ya hizo números que tenían que cerrar. A esa figura la llamamos desarrollador inmobiliario: no es villano ni héroe, sino quien empuja el primer dominó. Los fierros de la grúa, que parecen ser el origen, llegan bastante después de la arquitectura, ya sea que esté bien construida o no. Ojo: no estoy hablando de lo que parece bonito ni de lo que parece feo.

El arquitecto entra en esa cadena, aunque rara vez en el lugar que uno imagina. A veces orienta cosas. Otras ajustan lo ya decidido. Un proyecto empieza casi siempre como una posibilidad incierta: alguien pregunta si se puede hacer algo en un terreno y la respuesta nunca es un sí claro. Es un “depende” que se vuelve semanas, meses, a veces años. En el camino se pierden cosas.

Ideas que no pasan de una conversación.

Proyectos que se contratan pero no se pagan por completo.

Otros que se aprueban pero no se construyen.

Lo que termina apareciendo en la ciudad es solo una fracción de todo eso. No necesariamente lo mejor, ni lo más pensado.

Hay algo que conviene decir en voz alta. Los ingenieros —estructurales, sanitarios, eléctricos, mecánicos— no son apoyo: son la columna vertebral del proceso. Sin sus cálculos, muchas decisiones de diseño no se sostienen. Y los albañiles, los maestros mayores, son la otra escuela: hay decisiones que cambian cuando alguien con cuarenta años de oficio a cuestas te dice, con calma, “eso no va a funcionar así”. Normalmente tiene razón. Cualquier conversación pública sobre arquitectura que ignore eso parte mal.

La obra enseña algo más que la teoría: que la calidad rara vez compite por sí sola. Compite con el tiempo, el costo, la paciencia del cliente, la presión de cerrar hoy y no en seis meses. Cuando una variable aprieta, las demás ceden. La que primero cede suele ser, justamente, la que el peatón verá veinte años después.

Hay un dato que vale la pena poner sobre la mesa. En Estados Unidos, un graduado en arquitectura no puede ejercer plenamente como arquitecto licenciado hasta acumular 3.740 horas de práctica supervisada, aprobar el ARE* y registrarse en su jurisdicción. En Reino Unido, son dos años documentados en oficina y un examen final de gestión y ética. En Brasil, sin inscripción en el Consejo de Arquitectura, no se sella nada. El título universitario, en esos países, es la entrada al filtro. No la salida.

Acá ese filtro es, en la práctica, inexistente. La universidad gradúa, el Estado registra, y al lunes siguiente esa persona ya puede diseñar la guardería donde dejaremos a nuestros hijos. Hay catorce universidades que forman arquitectos y dieciséis mil títulos colegiados a nivel nacional. La cifra crece cada año. Detrás de muchos de esos títulos hay un padre bien intencionado que confundió grúas con prosperidad y arquitectura con desarrollo inmobiliario. La confusión, como vimos, es la primera del relato. Y cuando el estándar depende casi por completo del criterio individual, el resultado termina siendo bastante irregular.

Esto no es solo arquitectura. La primera vez que se aplicó un examen serio a recién graduados de medicina en Ecuador, más de una cuarta parte no lo aprobó. De los abogados, mejor no entremos en ese perverso laberinto. La diferencia con la arquitectura y la ingeniería es de tiempo: los errores médicos y jurídicos se expanden rápido, salen en los titulares y llegan a las comisiones legislativas. Los nuestros maduran lentamente y se convierten en un paisaje normalizado.

Veredas que no invitan a caminar.

Urbanizaciones que funcionan hacia adentro y fallan hacia afuera.

Edificios que cumplen, pero no aportan, y que viven a merced de los caprichos de las placas tectónicas.

Nada es necesariamente ilegal ni escandaloso por sí solo. Pero sumado pesa. Estimaciones gremiales hablan de cerca del 70% de construcciones informales en Quito y en la periferia la cifra trepa al 90%. La Agencia Metropolitana de Control suspendió 664 obras el año pasado. Hace pocos meses, una construcción colapsó en Tumbaco, dejando cuatro heridos. Cualquier ingeniero estructural con experiencia en Quito entiende el riesgo: con este nivel de informalidad, un sismo de magnitud media no sería solo un evento natural. Sería una auditoría de todo lo que dejamos pasar.

La arquitectura arrastra desde Vitruvio una triple condición: estética, estática y ética. Belleza, estructura, responsabilidad. Cada decisión proyectual toca al menos una, y a veces las traiciona a las tres. Sería razonable plantear que el ejercicio profesional empiece después del título y no con él: horas verificadas en obra, un examen nacional que sea umbral y no rito, renovaciones periódicas. Elevar la barra no es un capricho corporativo: es la única forma de que un título signifique algo más allá del papel. No resolvería nada mañana. Plantaría algo distinto en quince años. Es una capa, no la solución. Y la misma idea aplica a quien diagnostica, litiga, calcula, audita o enseña.

Detrás de cada grúa hay una cadena de decisiones que casi nadie ve, y que terminan definiendo no solo cómo se ve un lugar, sino cómo se vive. A mí todavía me pasa: cada vez que paso al lado de una, estoy menos seguro de que sea tan simple.

ANEXO

* ¿Quiere saber qué debe hacer un arquitecto para ejercer plenamente en otros países?

Estados Unidos. Después del título universitario en un programa acreditado, el graduado debe completar el Architectural Experience Program (AXP): 3.740 horas de experiencia documentada en seis áreas de práctica, bajo la supervisión de arquitectos licenciados. En paralelo o después, debe aprobar el Architect Registration Examination (ARE), compuesto por seis divisiones que abarcan desde la gestión de obra hasta la planificación, la documentación técnica y la construcción. Cada estado regula la licencia final. Sin completar las tres etapas, no se puede usar el título de “architect” ni firmar legalmente como tal.

Reino Unido. El proceso tiene tres partes. Part 1 corresponde al título de grado en arquitectura. Part 2 es el máster profesional. Entre ellos, y antes del Part 3, el candidato debe acumular un mínimo de dos años de práctica documentada en oficina, bajo supervisión. Part 3 es un examen final centrado en la gestión de proyectos, los contratos, la ética y la normativa profesional. Solo después de aprobar Part 3 se obtiene el registro ante el Architects Registration Board (ARB), requisito legal para ejercer.

Brasil. Desde 2010 existe el Conselho de Arquitetura e Urbanismo (CAU). El graduado debe inscribirse en el CAU del estado donde ejerce, presentar su título y registrarse formalmente. Sin esa inscripción no puede firmar planos, anteproyectos ni proyectos urbanísticos. El CAU también supervisa el ejercicio, recibe denuncias y aplica sanciones, incluida la suspensión del registro.

En los tres casos, el título universitario marca el inicio del proceso. No su final.

Caso #37

abril, 26, 2026 • Tiempo de Lectura: 4 minutos

CASO #37• El mejor alcalde es el que no hace falta.

Primero, despejemos lo obvio: el candidato perfecto no existe. No puede existir. Y no debería ser necesario que existiera. Si alguien necesita un líder con urgencia, como nos sucede hoy, es probable que el sistema haya fallado mucho antes.

Cada cuatro años, Quito y casi cualquier ciudad latinoamericana organizan una conversación pública sobre la misma pregunta: ¿quién? ¿Quién va a gobernar? ¿Quién tiene el perfil? ¿Quién llega con las manos limpias? Son variantes de la misma obsesión. La correcta requiere más trabajo previo y menos adrenalina electoral: ¿qué sistema existe para que a quien llegue le resulte casi imposible romper lo que ya funciona o ignorar lo que falta?

Las ciudades que mejor funcionan no son las que tuvieron un alcalde superdotado. Son las que dejaron de depender de uno. Construir un sistema que sobreviva al propio gobierno es, electoralmente, lo menos rentable que un alcalde puede hacer: no se ve, no se inaugura, no se hereda como triunfo personal. Por eso, casi nadie lo hace. Es una imposibilidad política.

Bolonia lo resolvió con consejos barriales: el alcalde trabaja a partir de prioridades definidas con los vecinos, no al revés. Medellín construyó, con su Empresa de Desarrollo Urbano, una capa técnica que sobrevivió a varios alcaldes — y que, entre 2020 y 2023, mostró señales de captura: déficit, contratos cuestionados, una administración entrante dedicada a reparar antes de construir. Incluso el mejor ejemplo de la región necesitaba reglas más duras. Un manual sin candados también se rompe.

A Quito le sobran planes desmembrados. El Plan Jones Odriozola de 1942 imaginó la ciudad de manera sistemática. El Plan Quito de 1980 pensó en la microregión. La Visión Quito 2040, construida entre 2016 y 2018 por el IMPU con más de dos mil representantes ciudadanos, tenía como objetivo explícito trascender las administraciones. Ese plan existe. El IMPU, que lo sostenía, perdió oxígeno con cada cambio de alcalde. Los buenos planes no mueren por malos: mueren porque las instituciones que los sostienen son más frágiles que quienes las ocupan.

Quito ya tiene gobierno, planes, Concejo Metropolitano, secretarías y ordenanzas. El PMDOT y el PUGS establecen horizontes a largo plazo. El problema no es la ausencia de instrumentos. Es que dependen demasiado de la voluntad de cada administración. Estructura no siempre significa sistema.

El alcalde perfecto es innecesario. No porque los alcaldes no importen —importan, y mucho—, sino porque, si el sistema funciona, dejan de marcar ellos solos el ritmo y pasan a ser responsables de cumplir con el que ya existe. No llegan con una visión: llegan con la disciplina para ejecutar la que ya se construyó. Y si no existe, su trabajo es construirla, barrio por barrio, caso por caso, con hitos distintos para Solanda que para Cumbayá.

Cuando un candidato promete «gestionar con visión», hay que tomarlo en serio. Gestionar presupone que existe algo que gestionar. Con «visión» suele querer decir, en letra pequeña, «según me parezca a mí». El candidato no llega a un manual: llega a escribir el suyo en servilletas y a borrar el que encontró. El método quiteño y nacional.

El premio al mejor alcalde debería otorgarse póstumamente. No al que gobernó con más parlantes, sino al que fue tan buen guardián de las reglas que estas terminaron guardándose solas.

Esta línea de reflexión no empieza hoy. La nombré en el Caso #9 con la sigla AURA y la desarrollé en el Caso #13 como manifiesto. En estos meses entendí dos cosas. La primera: que esa idea no aterriza si se queda en el ensayo. La segunda: cualquier mecanismo que pretenda durar más que un gobierno tiene que demostrar primero que puede durar más que su autor.

Llevo nueve meses trabajando en algo concreto y en mayo, espero, estará listo para recibir los primeros aportes. Caso a Caso deja de ser solo este blog y se convierte también en una plataforma: una infraestructura abierta y verificable de memoria técnica ciudadana, para registrar, organizar y hacer visibles propuestas de ciudad sobre cualquier tema que afecte a Quito. Un solo objetivo: evitar que el conocimiento urbano desaparezca con cada transición de gobierno.

No compite con el municipio. No reemplaza al Concejo. No ejecuta, legisla ni fiscaliza. Lo institucional decide y ejecuta; Caso a Caso documenta y conecta. Lo institucional tiene autoridad legal; Caso a Caso aspira a ser útil. Lo institucional puede cambiar con una elección; Caso a Caso está diseñado para resistir la coyuntura, porque no depende de ganar una.

Sobre cómo se administra: la plataforma no filtra ideas por su contenido ni por afinidad. Las condiciones de entrada son verificables y públicas: autor identificable, fecha, contexto y declaración de no pertenecer, al momento de aportar, a ninguna organización política activa. Esa última condición no excluye a nadie de manera permanente: protege el origen y deja al autor libre de militar antes o después. Las reglas de admisión y el código del portal serán públicos desde el primer día. Si en algún momento dejo de administrar la plataforma, las reglas y el archivo seguirán ahí. Esa es la prueba de que el método importa más que quien lo escribió.

Quien aporta conserva íntegra su propiedad intelectual. Si una propuesta se usa sin atribución o se captura de manera partidaria, el portal de veeduría permite reportarlo con evidencia. El sistema no acusa. Documenta. Un registro público verificable, con el tiempo, tiende a volverse difícil de ignorar — no porque obligue a nadie, sino porque está disponible para que cualquier ciudadano lo consulte antes de votar y cualquier candidato lo cite si quiere.

El sistema no captura a nadie. Hace visible quién captura qué. Y se hace visible a sí mismo: lo que entra, lo que se rechaza, las reglas y quién las aplica.

Si tienes ideas formadas en planificación, movilidad, ambiente, vivienda, espacio público, gestión cultural, datos urbanos, liderazgo territorial o gobernanza local, cuando el sistema esté operativo, podrás cargarlas al portal. Sin importar el barrio ni el partido. La única condición sostenida: no pertenecer actualmente a ninguna organización política activa. Técnicos, académicos, dirigentes barriales, arquitectos, urbanistas, investigadores, vecinos organizados — este espacio es para quienes llevan años construyendo en serio. Tu voz queda registrada. Tu autoría, fechada y pública. Tu trabajo, visible.

Quito no necesita otro candidato. Necesita un sistema vivo, escrito, actualizado y abierto. La ciudad lo escribe. Y desde mayo, cualquiera que haya estado escribiéndola en silencio tiene dónde dejar constancia.

Quito, caso por caso.

Cada semana, un análisis urbano directo al grano.