Caso #26

febrero, 8, 2026 • Tiempo de Lectura: 3 minutos

CASO #26• El idioma de las decisiones.

Manual rápido para no entender nada

Después de veinticinco textos escritos, presiento algo: no tanto sobre lo que escribo, sino desde dónde. Quito Caso a Caso es mi aprendizaje en público que, cada sábado por la noche intenta entender el entorno sin hablarle solo a especialistas, sino a cualquiera que se anime a darme unos minutos. Escribo desde mi formación técnica, sí, pero sin creer que todo pueda explicarse con planos, normas o indicadores.

Estoy en una incubación lenta: afinando ideas, corrigiendo intuiciones y nombrando certezas que a veces perduran menos de lo que espero. No porque el método falle, sino porque lo urbano rara vez se deja leer desde un solo ángulo. He escrito para detectar patrones, siempre con un método, aunque también me arriesgo a equivocarme.

Intento ser un puente imperfecto y, a ratos, incómodo entre el saber especializado y la experiencia cotidiana. Y, sobre todo, para no confundir la claridad con la verdad definitiva.

Por eso este texto no arranca como los anteriores.

En estos meses, me ha pasado algo curioso. En reuniones con amigos y clientes, la conversación se desvía rápido: si voy a ser alcalde o si esto es el inicio de algo partidista. Ahí, la respuesta es sencilla y bastante definitiva: no. No porque la esfera pública no importe, sino porque sus ritmos y formas son incompatibles con mi temperamento profesional inmediatista.

En ámbitos más académicos, en cambio, los comentarios se presentan de vez en cuando con una desconfianza irónica: ¿un arquitecto constructor hablando de urbanismo?

Para esto, tengo una respuesta más firme porque no nace de un límite real, sino de una frontera mental. En mi ejercicio profesional, la lógica siempre ha sido la misma: lugar, espacio y tiempo. Una casa no termina en el lote, y un edificio nunca es un objeto aislado, porque su extensión natural es el barrio; los barrios, en conjunto, arman la ciudad; y esta funciona bajo reglas, incentivos y organismos de gobernanza. No por vocación partidista ni por afán académico, sino por coherencia ética del oficio: pensar el habitar hasta el final obliga a pensar en lo urbano.

Como casi siempre, este texto nació de una encuesta previa. Cuatro temas sobre la mesa, cuatro posibles rutas. Técnica versus política fue, de hecho, la menos votada.

Mi primer impulso fue escribir sobre cómo los técnicos suelen resultar incómodos en los espacios públicos de toma de decisiones. Sobre lo raro que es ver a arquitectos o ingenieros ocupando cargos de poder. Sobre lo poco que ayudan los matices cuando se necesitan frases rápidas.

Pero la lógica política, en realidad, no suele rechazar el conocimiento técnico. Tiene otra maña: simplificarlo para repetirlo de una fórmula digerible en el discurso.

Ahí aparecen, por ejemplo, las mal llamadas smart cities o el manoseado concepto de la ciudad de los 15 minutos. Ideas que nacieron como marcos de lectura, con debates abiertos y límites claros. Pensadas para ordenar discusiones, pero luego reducidas a afirmaciones discursivas sin fundamento.

Cuando todo es «smart», ya nada lo es. Cuando todo cabe en quince minutos, ya no importa demasiado qué ocurre en el minuto diecisiete.

Es tentador decirlo así, sin matices: «los políticos no entienden lo técnico». Pero esa explicación resulta incompleta. Para que una idea compleja termine convirtiéndose en consigna, alguien tuvo que ceder antes. Alguien aceptó recortar más de la cuenta y dejar de insistir. Alguien permitió que la palabra se vaciara de conocimiento para transformarlo en bandera y eslogan, dejando de lado todo su potencial para aliviar problemas reales y cotidianos.

Por eso este texto no busca ser un versus. No se trata de decidir si la política debe escuchar más a la técnica o si los técnicos debemos ocupar más cargos públicos. Esa discusión ordena el mundo en bandos y aquí no hay bandos claros. Hay cruces, fricciones y responsabilidades compartidas.

Tal vez el problema no sea quién se sienta a la mesa, sino el idioma en el que se toman las decisiones: un registro sistemático, cuando repetir basta, explicar estorba y evaluar deja de ser imprescindible.

A veces, para entender una ciudad, hace falta revisar las herramientas con las que uno suele mirarla. Yo elijo publicar lo que escribo.

Caso #25

febrero, 1, 2026 • Tiempo de Lectura: 4 minutos

CASO #25• Porno inmobiliario.

En Instagram pulula la compulsiva captura de cada bendito plato de comida, de la que luego no nos acordamos de qué supo. Se suman a estas manías las rutinas de gimnasio de tres sets y doce repeticiones de selfies, y los turistas que se endeudan por dos años para sostener la Torre de Pisa por treinta segundos para un post mal logrado.

Compulsión que también tiene su par en el mundo inmobiliario y en todos los medios de comunicación imaginables. La fijación por lo aspiracional nos alcanza a todos en el scroll, sin importar cuán cínicos creamos ser.

Todo tiene que ser superlativo: el más alto, el más grande, el primero. El «alfa». Parece que nos obliga a cruzar un campo minado de nombres hiperbólicos, «lo que siempre soñaste» en cualquier idioma, salvo el castellano, como si se buscara camuflar alguna insuficiencia que nadie pidió ver.

Conviene que lo aclare: esto no es, ni de cerca, una crítica al libre mercado ni al desarrollo inmobiliario. Al contrario, indudablemente este sector, en todos sus segmentos, es uno de los motores más potentes de la transformación urbana y, por extensión, humana. Precisamente por eso, importa tanto el tipo de valor que está produciendo.

Ya sea en Miami o en Abu Dhabi, es un sector productivo que, en muchos casos, ha aprendido a vender demasiado bien una ilusión, pero no siempre la convivencia. Operar cada vez más como una fábrica de activos financieros, a veces tan ineficaces como el alerón de un taxi. Aparece entonces la lógica especulativa: comprar para guardar o revender, pero no para habitar. No es ilegal ni inmoral en sí mismo. Es un modelo, en su mayoría legítimo, que, más o menos, funciona. Pero tiene sus consecuencias.

Quito, en su escala, no es ajeno a estas lógicas. El aparato inmobiliario reciente trajo altura, volumen, render y promesa. Eso también puede traer progreso, pero no siempre trae comunidad ni rutina. Por eso, vale la pena observar con atención lo que sí funciona, aunque no sea contenido viral.

Y es curioso: cuando uno busca referentes de vivienda que construyen comunidad, sostienen la rutina y envejecen con dignidad, muchos no nacieron en esta era del confeti visual. No fueron pensados para el feed. Fueron pensados para ser vividos… y para envejecer bien.

Y no, esto no es una cruzada contra la arquitectura contemporánea. La forma no es el problema. La intención sí. Hay proyectos que llaman la atención por su imagen, abren sus puertas a la ciudad y mejoran la vida cotidiana. Pero también hay muchos que solo anhelan atraer al comprador desinformado como polillas a una pantalla.

En Quito hay casos que merecen ser estudiados por su persistencia y su calidad medible. Por ejemplo, el conjunto La Granja, en la avenida Mariana de Jesús, proyectado y construido entre 1971 y 1975 por los arquitectos chilenos Sergio Larraín, Jorge Swinburn e Ignacio Covarrubias, no compite en altura ni en acabados. Su valor está en la escala doméstica, en los espacios comunes, en la separación clara entre peatón y vehículo y en la integración con la topografía, visible en un parterre arbolado en pendiente que ha permanecido abierto, sin cercas ni cerramientos, durante décadas.

No es casualidad que este tipo de proyectos provenga de una época anterior a la obsesión por el impacto viral. Muchísimos ejemplos de arquitectos e ingenieros ecuatorianos remarcables perduran tras décadas por su calidad, y hoy también hay decenas de colegas que intentan construir una ciudad de calidad. Solo el tiempo podrá evaluarlo.

También hay casos urbanos que quieren conectar en lugar de desconectar. Por ejemplo, el barrio de La Floresta ofrece caminabilidad, cultura y variedad. Cafés, cines, librerías, restaurantes pequeños, veredas animadas. No es perfecta ni ordenada, pero ofrece algo cada vez más escaso: una vida callejera reconocible, donde el valor no está en el edificio sino en lo que ocurre alrededor.

En el sector de Las Casas, el uso residencial se transformó gradualmente hacia usos gastronómicos y de encuentro. Residencias que hoy albergan mesas, cocinas abiertas y sobremesas largas. El efecto no es solo comercial: es peatonal y social. Caminar unas cuadras, quedarse un rato y volver a caminar. Vida a escala de barrio, construida desde la experiencia y no desde el render.

Cumbayá, cuando acierta, es por otra razón. En sectores muy puntuales, el valor surge de la relación con una rutina activa y de la cercanía a la naturaleza, no de la torre ni de la altura al servicio único del vehículo. Cuando esa lógica se entiende, el mercado responde. Cuando se copia un modelo genérico, el resultado se canibaliza y se desgasta rápidamente. Pierde valor.

Incluso en los límites del Centro Histórico, empieza a surgir otra búsqueda: la de la identidad y la textura urbanas. Vivir en un lugar que no podría estar en ninguna otra ciudad. Las posibilidades son abundantes.

El valor inmobiliario no brota solo del edificio en sí. Se construye desde la cuadra, la cercanía y la rutina. Desde la integración fluida —y segura— entre lo público y lo privado, para que la vida ocurra también afuera de la puerta.

Las generaciones actuales y las que vienen ya no buscan símbolos genéricos ni promesas vacías. Buscan coherencia entre lo que se muestra y lo que se vive. Me gusta llamarla sofisticación frugal.

Tal vez el diferencial inmobiliario hoy no esté en cuán grande se construye, sino en cuán bien se habita. Y eso, más que una crítica, es una enorme oportunidad inmobiliaria para quien esté dispuesto a explorarla.

Caso #24

enero, 25, 2026 • Tiempo de Lectura: 3 minutos

CASO #24• Positivismo tóxico.

¿Es Quito realmente la ciudad más linda del mundo?

Hay fotos familiares tomadas cinco minutos después de una discusión.
Pausa: sonrían, revisen que todos estén bien peinados, que no pestañeen y que miren a la cámara. Después de diez fotos, se publica una. El resto se borra.

No es tan distinto de las frases motivacionales que decoran los vestíbulos públicos y corporativos. Mantras breves, diseñados para ayudar a pasar el día sin mirar demasiado lo que el primer café no logró disimular.

Postergar lo incómodo para seguir adelante es un hábito humano. Los psicólogos lo estudian y lo llaman supresión emocional, pero todos lo reconocemos, no porque el problema desaparezca, sino porque nos hace sentir mejor. A veces funciona y nos permite avanzar, cumplir, llegar al final del día. Cuando, en lo personal, se convierte en costumbre, nos aplana. Cuando es grupal, nos anestesia.

Es un ingenioso truco comunicacional cuando entra en el discurso institucional, porque ya no importa creérselo: basta con repetirlo. Así, negarlo nos hace parecer ingratos, amargados o acomplejados.

«Quito es la ciudad más linda del mundo» es una frase emocionalmente rentable, que nos reduce a una categoría frívola e infantil cuando, en realidad, nuestra ciudad goza de vicios y atributos mucho más sustanciales.

Si bajamos el volumen del eslogan y miramos indicadores concretos, es más fácil ser objetivos y autocríticos.

Un estudio de la Universidad de Navarra (IESE Cities in Motion Index 2025), que evalúa ciudades en nueve dimensiones: gobernanza, economía, capital humano, cohesión social, planificación urbana, movilidad, medio ambiente, tecnología y proyección internacional. De este estudio de 183 ciudades globales, Quito está en el puesto 149, Bogotá en el 138 y Lima en el 150. De las 11 ciudades sudamericanas estudiadas, Quito es la novena, por encima de Lima y Río de Janeiro.

Por supuesto, esto no mide belleza; sería demencial hacerlo porque no existe una métrica semejante.

Por ejemplo, las capitales que nos rodean, como Bogotá y Lima, son tres o cuatro veces más grandes que la nuestra y, en gran medida, policéntricas y dispersas. Su crecimiento horizontal, su extensión metropolitana y la multiplicación de subcentros hacen que la fragmentación social, la presión ambiental y la movilidad sean problemas mucho más complejos.

Quito tiene una superficie más contenida por sus límites topográficos, que nos encajan longitudinalmente entre cordilleras, organizada en un claro eje norte–sur, con barreras naturales que han limitado parcialmente su expansión indiscriminada.

En términos de cohesión social, esa forma importa y nos ayuda a explicar, en cierta medida, por qué en estos índices tenemos una mejor valoración que en Lima y Bogotá. Aún conservamos una continuidad territorial en la que barrios de diferentes niveles de ingresos comparten sistemas de movilidad, espacios públicos y servicios en una misma franja urbana. Por supuesto, no somos una ciudad sin desigualdades, pero no estamos fracturados en enclaves autónomos como ocurre en áreas metropolitanas mucho mayores, donde la segregación ya es sistémica e irreversible.

En lo ambiental, nuestra relación directa con volcanes, quebradas, valles y corredores ecológicos sigue definiéndonos. El entorno natural no está a cientos de kilómetros ni reducido a parques residuales. Nos atraviesa. Esa condición, aún vigente, es una ventaja comparativa que muchas capitales latinoamericanas ya han perdido y que aún podemos potenciar.

Y en movilidad, el argumento es todavía más claro. La linealidad urbana de Quito, su tamaño relativo y la concentración de flujos en pocos ejes principales hacen que los problemas sean graves, pero técnicamente abordables. Ajustes de red, jerarquización vial o cambios en el uso del suelo todavía pueden tener un impacto real. En Lima o en Bogotá, decisiones equivalentes chocan con una complejidad política y territorial mucho mayor.

¿Dónde los datos muestran nuestras mayores fallas?
En economía, gobernanza, planificación urbana y proyección internacional.
No en su forma urbana, sino en cómo se la administra, se la regula y se la proyecta.

Con esta escala y estas condiciones, no nos conviene solo quedarnos frente al espejo repitiendo lo lindos que somos, sino exigirnos trabajar para que funcionemos mejor.

Quito no compite por belleza, sino por rareza. Y eso nos invita a pensarla de manera distinta.

En economía, raro significa escaso, difícil de reproducir, validado externamente y con valor acumulado. Una piedra preciosa no vale solo por ser linda, sino porque casi nadie puede fabricarla de nuevo. Encajamos mejor allí.

Solo hay un grupo extremadamente reducido de ciudades sudamericanas que cuenta con patrimonio urbano integral y reconocimiento creativo contemporáneo de la UNESCO. En la región, Río de Janeiro o Buenos Aires concentra múltiples reconocimientos culturales internacionales, aunque bajo lógicas distintas: paisaje cultural, literatura o diseño, y en volumen muchísimo mayor que el nuestro.

La combinación específica de la que gozamos: uno de los centros históricos más extensos y mejor conservados de América Latina, reconocido por esta institución en 1978 y, desde 2025, Quito también fue sumado a la Red de Ciudades Creativas en arquitectura, con potencial de desarrollo sostenible e identidad urbana.

Esa rareza no se activa con consignas. Tiene una promesa inconclusa que, por su escala y su potencial objetivo, puede convertirse en una capital «boutique» = valor versus volumen.

Quito no necesita gustar más y quizás nos convenga decidir muy pronto cómo haremos notar al mundo, bastante más allá de nuestra lindura, lo singulares que somos.


Descargar estudio Cities in Motion ST-0665 →


Fuentes y referencias

IESE – Cities in Motion Index (CIMI)
Página oficial: https://www.iese.edu/research/cities-in-motion/
Ranking 2025: https://www.iese.edu/research/cities-in-motion/2025/

UNESCO – Patrimonio Cultural de la Humanidad
Centro Histórico de Quito, inscrito en 1978.
https://whc.unesco.org/en/list/2/

UNESCO – Red de Ciudades Creativas
Quito incorporada en el campo de Arquitectura.
Red de Ciudades Creativas: https://en.unesco.org/creative-cities/
Arquitectura: https://en.unesco.org/creative-cities/architecture
Perfil de Quito: https://en.unesco.org/creative-cities/quito

Contexto demográfico y urbano
CEPAL: https://www.cepal.org/es/temas/desarrollo-urbano
Banco Mundial: https://data.worldbank.org/

Caso #23

enero, 18, 2026 • Tiempo de Lectura: 3 minutos

CASO #23• Patrimonio incómodo.

Cómo mirar a Quito de adelante hacia atrás

Paul Thomas Anderson ya había dirigido Boogie Nights a los 27 años cuando explicó en una entrevista por qué dejó la escuela de cine casi al empezar. El primer día de clases, su profesor fue tajante: si estaban ahí para aprender a escribir «Terminator 2», podían retirarse. El curso empezaba con El acorazado Potemkin y avanzaba desde los orígenes del cine hasta el presente.

A Anderson ese método no le sirvió.

No por desprecio a la historia, sino por una intuición práctica: los lenguajes no se entienden solo por su valor fundacional. Se entienden más fácilmente desde lo que todavía usamos y reconocemos con naturalidad.

Para entender el lenguaje urbano de Quito, tendemos a verlo en un orden cronológico que nos resulta más familiar y reconocible: prehispánico, colonial y, si queda espacio, moderno. Como si el siglo XX nos diera un poco de vergüenza.

Ese es nuestro anatema: nos cuesta reconocernos en una identidad mixta. La aceptamos en el discurso, pero la rechazamos cuando toca comprender el todo de lo construido. Ese Quito más reciente convive con nosotros todos los días, incluso junto al casco histórico, en La Mariscal o a lo largo de la 10 de Agosto. Pasamos por ahí todos los días en bus, en auto o a pie sin notarlos.

El hormigón y el vidrio del inventario moderno de Quito suelen recibir un juicio rápido: «feos», «eso no pega», «eso es de otra época». Como si la ciudad pudiera elegir qué décadas entran en la memoria colectiva y cuáles aún no lo merecen.

Recordemos que, para los parisinos, la Torre Eiffel fue rechazada durante décadas antes de adoptarla como símbolo nacional.

Aquí cabe una comparación simple. No es posible entendernos a nosotros mismos solo por la mirada de nuestra infancia, ni por lo que nos pasó el fin de semana. Lo primero importa; lo segundo aún no se asienta lo suficiente. Nuestra uniformidad cultural, desde lo construido, también puede tener memoria a mediano plazo, aunque incomode porque no encaja del todo con nuestra noción romántica de patrimonio.

Durante buena parte del siglo XX, algunas cosas envejecieron mal y otras simplemente las dejamos envejecer solas, pero Quito tampoco fue un accidente. Hubo visión, ambición y talento. No fue solo una suma de caprichos ni una moda importada sin filtro. Fue la arquitectura la que buscó crear la ciudad: esquina, continuidad, escala, relación entre lo público y lo institucional. No fue solo estética; fue, durante décadas, infraestructura visionaria y optimista para nuestra cultura cotidiana.

El dilema es lo que hacemos hoy con este patrimonio moderno.

Cuando esa capa queda fuera de nuestra vista y de nuestra memoria, también queda al margen de las decisiones que podrían generar en nosotros un afecto y una pertenencia suficientes para suscitar su cuidado.

El abandono rara vez es ideológico; suele ser operativo y nadie pelea por lo que no siente como propio ni invierte en lo que no reconoce que tiene valor. Así, sin conflicto visible, los edificios que sostuvieron a Quito pasan muchas veces a ser percibidos como oportunidades inmobiliarias y, cuando queramos reaccionar, ya habrá entrado la excavadora y, cuando aparezca el render, ya será tarde.

Ese proceso ya está en marcha. En Quito hay decenas de obras modernas, subutilizadas, alteradas o en desgaste avanzado, sin presencia real en el debate público.

No busco sacralizar el siglo XX. Trato de ver el valor histórico, contextual y estético que merecen ser cuidado, restaurado y reutilizado con un propósito claro.

La pérdida del patrimonio moderno no siempre se manifiesta con un gran escándalo, como en el caso del Hotel Quito. Llegará silenciosamente, como despojos oportunistas de ruinas con papeles en regla.

Este es el cambio de lectura que considero oportuno: mirar la ciudad, por un momento, desde el pasado reciente y hacia atrás. No como nostalgia, sino como madurez urbana.

Reconocer la modernidad no desplaza la urgencia ni la relevancia de preservar tanto lo prehispánico como lo colonial; lo complementa.

Aceptar quiénes somos, con todas nuestras capas, es la única forma de proyectar mejor lo que queremos ser. Quito también se define por lo que dejamos de lado.


Algunos arquitectos del movimiento moderno en Quito (memoria urbana viva)

Milton Barragán Dumet (1934–2024)
Obras: Edificio Artigas; Templo de La Dolorosa; Templo de la Patria; Edificio CIESPAL (coautor).

Ovidio Wappenstein (1938–2022)
Obras: Torre / Edificio CFN; Edificio COFIEC; Edificio CIESPAL (coautor).

Rafael Vélez Calisto (1942– )
Obras: Banco Holandés; Banco Popular; Banco Amazonas; Edificio IBM; City Plaza; Edificio Forum (y otras).

Diego Ponce Bueno (1945–2013)
Obras: Edificio La Filantrópica; Conjunto Residencial California Alta; Conjunto Colinas del Pichincha.

Fausto Nicolás Banderas Vela (1938–2026)
Conjuntos BEV (Yavirac; El Carmen 1 y 3; Miller; Santa Anita); asesor Solanda / BEV; obra y estudio «Banderas Vela».

Diego Banderas Vela
Intervenciones y obra con Juan Espinosa Páez (Palacio Arzobispal, guía Quito); producción recopilada en el libro Diego Banderas Vela: obras y proyectos.

Fernando Najas (1940– )
Obras: Benalcázar 1000 (diseño arquitectónico en equipo); vivienda de interés social y prefabricación (referencias a El Batán / industrialización).

Guillermo Jones Odriozola (1913–1994)
Obras: Plan Regulador de Quito (1942–1945).

Gilberto Gatto Sobral (1910–1978)
Obras: Plan Regulador de Quito (equipo y continuidad del plan); Ciudadela Universitaria de la UCE; Facultad de Economía de la UCE (y otros edificios del campus).

Oswaldo de la Torre Villacreses (1926–2012)
Obras: Teatro de la Escuela Politécnica Nacional (1965).

Alfredo León Cevallos (1928–1981)
Obras: Palacio Legislativo (Asamblea Nacional).

Otto Glass Pick (1903–1976)
Obras: Casa-Taller Olga Fisch (1952).

Giovanni Rota (1899–1966)
Obras: Caja de Pensiones (1949); Pasaje Amador (1956).

Edificio Casabaca / Juan Francisco Baca (c. 1957–1959)
Autor arquitectónico: Oscar Etwanik (arquitecto)
Constructor / responsable de obra: Ing. Ernesto Ordóñez Viteri

Caso #22

enero, 11, 2026 • Tiempo de Lectura: 3 minutos

CASO #22• Un miércoles cualquiera.

Cuando el mall se vuelve refugio urbano

Un miércoles cualquiera, salimos con la idea de sentarnos en la vereda para hacer una pausa en la calle y tomar un café. Lo pensamos por unos segundos y, sin que pase nada concreto que podamos nombrar, con una leve y constante tensión, dudamos y nos desviamos. Seguimos de largo por si acaso.

Así se repiten diariamente en nuestras ciudades miles de decisiones conscientes o inconscientes que nos empujan a resguardarnos, sin estadísticas ni métricas gubernamentales que nos ayuden, porque las sentimos silenciosas en las venas, dejando mesas vacías, horarios que se acortan, calles que pierden densidad humana, incluso en zonas que hasta hace poco se consideraban confiables.

También un miércoles cualquiera, un guardia perdió trágicamente la vida en manos de delincuentes.

Sucedió, no en la periferia olvidada ni en un borde urbano residual, sino en una de las zonas más consolidadas de la capital: cafés activos, veredas amplias, oficinas, colegios, vida cotidiana y a plena luz del día.

Con el paso de las horas, el debate público empezó a centrarse en un punto específico: la ineficacia municipal para controlar y regular ciertos usos cotidianos del espacio público, en particular el reparto en motocicleta. No como causa única del hecho, sino como síntoma de algo más amplio.

En ese vacío, actividades tan comunes como pedir comida a domicilio, normalizadas y amplificadas desde la pandemia, se han convertido en zonas grises de la vida urbana, no por el servicio en sí, sino por la falta de claridad sobre quién circula, cómo lo hace y bajo qué controles mínimos. El efecto no es solo un problema de seguridad, sino también de confianza: gestos antes banales se cargan de tensión, y salir a buscar lo que se necesita empieza a sentirse, paradójicamente, más seguro dentro de un entorno controlado.

Cuando la violencia alcanza los lugares que la calle había considerado inimaginables, el problema deja de ser excepcional. Ya no se trata solo de evitar ciertos barrios ni de ajustar rutinas. Se trata de aceptar que incluso los espacios mejor armados dejaron de sostener la vida urbana sin una tensión permanente.

A partir de ahí, algo se mueve. No de golpe ni de la misma manera para todos.

Frente a la impotencia, existen refugios, no solo físicos, sino también mentales, que, aun siendo parte esencial de la vida moderna, no son un reemplazo del ideal urbano, pero sí ofrecen algo que, afuera, se volvió errático. Un ecosistema de reglas claras, competentemente administradas, con iluminación constante, donde la sensación de que el cuerpo puede aflojarse por un rato.

Ahí, donde la vereda y la calzada abiertas dejaron de ofrecer experiencias compartidas y lo cerrado ocupa un rol mayor al que fue concebido, aparece entonces como refugio.

Es aquí donde el mall no funciona solo por sus amenidades y marcas, sino que funciona como un entorno predecible frente a una ciudad impredecible. Se sabe qué se espera de uno y qué del entorno: no solo comodidad y consumo, sino algo más básico: claridad en las normas y en las conductas.

Las acciones frente a la inseguridad nacional suelen activarse cuando el delito ya ocurrió: operativos, persecuciones y reacciones, como parte de las tareas propias del control y la fuerza. Pero la experiencia urbana cotidiana se define mucho antes, en otra escala y con otras decisiones: calles bien iluminadas, un orden que se hace cumplir, un desorden que no se normaliza y una administración constante que evita que el espacio público quede a la deriva. Ahí no se persigue el delito; se dificulta que ocurra.

Frente al claro fracaso de estas medidas, nuestro comportamiento gregario nos invita, por instinto y por lógica, a congregarnos donde otros se quedan, para evitar espacios que parecen frágiles o vacíos. La seguridad no solo se ejerce; se interpreta. Y cuando la interpretación compartida cambia, perdemos vida urbana incluso sin que ocurra un delito en ese instante.

No es que me preocupe que el mall absorba esa carencia urbana, sino que cada vez se convierta en el lugar para escapar de una calle que ha dejado de cumplir su función básica como espacio público amigable.

No se trata de una imposibilidad estructural. Hay zonas dentro donde la calle sigue siendo un lugar de encuentro y permanencia porque alguien asume la responsabilidad de operarla: iluminación, presencia, reglas claras y continuidad. Lastimosamente, en mayor medida por la gestión privada y la organización ciudadana que por una administración pública eficaz.

Hay dos opciones: o es gestión urbana asumida, o, como es costumbre, postergada.

No pretendo condenar el mall; a menudo lo disfruto en familia. Me gusta ir al cine y hacer alguna compra allí. Tampoco insinúo privatizar el espacio público ni convertir la vereda en un centro comercial a cielo abierto, sino señalar que una urbe que comienza a necesitar refugios cerrados para sostener la vida cotidiana está, esencialmente, fracasando.

Pero una ciudad que se repliega lejos del cielo, que convierte lo cerrado en su último resguardo y deja que la calle se achique, no está resolviendo su problema de seguridad.

Los vacíos no siempre esperan.

Caso #21

enero, 4, 2026 • Tiempo de Lectura: 4 minutos

CASO #21• El éxodo de los colegios.

Infraestructura intacta, vida desplazada

El Colegio Experimental Simón Bolívar, con una matrícula de alrededor de tres mil alumnas, fue dirigido durante décadas por mi abuela, Elena Cortés de Najas. Ubicado en el Centro Histórico, operó como una infraestructura urbana activa: formó generaciones de mujeres quiteñas y activó miles de trayectos a pie y comercio de cercanía en varios barrios.

Por varias razones, alrededor de 2012, salió del centro y el efecto fue profundamente urbano. Comerciantes del entorno relataron caídas sostenidas en la actividad y, cuando se pierden anclas institucionales, se reducen las ventas; menos locales abiertos debilitan la vigilancia informal y una menor percepción de seguridad refuerza la decisión de salir de la zona. El deterioro no aparece de golpe: se enfría por acumulación.

Unos años antes, en 1998, el Colegio Alemán salió del norte para establecerse en Lumbisí–Cumbayá, con aproximadamente 1.600 estudiantes que, en el norte, generaban flujos previsibles que sostenían la vida barrial en ejes hoy considerados estratégicos para el repoblamiento. Ese traslado del centro-norte a los valles fue un punto de inflexión para Quito.

En las últimas dos décadas, la migración educativa en Quito siguió una secuencia territorial clara. El colegio Spellman, que salió del sector de El Girón y se trasladó en 2000 a San Patricio–Cumbayá, consolidó allí una matrícula que bordeó los 1.800 estudiantes en distintos periodos. Otras instituciones del norte también se movieron hacia los valles y, con ellas, actividades de barrios completos.

Luego vino el siguiente salto. El Colegio Americano de Quito, tras décadas como ancla del sector El Condado, inició su traslado definitivo a Puembo, con un campus diseñado para alrededor de 2.500 estudiantes y con entrada en operación prevista para 2026. La progresión es legible: del centro-norte a Cumbayá; de Cumbayá a Puembo.

Esto no es una crítica al traslado de colegios. Las ciudades cambian, las infraestructuras se adaptan y las familias toman decisiones razonables. El problema no es que las instituciones se muevan, sino cómo la ciudad gestiona lo que dejan. En Quito, esas salidas ocurrieron sin una secuencia urbana que amortiguara el vacío: sin reemplazo funcional ni anclas intermedias. El costo no estuvo en la decisión, sino en el tiempo muerto posterior, cuando el barrio absorbe la pérdida y empieza a enfriarse.

En ese marco, conviene leer, como escenario estructural plausible, el caso del Colegio Benalcázar (Municipal), aún activo en una de las zonas más densas del hipercentro y, desde hace años, bajo presión inmobiliaria. Su presencia no sostiene un barrio residencial clásico, pero sí ritmos horarios y una economía de proximidad diurna que, en ese contexto, retirarla no liberaría suelo: reduciría la resiliencia urbana.

Lo que muestran estos casos es una pista clara de cómo funciona la ciudad. Durante décadas, los colegios no fueron consecuencia de la habitabilidad: fueron parte de la infraestructura que la hacía posible.

En múltiples casos internacionales, como el Programa «Quiero Mi Barrio» de Chile y los modelos de Community Schools en Estados Unidos, se han utilizado escuelas como nodos barriales tempranos: edificios abiertos más allá del horario escolar, integrados al deporte, la cultura y los servicios comunitarios, implementados antes de que la demanda residencial sea fuerte. Primero se reduce el riesgo urbano; el repoblamiento viene después.

Traducida a Quito, la secuencia importa. Primero, condiciones mínimas de previsibilidad: veredas continuas, iluminación, control de la velocidad, seguridad situacional. Sin eso, cualquier ancla fracasa. Luego, una ancla educativa puente, de escala controlada, que no exige matrícula masiva ni retorno inmediato: inicial, programas vespertinos, bibliotecas infantiles, uso compartido del espacio. Educación visible y cotidiana para reactivar la rutina sin inventar demanda. Recién después, cuando el umbral existe, la escala puede crecer.

En ese punto aparecen actores que hoy existen, pero aún no se les lee como parte de una estrategia urbana. CRISFE, por ejemplo, aparece como un actor con un horizonte amplio al reciclar infraestructura educativa en zonas frágiles del norte. Si su expansión se alinea con los objetivos urbanos, podría desempeñar una función educativa donde el mercado aún no entra, sin convertirse en promotora inmobiliaria. Más adelante, cuando el entorno ofrezca estabilidad, redes privadas como Innova Schools, con sedes de escala media, pueden consolidarse donde ya existe demanda. Ambas lógicas son complementarias si se ordenan en el tiempo.

La oportunidad, entonces, no está en frenar el movimiento ni en idealizar el pasado, sino en una política pública que reconozca esta capacidad e incorpore deliberadamente estrategias de repoblamiento, en lugar de dejar que el vacío se acumule y se enfríe solo.

Los colegios siguen siendo un indicador temprano, no como edificios, sino como señal de que una zona todavía sirve o dejó de servir para criar. Tal vez el problema no fue solo que la ciudad perdió barrios, sino que dejó de planificar la infancia como parte central de su desarrollo.


Fuentes consultadas

Educación y relocalización de colegios en Quito

Colegio Experimental Simón Bolívar (Quito)
https://es.wikipedia.org/wiki/Colegio_Experimental_Simón_Bolívar

Municipio de Quito / Quito Informa
https://www.quitoinforma.gob.ec/

Colegio Alemán de Quito
https://www.colegioalemanquito.edu.ec/

Unidad Educativa Salesiana Cardenal Spellman
https://www.spellman.edu.ec/
https://es.wikipedia.org/wiki/Colegio_Cardenal_Spellman

Colegio Americano de Quito (FCAQ)
https://www.fcaq.k12.ec — Nuevo campus, entrada 1
https://www.fcaq.k12.ec — Nuevo campus, entrada 2
https://www.primicias.ec — Inversión y traslado a Puembo

Colegio Einstein (Quito)
https://www.colegioeinstein.edu.ec/

Fundaciones y redes educativas

CRISFE – Fundación
https://crisfe.org/crisfe

Innova Schools (Ecuador)
https://www.innovaschools.edu.ec/

Educación como ancla urbana — referentes internacionales

Programa «Quiero Mi Barrio» (Chile)
https://quieromibarrio.gob.cl/

Community Schools (EE. UU.)
https://www.communityschools.org/

Boston Schoolyard Initiative
https://www.boston.gov/departments/boston-schoolyard-initiative

Zones d’Éducation Prioritaire – ZEP (Francia)
https://www.education.gouv.fr/les-reseaux-d-education-prioritaire-rep-415

Bilbao Ría 2000 (España)
https://www.bilbaoria2000.org/

Caso #20

diciembre, 27, 2025 • Tiempo de Lectura: 3 minutos

CASO #20• Uso de suelo a la carta.

El plan no se reforma, la ciudad sí

En nuestras ciudades ya no hace falta violar la ley para causar daño en el espacio urbano. Basta con cumplirla bien. Proyectos que alteran barrios enteros, saturan servicios o rompen escalas aparecen con todos los permisos en regla, respaldados por informes técnicos y aprobaciones formales.

Sin embargo, algo no cuadra. Demasiadas veces, decisiones presentadas como «técnicas» terminan afectando la vida cotidiana: el barrio, el tráfico o el paisaje. La respuesta institucional suele ser inmediata y formalmente correcta: todo está en regla. El problema es que esa explicación ya no alcanza para entender lo que ocurre en la ciudad real.

Aquí entra el PUGS (Plan de Uso y Gestión del Suelo): el instrumento que define qué, dónde y cómo hacerlo, y que fue actualizado y reformado para funcionar en el ciclo 2024-2033 como parte del marco obligatorio de planificación territorial. Es el documento principal que incluye los usos del suelo, las densidades, las actividades económicas y las áreas de protección.

Durante su formulación y tras su aprobación, gremios técnicos, incluido el CAE, han señalado públicamente los riesgos de la forma en que el PUGS se estaba aplicando. No eran objeciones políticas, sino advertencias técnicas: gobernar desde la norma operativa y no desde el plan produce una ciudad sin deliberación. Que esas alertas hayan sido ignoradas por los órganos políticos no fue un descuido, sino una elección consciente que normaliza un modelo de ciudad decidido sin discusión pública.

Mientras tanto, el territorio cambia a una velocidad brutal que supera la capacidad del papel para seguirla. Cada proyecto que intensifica los usos acumula impacto y la ciudad empieza a desfigurarse frente a lo que el PUGS prometía ordenar. En ese punto, el dilema deja de ser técnico y se vuelve político.

Esto no ocurre solo por una ilegalidad, sino por un mecanismo más sofisticado: producir transformaciones profundas sin modificar formalmente el instrumento principal. Normas operativas, criterios administrativos, codificaciones extensas y resoluciones técnicas reinterpretan su aplicación fuera del radar del ciudadano.

El resultado es predecible: la complejidad técnica del PUGS afecta a todos, pero solo fortalece a quienes saben operar sus vacíos jurídicos y deja fuera a quienes solo viven sus consecuencias.

Incluso dentro del propio Concejo Metropolitano de Quito, durante la Sesión Extraordinaria No. 61 del 10 de mayo de 2024, en la que se aprobó en segundo debate la actualización del PUGS, varios concejales plantearon inquietudes sobre el papel de las normas operativas y su impacto en la aplicación del plan, señalando que parte de la producción de la ciudad se da por medio de la normativa secundaria sin asumirlo como una decisión política explícita.

Quien quiera ejemplos concretos, los encontrará en debates del Concejo, en reclamos barriales documentados y en proyectos ampliamente cubiertos por la prensa. El problema no es uno. Es el mecanismo que los hace posibles.

El efecto se siente en un barrio que durante años tuvo escala y vida cotidiana. Llega un proyecto de gran tamaño, legal, con estudios y permisos. Los vecinos preguntan si contradice el uso del suelo y la respuesta, en teoría, es correcta: el plan no se ha modificado. El proyecto se construye. Afecta el tráfico, presiona los servicios y altera la forma de habitar. El plan sigue intacto. El barrio no.

Desde el punto de vista jurídico, todo puede estar en regla. Pero la legalidad mínima no agota la responsabilidad pública. Las decisiones urbanísticas no son neutras solo porque cumplen la norma: son acumulativas, irreversibles y afectan a generaciones que no estuvieron en la mesa cuando se tomaron.

El PUGS no es una Biblia ni un trámite. Es un pacto urbano. Cuando se cumple en la letra, pero se traiciona en el espíritu, deja de ordenar la ciudad y empieza a fragmentarla.

Si el plan no se mueve, pero tu barrio desaparece, la pregunta deja de ser técnica. Se vuelve política: ¿quién manda realmente cuando dejamos de mirar?


Fuentes consultadas

Municipio del Distrito Metropolitano de Quito
Plan de Uso y Gestión del Suelo (PUGS) y Plan Metropolitano de Desarrollo y Ordenamiento Territorial (PMDOT)
Sesión Extraordinaria No. 61 del Concejo Metropolitano, 10 de mayo de 2024. Vigencia: 2024–2033.
https://www7.quito.gob.ec/mdmq_ordenanzas/

Concejo Metropolitano de Quito
Actas, anexos técnicos y documentos de segundo debate del PUGS / PMDOT
https://www7.quito.gob.ec/mdmq_ordenanzas/

Quito Informa
«La actualización del Plan Metropolitano de Desarrollo y Ordenamiento Territorial y el PUGS fue aprobada», 10 de mayo de 2024.
https://www.quitoinforma.gob.ec

Colegio de Arquitectos del Ecuador (CAE)
Pronunciamientos y observaciones técnicas sobre el PUGS, 2023–2025.
https://www.cae.org.ec

Prensa nacional y local
Cobertura de debates del Concejo, reclamos barriales y proyectos urbanos con impacto territorial en Quito, 2021–2025.

Caso #19

diciembre, 21, 2025 • Tiempo de Lectura: 3 minutos

CASO #19• Los buses y la fatiga de la ciudad.

El viernes pasado a mediodía, me senté con Claude. Fue la primera vez que nos vimos cara a cara, porque solamente lo conocía por su seudónimo en redes sociales: «Más allá de los cuentos». Su rostro muestra la vitalidad forjada por décadas de actividad física (solo anda en bicicleta).

Nos ha pasado a todos. Como cuando caminamos por una vereda y un autobús atolondrado nos roza la sien con su enorme espejo retrovisor, o, con un frenazo violento, emite una espesa nube de gases que barniza por dentro nuestros pulmones y fosas nasales.

Si manejas, los carriles son meras sugerencias para algunos homínidos que pretenden operar tantas de estas moles averiadas.

Lo que describo fue, para Claude, el detonante de una cruzada para detener una maquinaria imparable que los demás no tenemos el tiempo ni las agallas de enfrentar. Comenzó como frustración y, para él, se convirtió en un método.

Denunció e insistió durante años y cada vez aprendió a hacerlo mejor. Con cámara en mano, firmas, una carpeta física por cada unidad (más de 3000). No para acusar a personas, me dice, sino para mostrar algo más incómodo: las entidades no reaccionan porque no les conviene reaccionar.

Me cuenta que hubo un momento en 2018 en que una autoridad transitoria decidió hacer lo elemental: salir a la vía con controles efectivos. Luego, fue removido un funcionario bienintencionado y, desde entonces, a Claude lo han detenido por tomar fotos; su cámara fue confiscada y, tras recuperarla en criminalística, la encontraron dañada.

Parte de la información de cada unidad está disponible en línea, pero no es realmente pública si no tienes un número de chasis para acceder. En la práctica, para cualquier ciudadano, no es posible verificar absolutamente nada a menos que hagas el trabajo detectivesco de Claude, quien lo publica periódicamente en redes sociales sin efecto alguno, aunque parezca que él tiene más información que la propia Agencia Nacional de Tránsito.

Lo que llamamos red de «transporte público» realmente es solo parcialmente. Es una superposición de capas que dificulta su control. El resultado es que, cuando algo falla en la calle, nadie sabe exactamente quién debería haber llegado primero, pues, a escala nacional, la Agencia Nacional de Tránsito fija las normas generales y las registra, pero no opera ni controla en la calle, mientras la Agencia Metropolitana de Tránsito fiscaliza y sanciona en vía, con un control intermitente que depende de quien observe.

Es más fácil notar la diferencia con el Metro, el Trolebús o la Ecovía, donde hay un operador público único, una flota institucional y un control centralizado. En el resto del transporte en superficie, ocurre lo contrario: miles de buses privados, organizados en cooperativas y consorcios, con propietarios individuales que operan bajo un esquema en el que el Municipio solo puede regular de lejos.

El resultado es un sistema fragmentado, con responsabilidades difusas, datos que no circulan y sanciones que rara vez cierran el circuito.

Confieso que, al conocer cómo funciona en Ciudad de México, no me sorprende por lo elemental que suena ni por ser perfecta, sino porque allí estas cosas dejaron de ser promesas. En varios corredores, cada unidad está identificada, monitoreada por GPS y vinculada a un operador responsable; si incumple, no hay regateo: sale del sistema. Desde la propia unidad, con un código QR visible que cualquiera puede escanear, el usuario puede reportar un incidente, generar un folio y obligar a una respuesta institucional, mientras aquí seguimos discutiendo intenciones; allá el problema dejó de ser el chófer y pasó a ser la estructura que lo pone en la calle.

Oficio tras oficio, ventanilla tras ventanilla, abogados, audiencias, papeles. El sistema no te derrota con argumentos: te derrota por desgaste. Es una fatiga institucional que blinda a buenos quiteños como Claude, quienes intentan, siempre sin éxito, formalizar sus reclamos.

Al final, uno no se pregunta solamente quién tiene la culpa, sino cuánto más puede aguantar una ciudad antes de dejar de insistir.

Caso #18

diciembre, 14, 2025 • Tiempo de Lectura: 3 minutos

CASO #18• El punto ciego de Quito.

La realidad a veces revela sus carencias sin ruido, sin malicia.
Hace un mes lancé una encuesta en X para elegir el próximo Caso para la ciudad. Cuatro opciones: constituyente, ríos, mascotas y personas con discapacidad. Esta última fue la menos votada.

No escribiré sobre este tema por victimismo ni por moraleja. Lo hago porque ese resultado —pequeño, casi invisible— dice mucho sobre una ciudad que todavía construye obra pública como si ciertas realidades no existieran, o fueran siempre de otros.

A mí me tocó entenderlo de la forma menos académica posible: tres veces terminé siendo empujado en silla de ruedas por ciudades que no eran mías, viviendo —a la fuerza— una experiencia construida que yo no elegí. En ese modo uno no «opina» de la vereda. La padece. Y sí: también maldice a quien la dejó así.

Fuera del molde hay gente de carne y hueso. Tres amigos, por ejemplo.

Fuad, reumatólogo, docente en la USFQ, usuario de silla de ruedas. El Municipio lo invitó a probar una rampa recién hecha tras una sentencia judicial. En el papel, perfecta. En la realidad, la silla volcó hacia atrás. No por mala suerte: por geometría. Pendientes imposibles en el Centro Histórico, texturas que frenan, bordillos traicioneros. Para él, Quito es una postal que, al recorrerla, se convierte en campo minado.

Roberto, paisajista, entre muletas y silla desde hace treinta años. Ha visto normas endurecerse y arquitectos sensibilizarse. Pero queda la viveza criolla local: el «solo un minuto» en el espacio reservado; el «dele nomás, sí sube» frente a una rampa al 20 %. En Estados Unidos lo multaron con 2.000 dólares por estacionar sin credencial visible. Lección aprendida: las normas de accesibilidad no viven de la buena onda solidaria. Se sostienen con control; después, con costumbre.

Gregorio, músico, estudiante de Derecho, con discapacidad visual, recorre Guayaquil con bastón y su mapa mental… hasta que un día un cable tensado para sostener un poste le cruzó el cuello. El bastón alcanza lo que alcanza; el resto depende de la improvisación diaria. Un auto en la acera lo expulsa a jugarse la vida. Un árbol nuevo, mal colocado, le cierra el paso hacia un lugar donde ningún mapa mental sirve.

En Quito, además, la topografía no perdona. Hay barrios enteros donde cada paso se piensa dos veces. Y ahí aparece el problema de fondo: no basta una rampa «correcta» en la esquina si, vereda arriba, cada predio hace lo que le da la gana. Uno mete gradas. El siguiente cambia la cota. Más allá, la rampa termina en el vacío. Veredas a mordiscos. Imposible en silla, traicionera con bastón, inestable incluso para quien camina confiado. Quito logra algo insólito: te ayuda a subir para dejarte atrapado tres metros después.

Todo esto ocurre no por ausencia de reglas, sino a pesar de ellas.

El marco jurídico existe. La Constitución reconoce derechos y garantías de accesibilidad. La Norma Ecuatoriana de la Construcción incluye el capítulo de Accesibilidad Universal (NEC-HS-AU) y define la «cadena de accesibilidad»: no un gesto aislado, sino un recorrido continuo, sin cortes absurdos. Existen también normas INEN adoptadas y listados técnicos de acceso público.

Pero en la calle esa cadena se rompe a cada rato: porque nadie responde por la cuadra completa. Porque se diseña mirando el plano y no el cuerpo. Porque se fiscaliza con el ojo y no con la cinta métrica. Porque se inaugura antes de recorrer.

Conviene ser precisos con los datos. En Ecuador se habla de 1,1 millones de personas con discapacidad (cifra difundida en reportes basados en INEC), mientras que el registro administrativo nacional muestra una cifra menor, alrededor de 487.542 personas registradas en cortes recientes. No es contradicción moral: es la diferencia entre medición estadística y registro. En cualquier caso, el número no es pequeño. Y la ciudad sigue diseñándose como si lo fuera.

La brecha es operativa. Diseñamos sin usuario real. Fiscalizamos sin medir consecuencias. Inauguramos fotos que no encuadran todo el trayecto. El podotáctil aparece interrumpido por postes o macetas. La rampa «cumple» el plano, pero no la cuadra.

¿Hay opciones para mejorar? Sí. Sin milagros de presupuesto. Sin épica. Con administración básica.

Auditar veredas, cruces y paradas de forma periódica, con mapas abiertos y responsables claros: quién contrató, quién fiscalizó, quién recibió. Lo que no se mide, en Quito se vuelve paisaje.

En la obra privada formal, las normas exigen cumplir para aprobar planos y luego obtener el permiso de habitabilidad. En el espacio público, en cambio, el cuerpo —y nuestros tributos— terminan pagando la cuenta: contratistas que entregan «tramos» y nadie que responda por el recorrido completo. La regla debería ser simple: sin certificación independiente de accesibilidad, no hay recepción de obra. Mucho menos inauguración.

Y lo más barato —y más honesto— es probar rutas con usuarios reales: silla, bastón, ojos cubiertos. No como show. Como verificación. El cuerpo mide mejor que cualquier papel.

Tal vez el error sea pensar que este es solo un problema técnico. Quizás es algo más incómodo: diseñamos sin mirar porque mirar obliga a quedarse, a corregir, a admitir que la ciudad falla en lo cotidiano.

Quito necesita eso: medir, corregir, publicar… y volver a empezar.
¿Estamos dispuestos a recorrer la cuadra completa antes de cortarla para la foto?

Una ciudad se mide por lo que decide no mirar.
Y cuando ajusta el retrovisor, descubre que el punto ciego estaba lleno de cuerpos esperando pasar.


Fuentes consultadas

  1. Constitución de la República del Ecuador (2008), derechos de las personas con discapacidad.
  2. Ley Orgánica de Discapacidades y su Reglamento (art. 17).
  3. NEC-HS-AU — Accesibilidad Universal (Norma Ecuatoriana de la Construcción).
  4. NTE INEN ISO 21542 — Accesibilidad del entorno construido.
  5. RTE INEN 042 — Accesibilidad al medio físico.
  6. NTE INEN 2854 — Pavimento podotáctil.
  7. Normas INEN complementarias (rampas, bordillos, veredas, estacionamientos accesibles).
  8. INEC — Encuesta Nacional de Discapacidades.
  9. Municipio de Quito — Evaluaciones de accesibilidad en veredas (2020–2023).
  10. Municipio de Guayaquil — Informes técnicos sobre rampas accesibles (2021).
  11. Fuad Terán (Quito).
  12. Roberto Lizarralde (Quito).
  13. Gregorio Álvarez (Guayaquil).
  14. Varios artículos María Teresa Donoso.

Caso #17

diciembre, 7, 2025 • Tiempo de Lectura: 3 minutos

CASO #17• Quito.exe.

El sistema pide reiniciarse

Quito funciona como un dispositivo viejo: cambia la carcasa, actualiza el fondo de pantalla, presume filtros nuevos… pero el sistema operativo sigue fosilizado en otra época. La ciudad se cuelga en lo esencial, se calienta en lo cotidiano y, aun así, nos venden cada elección como si fuera la gran actualización. Brillo nuevo, rendimiento inmóvil.

En arquitectura manda lo invisible. El suelo decide antes del trazo. La topografía dicta movimientos previos a cualquier calle. La luz define confort antes de que exista una ventana. El comportamiento humano anticipa diseño.
Ese orden —metodología antes que obra— sostiene todo. Cuando se rompe, la estructura cede. Una ciudad no escapa a esa lógica.

Quito arrastra un defecto de fábrica: cada administración borra la memoria del sistema, reescribe procesos, reinventa trámites y vuelve a instalar la misma app rota. Las responsabilidades cambian de dueño, las decisiones se contradicen, y los proyectos nacen sin compatibilidad entre sí. No es mala suerte; es un diseño fallido.

Conviene recordar algo que casi nunca se explica: «Distrito Metropolitano» no es un adorno institucional, es una figura constitucional con licencia para operar con un Estatuto Autonómico. Esa es la arquitectura legal que permite que una ciudad compleja funcione como ciudad compleja.
Quito lo obtuvo en 1993, lo ratificó en 2008… y ahí se quedó: en la carpeta de descargas. Quince años sin activar el software.

La propuesta más sólida apareció en 2017: un sistema claro de competencias, planificación integrada y jerarquías que no dependían del humor del día. Tres años después, otro diagnóstico confirmó el daño: el Estado central comparte el mismo cuerpo con la ciudad, y ese accidente anatómico diluye el músculo local. El resultado es predecible: prioridades nacionales que aplastan necesidades urbanas básicas.

Y surge la pregunta inevitable —y legítima—:
¿cómo entender que un alcalde que ayudó a abrir la puerta constitucional para este Estatuto no haya movido un solo tornillo para levantarlo?
La respuesta es estructural, no personal: un sistema con límites, controles y verificaciones reduce la discrecionalidad política. Y la discrecionalidad es la droga favorita de cualquier administración que piense más en la reelección que en la ciudad.

Mientras tanto, las señales están en la calle. Servicios que no conversan entre sí. Obras que no anticipan a la siguiente. Tiempos institucionales que jamás calzan. Un cuerpo con órganos descoordinados intentando trotar en una loma. Nada fluye donde no existe un núcleo operativo.

Insistir en agregar infraestructura sin estructura es seguir parchando un teléfono que ya pide reinicio.

Lo urgente es el núcleo: jerarquías definidas, reglas exigibles, consecuencias claras, y una arquitectura institucional que aguante más que un periodo electoral.

Eso propone el Estatuto Autonómico:
— Unificación operativa para movilidad, suelo, seguridad, ambiente y riesgos. Una sola ruta, un solo responsable.
— Consejos zonales con recursos propios: el territorio decidiendo sobre el territorio.
— Parroquias y comunas con competencias reales, no simbólicas.
— Planificación integrada: suelo, banco de suelo, tanteo y retracto funcionando como engranaje técnico, no como consulta decorativa.
— Órganos con blindaje profesional: mérito, no compadrazgo.
— Lógica regional: agua, movilidad y cuencas pensadas como red —lo mínimo para una capital situada entre quebradas y volcanes.

Pero hay un vacío que debemos corregir si queremos un sistema funcional:
los deberes ciudadanos.

Una autonomía moderna no se sostiene solo con garantías. Necesita obligaciones verificables: cuidar el espacio común, respetar normas básicas, asumir consecuencias cuando se incumple. No se puede exigir un sistema operativo moderno si el usuario insiste en forzar la pantalla con llaves. Corresponsabilidad o declive: no hay tercera vía.

Ahí entra la suprapolítica: una disciplina que ordena antes de actuar, profesionaliza antes de inaugurar y alinea a la ciudad antes de moverla. Lo contrario al espectáculo: decisiones que funcionan aunque nadie las aplauda. Gobernanza en vez de «gestión». La primera piensa; la segunda reacciona.

El Estatuto no está muerto: está suspendido, como un programa que nunca terminó de instalarse. Podemos actualizarlo, adaptarlo y enlazarlo con lo que estos años de desgaste nos han enseñado. La premisa debería ser compartida:

Esta capital no falla por falta de obras. Falla por falta de sistema.
Y cuando el sistema pide actualizarse, ignorarlo solo agrava el daño.
Quien esté al frente debe instalar el software; si no, no sirve.


Fuentes consultadas

  1. Instituto de la Ciudad (ICQ).
    Estatuto Autonómico del Distrito Metropolitano de Quito — Versión Final 211117 (2017).
  2. Instituto Metropolitano de Planificación Urbana (IMPU) – Fernando Carrión.
    Sobre el Estatuto Autonómico del Quito Distrito Metropolitano (2020).
  3. Paulina Cepeda, FLACSO.
    Ciudades Capitales en América Latina (estudio comparado).
  4. Constitución de la República del Ecuador (2008).
    Artículos 242, 247, 264, 171 (régimen territorial, competencias municipales, parroquias y comunas).
  5. Ley del Distrito Metropolitano de Quito (1993).
  6. Registro Oficial de la República del Ecuador.
    Publicaciones relacionadas con la normativa del DMQ y su ratificación constitucional (2008).
  7. Entrevistas públicas, planes de gobierno y declaraciones oficiales (2023–2025) del alcalde y del Concejo Metropolitano sobre autonomía, planificación y competencias.
  8. Contraloría General del Estado.
    Informes sobre gestión y funcionamiento de empresas públicas metropolitanas.
  9. Estudios y reportes técnicos sobre gobernanza urbana y descentralización (fuentes abiertas verificadas entre 2023–2025).

Caso #16

noviembre, 30, 2025 • Tiempo de Lectura: 3 minutos

CASO #16• Ciudad de animales.

En Quito, a las 6:45, en cualquier parque como El Ejido —donde el sol quema y las sombras escasean—, ocurre la escena conocida: distraídos por las pantallas que empapelan la ciudad, esquivamos —literalmente— un problema primitivo y fecal.
Imagina a una madre empujando un cochecito, zigzagueando entre minas caninas mientras el dueño scrollea memes: el perro mira al dueño y la caca queda donde estaba.
Urbanismo a escala individual: si no ordenamos la acera, difícilmente ordenaremos algo más complejo.

El dato frío cambió hace rato nuestro panorama: en Quito ya hay más perros y gatos (1,08 millones) que niños y adolescentes (700.000).
Ecuador suma 7,6 millones de mascotas, y la densidad canina pasó de 107 a 542 perros/km² en cinco años.
Del total, el 16,5 % tiene tutor responsable, el 16,5 % vive en abandono y el 67 % es «semilibre»: desayuna en la cocina, almuerza en la vereda y cena en el parque.

Seguimos planificando como si la familia típica fuese «dos adultos + dos niños».
La estadística muestra otra cosa: dos adultos + un perro (y un gato que administra el hogar… y probablemente la agenda del dueño).
La ciudad cambió más rápido que sus ordenanzas.

I. La ciudad que convive sin correa (con minúscula)

El problema no solo está en la superficie —cacas, perros sueltos, ruido—.
Por dentro, es un ecosistema urbano, casi darwiniano, donde cada uno impone sus reglas afectivas a los demás.

Las heces huérfanas concentran bacterias y, con cada lluvia, también contaminan el agua. Varias ciudades ya las clasifican como residuo peligroso urbano.
En América Latina, la combinación «perros sueltos + baja recolección» aumenta riesgos de zoonosis y mordeduras, sobre todo en zonas vulnerables.

La fauna urbana tampoco es homogénea: se concentra donde hay menos servicios veterinarios, menos control y más residuos.
La gestión animal —o su ausencia— es un indicador de asimetría social.

Parques y veredas se han vuelto territorios en disputa: unos se sienten expulsados; otros, con derecho absoluto.
No odio a los perros; detesto el caos que permitimos.
Esto no va de afectos; va del derecho real al espacio público.

Los perros sueltos alteran la fauna silvestre, las aves y la calidad del agua, y son parte del metabolismo urbano que, sin datos claros, produce impactos sin mitigación.
Sin datos no hay mitigación.

En gobernanza, la OMS y la OIE recomiendan programas estructurados, con métricas y continuidad.
En Quito, los esfuerzos existen… pero no interoperan, no se evalúan y no tienen continuidad garantizada.
Dicho simple: convivimos con animales, pero la ciudad misma no está domesticada.

II. Salud pública, movilidad y vivienda: ejes desconectados

Se suele hablar de mascotas desde la ternura, pero el núcleo es salud pública: residuos, parásitos, mordeduras, perros que comen basura… riesgos sanitarios que se acumulan.
Esto no es anecdótico: es infraestructura de calle y de barrio.

Luego está la abuela del Trolebús, asustada por un perro grande sin bozal. Ese susto es planificación fallida.
El Municipio aprobó que solo viajen mascotas de menos de 10 kg dentro de un kennel.
Como quiteño que camina estas calles, veo la lógica y la respaldo: en un sistema masivo y cerrado, la seguridad importa.
¿Perfecta? No.
¿Lógica? Sí.

Y dejo una pregunta —con humor, pero en serio—:
¿regulamos por kilos, por conducta… o por ese sentido común ecuatoriano que funciona como Wi-Fi: aparece cuando quiere?

Lo que no puede pasar es fusionar, por ejemplo, el Trolebús con un vehículo de rescate animal.

Finalmente, la vivienda.
El mercado privado ya se adaptó: pet-spa, terrazas, drenajes, áreas de paseo.
La arquitectura reconoce al animal como usuario. La demografía ya no es solo bípeda.
La planificación pública sigue con el manual de hace veinte años.

III. Siete líneas de acción — abiertas, discutibles y ejecutables

Antes de proponer, una aclaración necesaria: no pretendo tener la verdad absoluta.
Trabajo con datos, observación y sentido urbano.
Estas líneas no son certezas: son insumos para Municipio, ministerios, ONGs, academia y ciudadanía organizada.

Registro Municipal Único interoperable (QR).
QR en el collar; base conectada con INEC y UBA; actualización automática de vacunas y esterilización.
Planificación, no castigo. (Referencia: REMETFU)

Parques caninos con estándar técnico.
Drenaje, sombra, bebederos, cierre y mantenimiento garantizado.
Zonas densas primero. Improvisación nunca. (Ej.: Bogotá)

Sanción aplicable, no decorativa.
1.ª falta: limpieza inmediata + microcurso digital.
2.ª: trabajo comunitario.
3.ª: multa asociada a la cédula.
Todo vía QR. (Ej.: Ciudad de México)

Esterilización con metas públicas.
Reducir animales en calle en un 30 % en cinco años.
Auditoría universitaria y continuidad asegurada. (Ej.: Belo Horizonte)

Movilidad con protocolo técnico.
Horarios valle, sección específica, bozal para perros > 20 kg.
El peso es parte del criterio, no el único. (Ej.: Barcelona / Santiago)

Manual de Diseño Urbano y Arquitectónico.
Normas mínimas para pisos, drenaje, áreas verdes y espacios comunes.
No es para arquitectos: es para que lo cotidiano funcione mejor. (Ej.: Melbourne)

Comunicación basada en evidencia.
Riesgos sanitarios, costos de limpieza, tenencia responsable vs. abandono, casos que funcionan.
Corresponsabilidad: Municipio + tutor + comunidad. (Ej.: Toronto)

Estas líneas no resuelven el tema por sí solas, pero sí abren un debate adulto, lejos del sentimentalismo y del enojo de fin de semana.
Este no es un artículo para cerrar nada: Quito necesita que este tema deje de ser anecdótico y se convierta en política pública.

La convivencia humano–animal cruza salud pública, planificación, movilidad, desigualdad, normativa y hábitos cotidianos.
Hay mucho por entender, ordenar y decidir.
Quito nos adiestra o nos muerde.
Elijamos lo primero.


Fuentes

  1. Samartino, L. & Eddi, C. Zoonosis de las Áreas Urbanas y Periurbanas de América Latina. CIAP. ciap.org.ar
  2. Universidad Central del Ecuador. (2019). Tesis: Caracterización de la población de perros y gatos en Guayaquil. UCE. dspace.uce.edu.ec
  3. M. J. Vera Pillajo. (2024). Estimación poblacional de caninos y felinos en situación de calle. UPS. dspace.ups.edu.ec
  4. Vega Arévalo, H.A. (2024). El abandono de animales en América Latina: estudio cualitativo-cuantitativo. UCE. dspace.uce.edu.ec
  5. Sánchez, L.M.E. (2023). Importancia del manejo de la población canina en México. CIBA. ciba.org.mx
  6. «En Quito hay un promedio de 542 perros por kilómetro cuadrado.» (2025). Ecuavisa. ecuavisa.com
  7. «En Quito hay un perro callejero por cada 19 habitantes.» (2024). EcuadorChequea. ecuadorchequea.com
  8. «¿Cuántos animales en condición de calle hay en Quito?» (2024). QuitoInforma. quitoinforma.gob.ec
  9. «En Quito hay alrededor de 97.000 perros callejeros.» (2024). Primicias. primicias.ec
  10. «Estimación de la población de perros y gatos.» (2024). RECIEÑA / ESPOCH. reciena.espoch.edu.ec
  11. Organización Panamericana de la Salud (OPS). (2001). Zoonosis y enfermedades transmisibles comunes al hombre y a los animales. Washington, D.C. paho.org
  12. Samartino, L. (2006). «La zoonosis como Ciencia y su Impacto Social.» Redalyc. redalyc.org

Caso #15

noviembre, 23, 2025 • Tiempo de Lectura: 2 minutos

CASO #15• Mi yo de 25 años tenía razón.

En diciembre del 2001 entregué el trabajo final de Theory of Contemporary Architecture en la Universidad de Oregon, donde fui becario. Lo titulé The Other Side (Everyday Architecture). Lo imprimí en una impresora con ruido a mimeógrafo y lo entregué convencido de que era profundísimo.

A esa edad todavía rondaba la sombra de Le Corbusier: el mito de que, para ser arquitecto, había que usar gafas raras y hablar como si uno hubiera inventado el hormigón armado. Yo ya sospechaba que ese disfraz nunca me iba a quedar.

Hoy lo releo y me doy cuenta: más que profundo, era transparente.
Y por eso vale.

A los 25 años ya desconfiaba del arquitecto que se toma demasiado en serio. Decía que la teoría podía volverse una jaula brillante donde todos repiten palabras importantes sin decir nada realmente útil. Que la escuela me estaba malcriando —un poco—, que las formas podían ser una coartada para olvidar la vida y que el verdadero riesgo no era el error técnico, sino el ego estético.

Lo leo y sonrío: sin saberlo, estaba describiendo los males que después vería a escala urbana, institucional y política.

Escribí, sin entender del todo la bomba que soltaba, que la arquitectura debía ser «sentida por la gente común y entendida por los intelectuales». Hoy esa frase es mi síntesis: la ciudad no necesita explicaciones sofisticadas; necesita resonancia humana. Claridad, coherencia y sentido común. Lo mismo que pedía ese estudiante del 2001, ahora aplicado a vivienda, movilidad, seguridad, espacio público y gobernanza.

Hablaba del Genius Loci —sin saber pronunciarlo— como deber ético, no como misticismo. Hoy sé que es pura lógica: intervenir sin leer el espíritu del lugar es lo que nos tiene llenos de plazas desconectadas, vallas absurdas, barrios rotos y decisiones tomadas de espaldas a la gente.

El Esteban del 2001 detestaba la monumentalidad innecesaria.
El del 2025 detesta la política instrumentalizada y espectacular.
Cambiar de escala no cambia de enemigo.

El estudiante se advertía del arquitecto narcisista; el adulto señala al funcionario performático. Ambos pelean contra el mismo virus: la forma sin consecuencia.

Hubo años —entre 2010 y 2020— en que estuve peligrosamente cerca de convertirme en lo que criticaba. La práctica, el aplauso fácil y las expectativas ajenas son tentaciones silenciosas. A veces basta una decisión cómoda para torcer la brújula.

Releer el ensayo del 2001 fue un correctivo existencial: la brújula seguía en el bolsillo izquierdo de la camisa. No solo como metáfora, sino como herramienta práctica: cada enero releo esos principios y me pregunto, ¿esta decisión de proyecto puede explicarse en un minuto a quien vivirá con ella? ¿Resuelve algo real o solo alimenta mi portafolio?

Publico esto para mantenerme en eje. Porque en esas páginas juveniles, escritas con inocencia pero con verdad, está la misma obsesión que hoy guía todo mi oficio: cruzar cada día la línea entre arquitectura y vida, entre teoría y práctica, entre discurso y consecuencia.

Esa línea no desaparece: solo se mueve.
Y hay que cruzarla con las manos sucias —bajando del render a la obra, escuchando al maestro que señala un error, teniendo el valor de cambiar— para no quedarse en el lado cómodo.

Han pasado casi 25 años y hoy, habiendo duplicado esa edad, reafirmo en plena conciencia que la arquitectura y la ciudad germinan de lo cotidiano.
Y sigo sin comprarme las gafas raras.
La ciudad —que tiene buena memoria— me lo agradecería.

Quito, caso por caso.

Cada semana, un análisis urbano directo al grano.