Caso #26

febrero, 8, 2026 • Tiempo de Lectura: 3 minutos

CASO #26• El idioma de las decisiones.

Manual rápido para no entender nada

Después de veinticinco textos escritos, presiento algo: no tanto sobre lo que escribo, sino desde dónde. Quito Caso a Caso es mi aprendizaje en público que, cada sábado por la noche intenta entender el entorno sin hablarle solo a especialistas, sino a cualquiera que se anime a darme unos minutos. Escribo desde mi formación técnica, sí, pero sin creer que todo pueda explicarse con planos, normas o indicadores.

Estoy en una incubación lenta: afinando ideas, corrigiendo intuiciones y nombrando certezas que a veces perduran menos de lo que espero. No porque el método falle, sino porque lo urbano rara vez se deja leer desde un solo ángulo. He escrito para detectar patrones, siempre con un método, aunque también me arriesgo a equivocarme.

Intento ser un puente imperfecto y, a ratos, incómodo entre el saber especializado y la experiencia cotidiana. Y, sobre todo, para no confundir la claridad con la verdad definitiva.

Por eso este texto no arranca como los anteriores.

En estos meses, me ha pasado algo curioso. En reuniones con amigos y clientes, la conversación se desvía rápido: si voy a ser alcalde o si esto es el inicio de algo partidista. Ahí, la respuesta es sencilla y bastante definitiva: no. No porque la esfera pública no importe, sino porque sus ritmos y formas son incompatibles con mi temperamento profesional inmediatista.

En ámbitos más académicos, en cambio, los comentarios se presentan de vez en cuando con una desconfianza irónica: ¿un arquitecto constructor hablando de urbanismo?

Para esto, tengo una respuesta más firme porque no nace de un límite real, sino de una frontera mental. En mi ejercicio profesional, la lógica siempre ha sido la misma: lugar, espacio y tiempo. Una casa no termina en el lote, y un edificio nunca es un objeto aislado, porque su extensión natural es el barrio; los barrios, en conjunto, arman la ciudad; y esta funciona bajo reglas, incentivos y organismos de gobernanza. No por vocación partidista ni por afán académico, sino por coherencia ética del oficio: pensar el habitar hasta el final obliga a pensar en lo urbano.

Como casi siempre, este texto nació de una encuesta previa. Cuatro temas sobre la mesa, cuatro posibles rutas. Técnica versus política fue, de hecho, la menos votada.

Mi primer impulso fue escribir sobre cómo los técnicos suelen resultar incómodos en los espacios públicos de toma de decisiones. Sobre lo raro que es ver a arquitectos o ingenieros ocupando cargos de poder. Sobre lo poco que ayudan los matices cuando se necesitan frases rápidas.

Pero la lógica política, en realidad, no suele rechazar el conocimiento técnico. Tiene otra maña: simplificarlo para repetirlo de una fórmula digerible en el discurso.

Ahí aparecen, por ejemplo, las mal llamadas smart cities o el manoseado concepto de la ciudad de los 15 minutos. Ideas que nacieron como marcos de lectura, con debates abiertos y límites claros. Pensadas para ordenar discusiones, pero luego reducidas a afirmaciones discursivas sin fundamento.

Cuando todo es «smart», ya nada lo es. Cuando todo cabe en quince minutos, ya no importa demasiado qué ocurre en el minuto diecisiete.

Es tentador decirlo así, sin matices: «los políticos no entienden lo técnico». Pero esa explicación resulta incompleta. Para que una idea compleja termine convirtiéndose en consigna, alguien tuvo que ceder antes. Alguien aceptó recortar más de la cuenta y dejar de insistir. Alguien permitió que la palabra se vaciara de conocimiento para transformarlo en bandera y eslogan, dejando de lado todo su potencial para aliviar problemas reales y cotidianos.

Por eso este texto no busca ser un versus. No se trata de decidir si la política debe escuchar más a la técnica o si los técnicos debemos ocupar más cargos públicos. Esa discusión ordena el mundo en bandos y aquí no hay bandos claros. Hay cruces, fricciones y responsabilidades compartidas.

Tal vez el problema no sea quién se sienta a la mesa, sino el idioma en el que se toman las decisiones: un registro sistemático, cuando repetir basta, explicar estorba y evaluar deja de ser imprescindible.

A veces, para entender una ciudad, hace falta revisar las herramientas con las que uno suele mirarla. Yo elijo publicar lo que escribo.

Caso #25

febrero, 1, 2026 • Tiempo de Lectura: 4 minutos

CASO #25• Porno inmobiliario.

En Instagram pulula la compulsiva captura de cada bendito plato de comida, de la que luego no nos acordamos de qué supo. Se suman a estas manías las rutinas de gimnasio de tres sets y doce repeticiones de selfies, y los turistas que se endeudan por dos años para sostener la Torre de Pisa por treinta segundos para un post mal logrado.

Compulsión que también tiene su par en el mundo inmobiliario y en todos los medios de comunicación imaginables. La fijación por lo aspiracional nos alcanza a todos en el scroll, sin importar cuán cínicos creamos ser.

Todo tiene que ser superlativo: el más alto, el más grande, el primero. El «alfa». Parece que nos obliga a cruzar un campo minado de nombres hiperbólicos, «lo que siempre soñaste» en cualquier idioma, salvo el castellano, como si se buscara camuflar alguna insuficiencia que nadie pidió ver.

Conviene que lo aclare: esto no es, ni de cerca, una crítica al libre mercado ni al desarrollo inmobiliario. Al contrario, indudablemente este sector, en todos sus segmentos, es uno de los motores más potentes de la transformación urbana y, por extensión, humana. Precisamente por eso, importa tanto el tipo de valor que está produciendo.

Ya sea en Miami o en Abu Dhabi, es un sector productivo que, en muchos casos, ha aprendido a vender demasiado bien una ilusión, pero no siempre la convivencia. Operar cada vez más como una fábrica de activos financieros, a veces tan ineficaces como el alerón de un taxi. Aparece entonces la lógica especulativa: comprar para guardar o revender, pero no para habitar. No es ilegal ni inmoral en sí mismo. Es un modelo, en su mayoría legítimo, que, más o menos, funciona. Pero tiene sus consecuencias.

Quito, en su escala, no es ajeno a estas lógicas. El aparato inmobiliario reciente trajo altura, volumen, render y promesa. Eso también puede traer progreso, pero no siempre trae comunidad ni rutina. Por eso, vale la pena observar con atención lo que sí funciona, aunque no sea contenido viral.

Y es curioso: cuando uno busca referentes de vivienda que construyen comunidad, sostienen la rutina y envejecen con dignidad, muchos no nacieron en esta era del confeti visual. No fueron pensados para el feed. Fueron pensados para ser vividos… y para envejecer bien.

Y no, esto no es una cruzada contra la arquitectura contemporánea. La forma no es el problema. La intención sí. Hay proyectos que llaman la atención por su imagen, abren sus puertas a la ciudad y mejoran la vida cotidiana. Pero también hay muchos que solo anhelan atraer al comprador desinformado como polillas a una pantalla.

En Quito hay casos que merecen ser estudiados por su persistencia y su calidad medible. Por ejemplo, el conjunto La Granja, en la avenida Mariana de Jesús, proyectado y construido entre 1971 y 1975 por los arquitectos chilenos Sergio Larraín, Jorge Swinburn e Ignacio Covarrubias, no compite en altura ni en acabados. Su valor está en la escala doméstica, en los espacios comunes, en la separación clara entre peatón y vehículo y en la integración con la topografía, visible en un parterre arbolado en pendiente que ha permanecido abierto, sin cercas ni cerramientos, durante décadas.

No es casualidad que este tipo de proyectos provenga de una época anterior a la obsesión por el impacto viral. Muchísimos ejemplos de arquitectos e ingenieros ecuatorianos remarcables perduran tras décadas por su calidad, y hoy también hay decenas de colegas que intentan construir una ciudad de calidad. Solo el tiempo podrá evaluarlo.

También hay casos urbanos que quieren conectar en lugar de desconectar. Por ejemplo, el barrio de La Floresta ofrece caminabilidad, cultura y variedad. Cafés, cines, librerías, restaurantes pequeños, veredas animadas. No es perfecta ni ordenada, pero ofrece algo cada vez más escaso: una vida callejera reconocible, donde el valor no está en el edificio sino en lo que ocurre alrededor.

En el sector de Las Casas, el uso residencial se transformó gradualmente hacia usos gastronómicos y de encuentro. Residencias que hoy albergan mesas, cocinas abiertas y sobremesas largas. El efecto no es solo comercial: es peatonal y social. Caminar unas cuadras, quedarse un rato y volver a caminar. Vida a escala de barrio, construida desde la experiencia y no desde el render.

Cumbayá, cuando acierta, es por otra razón. En sectores muy puntuales, el valor surge de la relación con una rutina activa y de la cercanía a la naturaleza, no de la torre ni de la altura al servicio único del vehículo. Cuando esa lógica se entiende, el mercado responde. Cuando se copia un modelo genérico, el resultado se canibaliza y se desgasta rápidamente. Pierde valor.

Incluso en los límites del Centro Histórico, empieza a surgir otra búsqueda: la de la identidad y la textura urbanas. Vivir en un lugar que no podría estar en ninguna otra ciudad. Las posibilidades son abundantes.

El valor inmobiliario no brota solo del edificio en sí. Se construye desde la cuadra, la cercanía y la rutina. Desde la integración fluida —y segura— entre lo público y lo privado, para que la vida ocurra también afuera de la puerta.

Las generaciones actuales y las que vienen ya no buscan símbolos genéricos ni promesas vacías. Buscan coherencia entre lo que se muestra y lo que se vive. Me gusta llamarla sofisticación frugal.

Tal vez el diferencial inmobiliario hoy no esté en cuán grande se construye, sino en cuán bien se habita. Y eso, más que una crítica, es una enorme oportunidad inmobiliaria para quien esté dispuesto a explorarla.

Caso #24

enero, 25, 2026 • Tiempo de Lectura: 3 minutos

CASO #24• Positivismo tóxico.

¿Es Quito realmente la ciudad más linda del mundo?

Hay fotos familiares tomadas cinco minutos después de una discusión.
Pausa: sonrían, revisen que todos estén bien peinados, que no pestañeen y que miren a la cámara. Después de diez fotos, se publica una. El resto se borra.

No es tan distinto de las frases motivacionales que decoran los vestíbulos públicos y corporativos. Mantras breves, diseñados para ayudar a pasar el día sin mirar demasiado lo que el primer café no logró disimular.

Postergar lo incómodo para seguir adelante es un hábito humano. Los psicólogos lo estudian y lo llaman supresión emocional, pero todos lo reconocemos, no porque el problema desaparezca, sino porque nos hace sentir mejor. A veces funciona y nos permite avanzar, cumplir, llegar al final del día. Cuando, en lo personal, se convierte en costumbre, nos aplana. Cuando es grupal, nos anestesia.

Es un ingenioso truco comunicacional cuando entra en el discurso institucional, porque ya no importa creérselo: basta con repetirlo. Así, negarlo nos hace parecer ingratos, amargados o acomplejados.

«Quito es la ciudad más linda del mundo» es una frase emocionalmente rentable, que nos reduce a una categoría frívola e infantil cuando, en realidad, nuestra ciudad goza de vicios y atributos mucho más sustanciales.

Si bajamos el volumen del eslogan y miramos indicadores concretos, es más fácil ser objetivos y autocríticos.

Un estudio de la Universidad de Navarra (IESE Cities in Motion Index 2025), que evalúa ciudades en nueve dimensiones: gobernanza, economía, capital humano, cohesión social, planificación urbana, movilidad, medio ambiente, tecnología y proyección internacional. De este estudio de 183 ciudades globales, Quito está en el puesto 149, Bogotá en el 138 y Lima en el 150. De las 11 ciudades sudamericanas estudiadas, Quito es la novena, por encima de Lima y Río de Janeiro.

Por supuesto, esto no mide belleza; sería demencial hacerlo porque no existe una métrica semejante.

Por ejemplo, las capitales que nos rodean, como Bogotá y Lima, son tres o cuatro veces más grandes que la nuestra y, en gran medida, policéntricas y dispersas. Su crecimiento horizontal, su extensión metropolitana y la multiplicación de subcentros hacen que la fragmentación social, la presión ambiental y la movilidad sean problemas mucho más complejos.

Quito tiene una superficie más contenida por sus límites topográficos, que nos encajan longitudinalmente entre cordilleras, organizada en un claro eje norte–sur, con barreras naturales que han limitado parcialmente su expansión indiscriminada.

En términos de cohesión social, esa forma importa y nos ayuda a explicar, en cierta medida, por qué en estos índices tenemos una mejor valoración que en Lima y Bogotá. Aún conservamos una continuidad territorial en la que barrios de diferentes niveles de ingresos comparten sistemas de movilidad, espacios públicos y servicios en una misma franja urbana. Por supuesto, no somos una ciudad sin desigualdades, pero no estamos fracturados en enclaves autónomos como ocurre en áreas metropolitanas mucho mayores, donde la segregación ya es sistémica e irreversible.

En lo ambiental, nuestra relación directa con volcanes, quebradas, valles y corredores ecológicos sigue definiéndonos. El entorno natural no está a cientos de kilómetros ni reducido a parques residuales. Nos atraviesa. Esa condición, aún vigente, es una ventaja comparativa que muchas capitales latinoamericanas ya han perdido y que aún podemos potenciar.

Y en movilidad, el argumento es todavía más claro. La linealidad urbana de Quito, su tamaño relativo y la concentración de flujos en pocos ejes principales hacen que los problemas sean graves, pero técnicamente abordables. Ajustes de red, jerarquización vial o cambios en el uso del suelo todavía pueden tener un impacto real. En Lima o en Bogotá, decisiones equivalentes chocan con una complejidad política y territorial mucho mayor.

¿Dónde los datos muestran nuestras mayores fallas?
En economía, gobernanza, planificación urbana y proyección internacional.
No en su forma urbana, sino en cómo se la administra, se la regula y se la proyecta.

Con esta escala y estas condiciones, no nos conviene solo quedarnos frente al espejo repitiendo lo lindos que somos, sino exigirnos trabajar para que funcionemos mejor.

Quito no compite por belleza, sino por rareza. Y eso nos invita a pensarla de manera distinta.

En economía, raro significa escaso, difícil de reproducir, validado externamente y con valor acumulado. Una piedra preciosa no vale solo por ser linda, sino porque casi nadie puede fabricarla de nuevo. Encajamos mejor allí.

Solo hay un grupo extremadamente reducido de ciudades sudamericanas que cuenta con patrimonio urbano integral y reconocimiento creativo contemporáneo de la UNESCO. En la región, Río de Janeiro o Buenos Aires concentra múltiples reconocimientos culturales internacionales, aunque bajo lógicas distintas: paisaje cultural, literatura o diseño, y en volumen muchísimo mayor que el nuestro.

La combinación específica de la que gozamos: uno de los centros históricos más extensos y mejor conservados de América Latina, reconocido por esta institución en 1978 y, desde 2025, Quito también fue sumado a la Red de Ciudades Creativas en arquitectura, con potencial de desarrollo sostenible e identidad urbana.

Esa rareza no se activa con consignas. Tiene una promesa inconclusa que, por su escala y su potencial objetivo, puede convertirse en una capital «boutique» = valor versus volumen.

Quito no necesita gustar más y quizás nos convenga decidir muy pronto cómo haremos notar al mundo, bastante más allá de nuestra lindura, lo singulares que somos.


Descargar estudio Cities in Motion ST-0665 →


Fuentes y referencias

IESE – Cities in Motion Index (CIMI)
Página oficial: https://www.iese.edu/research/cities-in-motion/
Ranking 2025: https://www.iese.edu/research/cities-in-motion/2025/

UNESCO – Patrimonio Cultural de la Humanidad
Centro Histórico de Quito, inscrito en 1978.
https://whc.unesco.org/en/list/2/

UNESCO – Red de Ciudades Creativas
Quito incorporada en el campo de Arquitectura.
Red de Ciudades Creativas: https://en.unesco.org/creative-cities/
Arquitectura: https://en.unesco.org/creative-cities/architecture
Perfil de Quito: https://en.unesco.org/creative-cities/quito

Contexto demográfico y urbano
CEPAL: https://www.cepal.org/es/temas/desarrollo-urbano
Banco Mundial: https://data.worldbank.org/

Caso #23

enero, 18, 2026 • Tiempo de Lectura: 3 minutos

CASO #23• Patrimonio incómodo.

Cómo mirar a Quito de adelante hacia atrás

Paul Thomas Anderson ya había dirigido Boogie Nights a los 27 años cuando explicó en una entrevista por qué dejó la escuela de cine casi al empezar. El primer día de clases, su profesor fue tajante: si estaban ahí para aprender a escribir «Terminator 2», podían retirarse. El curso empezaba con El acorazado Potemkin y avanzaba desde los orígenes del cine hasta el presente.

A Anderson ese método no le sirvió.

No por desprecio a la historia, sino por una intuición práctica: los lenguajes no se entienden solo por su valor fundacional. Se entienden más fácilmente desde lo que todavía usamos y reconocemos con naturalidad.

Para entender el lenguaje urbano de Quito, tendemos a verlo en un orden cronológico que nos resulta más familiar y reconocible: prehispánico, colonial y, si queda espacio, moderno. Como si el siglo XX nos diera un poco de vergüenza.

Ese es nuestro anatema: nos cuesta reconocernos en una identidad mixta. La aceptamos en el discurso, pero la rechazamos cuando toca comprender el todo de lo construido. Ese Quito más reciente convive con nosotros todos los días, incluso junto al casco histórico, en La Mariscal o a lo largo de la 10 de Agosto. Pasamos por ahí todos los días en bus, en auto o a pie sin notarlos.

El hormigón y el vidrio del inventario moderno de Quito suelen recibir un juicio rápido: «feos», «eso no pega», «eso es de otra época». Como si la ciudad pudiera elegir qué décadas entran en la memoria colectiva y cuáles aún no lo merecen.

Recordemos que, para los parisinos, la Torre Eiffel fue rechazada durante décadas antes de adoptarla como símbolo nacional.

Aquí cabe una comparación simple. No es posible entendernos a nosotros mismos solo por la mirada de nuestra infancia, ni por lo que nos pasó el fin de semana. Lo primero importa; lo segundo aún no se asienta lo suficiente. Nuestra uniformidad cultural, desde lo construido, también puede tener memoria a mediano plazo, aunque incomode porque no encaja del todo con nuestra noción romántica de patrimonio.

Durante buena parte del siglo XX, algunas cosas envejecieron mal y otras simplemente las dejamos envejecer solas, pero Quito tampoco fue un accidente. Hubo visión, ambición y talento. No fue solo una suma de caprichos ni una moda importada sin filtro. Fue la arquitectura la que buscó crear la ciudad: esquina, continuidad, escala, relación entre lo público y lo institucional. No fue solo estética; fue, durante décadas, infraestructura visionaria y optimista para nuestra cultura cotidiana.

El dilema es lo que hacemos hoy con este patrimonio moderno.

Cuando esa capa queda fuera de nuestra vista y de nuestra memoria, también queda al margen de las decisiones que podrían generar en nosotros un afecto y una pertenencia suficientes para suscitar su cuidado.

El abandono rara vez es ideológico; suele ser operativo y nadie pelea por lo que no siente como propio ni invierte en lo que no reconoce que tiene valor. Así, sin conflicto visible, los edificios que sostuvieron a Quito pasan muchas veces a ser percibidos como oportunidades inmobiliarias y, cuando queramos reaccionar, ya habrá entrado la excavadora y, cuando aparezca el render, ya será tarde.

Ese proceso ya está en marcha. En Quito hay decenas de obras modernas, subutilizadas, alteradas o en desgaste avanzado, sin presencia real en el debate público.

No busco sacralizar el siglo XX. Trato de ver el valor histórico, contextual y estético que merecen ser cuidado, restaurado y reutilizado con un propósito claro.

La pérdida del patrimonio moderno no siempre se manifiesta con un gran escándalo, como en el caso del Hotel Quito. Llegará silenciosamente, como despojos oportunistas de ruinas con papeles en regla.

Este es el cambio de lectura que considero oportuno: mirar la ciudad, por un momento, desde el pasado reciente y hacia atrás. No como nostalgia, sino como madurez urbana.

Reconocer la modernidad no desplaza la urgencia ni la relevancia de preservar tanto lo prehispánico como lo colonial; lo complementa.

Aceptar quiénes somos, con todas nuestras capas, es la única forma de proyectar mejor lo que queremos ser. Quito también se define por lo que dejamos de lado.


Algunos arquitectos del movimiento moderno en Quito (memoria urbana viva)

Milton Barragán Dumet (1934–2024)
Obras: Edificio Artigas; Templo de La Dolorosa; Templo de la Patria; Edificio CIESPAL (coautor).

Ovidio Wappenstein (1938–2022)
Obras: Torre / Edificio CFN; Edificio COFIEC; Edificio CIESPAL (coautor).

Rafael Vélez Calisto (1942– )
Obras: Banco Holandés; Banco Popular; Banco Amazonas; Edificio IBM; City Plaza; Edificio Forum (y otras).

Diego Ponce Bueno (1945–2013)
Obras: Edificio La Filantrópica; Conjunto Residencial California Alta; Conjunto Colinas del Pichincha.

Fausto Nicolás Banderas Vela (1938–2026)
Conjuntos BEV (Yavirac; El Carmen 1 y 3; Miller; Santa Anita); asesor Solanda / BEV; obra y estudio «Banderas Vela».

Diego Banderas Vela
Intervenciones y obra con Juan Espinosa Páez (Palacio Arzobispal, guía Quito); producción recopilada en el libro Diego Banderas Vela: obras y proyectos.

Fernando Najas (1940– )
Obras: Benalcázar 1000 (diseño arquitectónico en equipo); vivienda de interés social y prefabricación (referencias a El Batán / industrialización).

Guillermo Jones Odriozola (1913–1994)
Obras: Plan Regulador de Quito (1942–1945).

Gilberto Gatto Sobral (1910–1978)
Obras: Plan Regulador de Quito (equipo y continuidad del plan); Ciudadela Universitaria de la UCE; Facultad de Economía de la UCE (y otros edificios del campus).

Oswaldo de la Torre Villacreses (1926–2012)
Obras: Teatro de la Escuela Politécnica Nacional (1965).

Alfredo León Cevallos (1928–1981)
Obras: Palacio Legislativo (Asamblea Nacional).

Otto Glass Pick (1903–1976)
Obras: Casa-Taller Olga Fisch (1952).

Giovanni Rota (1899–1966)
Obras: Caja de Pensiones (1949); Pasaje Amador (1956).

Edificio Casabaca / Juan Francisco Baca (c. 1957–1959)
Autor arquitectónico: Oscar Etwanik (arquitecto)
Constructor / responsable de obra: Ing. Ernesto Ordóñez Viteri

Caso #22

enero, 11, 2026 • Tiempo de Lectura: 3 minutos

CASO #22• Un miércoles cualquiera.

Cuando el mall se vuelve refugio urbano

Un miércoles cualquiera, salimos con la idea de sentarnos en la vereda para hacer una pausa en la calle y tomar un café. Lo pensamos por unos segundos y, sin que pase nada concreto que podamos nombrar, con una leve y constante tensión, dudamos y nos desviamos. Seguimos de largo por si acaso.

Así se repiten diariamente en nuestras ciudades miles de decisiones conscientes o inconscientes que nos empujan a resguardarnos, sin estadísticas ni métricas gubernamentales que nos ayuden, porque las sentimos silenciosas en las venas, dejando mesas vacías, horarios que se acortan, calles que pierden densidad humana, incluso en zonas que hasta hace poco se consideraban confiables.

También un miércoles cualquiera, un guardia perdió trágicamente la vida en manos de delincuentes.

Sucedió, no en la periferia olvidada ni en un borde urbano residual, sino en una de las zonas más consolidadas de la capital: cafés activos, veredas amplias, oficinas, colegios, vida cotidiana y a plena luz del día.

Con el paso de las horas, el debate público empezó a centrarse en un punto específico: la ineficacia municipal para controlar y regular ciertos usos cotidianos del espacio público, en particular el reparto en motocicleta. No como causa única del hecho, sino como síntoma de algo más amplio.

En ese vacío, actividades tan comunes como pedir comida a domicilio, normalizadas y amplificadas desde la pandemia, se han convertido en zonas grises de la vida urbana, no por el servicio en sí, sino por la falta de claridad sobre quién circula, cómo lo hace y bajo qué controles mínimos. El efecto no es solo un problema de seguridad, sino también de confianza: gestos antes banales se cargan de tensión, y salir a buscar lo que se necesita empieza a sentirse, paradójicamente, más seguro dentro de un entorno controlado.

Cuando la violencia alcanza los lugares que la calle había considerado inimaginables, el problema deja de ser excepcional. Ya no se trata solo de evitar ciertos barrios ni de ajustar rutinas. Se trata de aceptar que incluso los espacios mejor armados dejaron de sostener la vida urbana sin una tensión permanente.

A partir de ahí, algo se mueve. No de golpe ni de la misma manera para todos.

Frente a la impotencia, existen refugios, no solo físicos, sino también mentales, que, aun siendo parte esencial de la vida moderna, no son un reemplazo del ideal urbano, pero sí ofrecen algo que, afuera, se volvió errático. Un ecosistema de reglas claras, competentemente administradas, con iluminación constante, donde la sensación de que el cuerpo puede aflojarse por un rato.

Ahí, donde la vereda y la calzada abiertas dejaron de ofrecer experiencias compartidas y lo cerrado ocupa un rol mayor al que fue concebido, aparece entonces como refugio.

Es aquí donde el mall no funciona solo por sus amenidades y marcas, sino que funciona como un entorno predecible frente a una ciudad impredecible. Se sabe qué se espera de uno y qué del entorno: no solo comodidad y consumo, sino algo más básico: claridad en las normas y en las conductas.

Las acciones frente a la inseguridad nacional suelen activarse cuando el delito ya ocurrió: operativos, persecuciones y reacciones, como parte de las tareas propias del control y la fuerza. Pero la experiencia urbana cotidiana se define mucho antes, en otra escala y con otras decisiones: calles bien iluminadas, un orden que se hace cumplir, un desorden que no se normaliza y una administración constante que evita que el espacio público quede a la deriva. Ahí no se persigue el delito; se dificulta que ocurra.

Frente al claro fracaso de estas medidas, nuestro comportamiento gregario nos invita, por instinto y por lógica, a congregarnos donde otros se quedan, para evitar espacios que parecen frágiles o vacíos. La seguridad no solo se ejerce; se interpreta. Y cuando la interpretación compartida cambia, perdemos vida urbana incluso sin que ocurra un delito en ese instante.

No es que me preocupe que el mall absorba esa carencia urbana, sino que cada vez se convierta en el lugar para escapar de una calle que ha dejado de cumplir su función básica como espacio público amigable.

No se trata de una imposibilidad estructural. Hay zonas dentro donde la calle sigue siendo un lugar de encuentro y permanencia porque alguien asume la responsabilidad de operarla: iluminación, presencia, reglas claras y continuidad. Lastimosamente, en mayor medida por la gestión privada y la organización ciudadana que por una administración pública eficaz.

Hay dos opciones: o es gestión urbana asumida, o, como es costumbre, postergada.

No pretendo condenar el mall; a menudo lo disfruto en familia. Me gusta ir al cine y hacer alguna compra allí. Tampoco insinúo privatizar el espacio público ni convertir la vereda en un centro comercial a cielo abierto, sino señalar que una urbe que comienza a necesitar refugios cerrados para sostener la vida cotidiana está, esencialmente, fracasando.

Pero una ciudad que se repliega lejos del cielo, que convierte lo cerrado en su último resguardo y deja que la calle se achique, no está resolviendo su problema de seguridad.

Los vacíos no siempre esperan.

Quito, caso por caso.

Cada semana, un análisis urbano directo al grano.