
CASO #53
El Atahualpa está feo.
Cuando el Atahualpa se llena y la general empieza a saltar, la tribuna se mueve. Quien estuvo ahí alguna vez lo sintió en las canillas. Para el hincha, ese temblor es parte de la fiesta. Para un ingeniero, es una pregunta.
No quiero asustar a nadie de gana. Una estructura puede moverse y estar perfectamente bien; justamente se diseña para deformarse dentro de ciertos límites. Lo que sí me parece raro es que, después de tantos años de discutir si el estadio sirve, no podamos abrir un documento reciente y saber con precisión en qué estado está.
Empecemos por algo menos técnico: el Atahualpa está feo.
Si usted tiene cincuenta años, probablemente le suena a algo que no cabe en una ficha técnica: un partido con su papá, una cola en funda y un cabezazo que nos dejó afónicos. Si tiene veinte, quizá ve otra cosa: pintura chillona y baños nauseabundos. Los dos tienen razón. Nadie puede pedirle a un pelado con el pantalón humedecido por una fría grada de hormigón destartalado que sienta nostalgia por un gol que ocurrió antes de que naciera.
El estadio también era joven y, cuando lo inauguraron en 1951, estaba muy bien pensado para lo que se le pidió: un estadio olímpico con pista de atletismo. Un anillo de pista empuja la primera fila 30 metros hacia atrás, y por eso todos los estadios olímpicos del mundo se sienten lejanos. Eso lo decidió el encargo original que puede adaptarse fácilmente a requerimientos modernos. El Batán era todavía un borde poco urbanizado, con terrenos vacíos y potreros donde hoy pasan avenidas, oficinas y edificios. El Atahualpa llegó primero. Quito vino después y terminó construyéndose a su alrededor.
Setenta y cinco años después, esas ocho hectáreas están en uno de los puntos más apetecidos de Quito. Una estimación publicada en 2025 calculó el suelo entre 80 y 100 millones de dólares. No es un avalúo oficial, pero basta para entender por qué el terreno deja de parecer un estadio apenas alguien saca la calculadora.
El 23 de julio de este año, el presidente Daniel Noboa anunció un Atahualpa para 60.000 personas y dijo que se haría con «la misma gente que construyó el Bernabéu». No explicó qué empresa, cuánto costaría, cómo se financiaría ni si «nuevo» significaba tumbar el actual.
Bueno, miremos el Bernabéu.
Abrió en 1947 y acaba de pasar por una transformación brutal: techo retráctil, cancha que puede guardarse, restaurantes, tiendas, museo y una envolvente completamente nueva. Pero los arquitectos del proyecto explican que buena parte de la estructura existente se conservó. Y resulta que el Bernabéu, aquí convertido en sinónimo de estadio nuevo, decidió precisamente no empezar de cero.
Y tampoco es la única salida. Berlín renovó su estadio olímpico de 1936 respetando su condición histórica y cambiando muchísimo por dentro. Bilbao reemplazó San Mamés, pero levantó el siguiente prácticamente en el mismo lugar y heredó el nombre, la relación con la ciudad y hasta el apodo. Highbury, en Londres, dejó de ser estadio: hoy tiene viviendas, pero las fachadas protegidas siguen ahí y el antiguo campo quedó como jardín. No hay dos botones que digan CONSERVAR y TUMBAR. Hay bastantes más.
Por eso le eché un ojo a los papeles del grandote y feo del barrio.
En 2012, el Ministerio del Deporte contrató un estudio de vulnerabilidad sismorresistente por cerca de 237.000 dólares. Revisaba el estadio desde la cimentación hasta las graderías y debía decir si convenía reforzarlo total o parcialmente. Entre 2013 y 2014 consta además la ejecución de trabajos complementarios vinculados a reforzamiento y rehabilitación integral. En julio de 2025, técnicos del MTOP volvieron a sacar muestras de hormigón, vigas y suelo y anunciaron nuevas recomendaciones.
Busqué los informes completos. No pude encontrarlos publicados.
Eso me parece más grave que cualquier render. Porque seguimos oyendo que el estadio «ya cumplió su vida útil», que «todavía sirve» o que «hay que botarlo», mientras el ciudadano no tiene a la vista el documento que permita separar diagnóstico de opinión. El estudio estructural debe ser la primera página de esta discusión.
Mientras tanto, seguimos metiéndole plata al edificio. En 2025, la CDP reportó alrededor de 200.000 dólares en reparaciones de humedad, iluminación, baños, camerinos, tuberías y otros trabajos. En noviembre se inauguró una plaza frontal. Ocho meses después se retiró parte de esa intervención para ejecutar otra rehabilitación de fachada, adjudicada el 20 de julio de 2026 por 268.551 dólares con 72 centavos.
Los 72 centavos están calculados. Lo demás todavía no.
Debajo de todo esto hay una pelea mucho más vieja. En 1966 el Municipio donó el estadio a la Concentración Deportiva de Pichincha. Fue una donación real, pero venía con obligaciones: uso deportivo, obras por completar, restricciones y una cláusula de reversión en caso de incumplimiento.
En junio de 2025, el Concejo Metropolitano resolvió revertirla y, al día siguiente, el inmueble fue inscrito a nombre del Municipio. En julio, un juez dejó sin efecto esa decisión por vulneraciones al debido proceso y a la seguridad jurídica, y la titularidad volvió a la CDP. El juez resolvió sobre la actuación del Municipio. No resolvió que el estadio hubiera sido maravillosamente cuidado durante sesenta años.
Y aquí aparece la pregunta que me interesa: ¿qué parte del Atahualpa es el Atahualpa?
No todo el Atahualpa es de 1951. Fue ampliado, corregido y remendado por décadas. Hasta Los Atlantes llegaron de otro Quito: antes sostenían un balcón en Guayaquil y Espejo. Cuando ese edificio desapareció, las esculturas de Enrique Avilés fueron llevadas al norte y puestas espalda contra espalda para cargar el mundo. El Atahualpa que vemos hoy ya es una suma de pedazos.
Pero hay cosas que no aparecen en un inventario. Queda el remate de la Naciones Unidas. Queda el césped donde, el 7 de noviembre de 2001, Jaime Iván Kaviedes cabeceó el centro de Álex Aguinaga contra Uruguay y Ecuador clasificó por primera vez a un Mundial. Queda, sobre todo, esa memoria rara que tienen ciertos edificios: uno puede no saber quién los diseñó y, aun así, saber perfectamente qué pasó ahí.
Mi posición es bastante sencilla. Yo no tumbaría al Atahualpa para empezar de cero. Tampoco conservaría cada grada por cariño.
Primero publicaría todo lo que ya se estudió y encargaría una auditoría estructural independiente y actualizada. Quiero saber qué sirve, qué cuesta reforzar, qué no cumple, cuánto puede durar y qué habría que reemplazar. Con ese papel encima de la mesa, lo que valga la pena se queda y lo que no, se bota. Si eso incluye una parte importante del estadio, que así sea. Si incluye casi todo, también.
Y sí: dejaría entrar capital privado. Bastante, si hace falta. Un estadio que funcione todo el año puede tener comercio, restaurantes, hotel, oficinas, conciertos y otros usos que ayuden a pagarlo. No me preocupa que alguien haga negocio. Me preocuparía que el negocio sea la primera decisión.
Una cosa es preguntar cuántos metros cuadrados caben en esas ocho hectáreas. Otra es preguntar qué le conviene a Quito que ocurra ahí durante los próximos cincuenta años. Yo contestaría la segunda primero.
Por eso mantendría el nombre Atahualpa, el lugar y las piezas que un estudio serio determine valiosas. El resto es negociable: el aforo puede bajar, la pista puede irse y el edificio debería servir los 365 días del año y no solo por las tardes en que hay partido o concierto. El resto puede cambiar sin miedo.
No todo lo viejo merece quedarse. Pero tampoco todo lo que vale mucho merece convertirse en metros cuadrados vendibles.
Al final, la escritura dirá quién es el dueño y un ingeniero dirá qué hormigón aguanta. Ninguno de los dos puede decidir por sí solo qué significa ese lugar para la ciudad.
Eso sí nos toca a los demás.
Entonces se la dejo a usted: si mañana pudiéramos rehacer el Atahualpa con plata, ingeniería y libertad suficientes, ¿qué parte no estaría dispuesto a perder?
Si su respuesta es «ninguna, hágame uno nuevo y bonito», perfecto. También es una posición. Solo quisiera que Quito la tome después de mirar bien lo que tiene, no después de otra mano de pintura ni delante del siguiente render.
Porque el Atahualpa está feo, pero no estoy tan seguro de que eso baste para borrarlo.
Fuentes verificadas
— INEC, cifras históricas de población de Quito (Censo de 1950).
— Guía de arquitectura de la ciudad de Quito, Junta de Andalucía: Estadio Olímpico Atahualpa, apertura, capacidad original documentada y ampliación de 1977; Los Atlantes de Enrique Avilés y su traslado desde el antiguo edificio de Guayaquil y Espejo.
— El Telégrafo, 31 de agosto de 2012: contratación a PPG Consultores del estudio de vulnerabilidad sismorresistente por aproximadamente USD 237.000.
— Sentencia de la acción de protección 17U05-2025-00072, 4 de julio de 2025: escritura de donación de 1966, resolución municipal de reversión y efectos del fallo.
— La Hora, diciembre de 2025: intervención aproximada de USD 200.000 en el estadio.
— Expreso, agosto de 2026 / SERCOP: rehabilitación de fachada adjudicada el 20 de julio de 2026 por USD 268.551,72.
— Ecuavisa, 23 de julio de 2026: anuncio presidencial de un nuevo Atahualpa para 60.000 espectadores y referencia al Bernabéu.
— gmp Architekten: remodelación del Santiago Bernabéu y conservación de gran parte de la estructura existente.
— Primicias, junio de 2025: estimación no oficial de USD 80-100 millones para las ocho hectáreas del predio.
— El Comercio / Primicias: 7 de noviembre de 2001, gol de Jaime Iván Kaviedes ante Uruguay y primera clasificación de Ecuador a un Mundial.
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La fiebre no está en las sábanas. Ningún equipo popular juega en el Atahualpa y ese estadio no se ha llenado en años , excepto en las eliminatorias que ahora se jugarán más en Guayquil. Mantener ese estadio que no se llena no es rentable. Debe hacerse un estadio más pequeño , sin pista atlética y seguro hasta cabe una arena al lado. Ahí si se podría rentabilizar y viabilizar la modernización
Coincido. Menos capacidad, elevar el estándar con usos mixtos que tejan la conectividad y el espacio público. Una arena polifuncional de primer nivel para los próximos 50 años.
En Quito siempre hay esta idea de que lo viejo no vale. Cada 20-30 años la ciudad se muda a lo nuevo, y la vieja casa, el viejo barrio o, ahora, el viejo estadio ya no valen. Esto es un error y una pena. Esta forma de considerar la ciudad nos ha llevado a construir una urbe dispersa y desordenada, sin carácter y con desprecio por su historia. Las ciudades más bonitas del mundo hacen un esfuerzo por conservar. Algunas incluso reconstruyen lo que las circunstancias —usualmente la guerra— borraron.
Ahora, sobre el estadio, de acuerdo con el autor. Los estadios modernos son multipropósito y no sería mala idea considerar que ahí operaran el “Museo de la Selección”, restaurantes, salas de eventos para cumpleaños o bodas, etc. Lo más distintivo del estadio es la fachada de la NN.UU. Fuera bonito que esto se conservara o se reconstruyera de una manera que tomara esto en cuenta.
Gracias por tu comentario y por leerme. Saludos