CASO #46

Ciudad sin párpados.

Ilustración: Kitty Najas

Hoy, casi todo lo que nos vende algo trae un botón de apagado. Cierras la pestaña, te saltas el comercial a los cinco segundos o pagas la suscripción premium. Y ese mismo aparato, tan difícil de soltar, que nos tiene jorobados y babeando en un scroll infinito, al levantar la vista, la ciudad te remata con la valla LED frente a tu ventana, sin control de apagado, o con el parlante del local de abajo sin opción de mute. En un mundo donde casi todo se silencia, nuestras ciudades nos gritan 24/7.

Es que a Quito le fascina empapelarse. Poste, fachada, árbol, ladera: a cada superficie se le mete capa tras capa de papeles y lonas. Crecimos creyendo que una ciudad tapizada de pantallas gigantes y figuras 3D, como carros alegóricos sin ruedas, nos convierte en primer mundo —cosmopolitas, dinámicos, despiertos—, un Times Square con olor a hornado o a una gigante cubeta de pollo frito que nos abre el apetito. Pero no tanta hambre como la del Municipio. Lo desarmé en las cifras del Caso #10 —ocho de cada diez vallas fuera de norma y multas millonarias que se acumulan sin que nadie las cobre—; en el Caso #8, traté de descubrir la trampa oculta—una legalización exprés de todo lo ilegal con premio al que más pedestales para publicidad metió.

El daño, sin embargo, ocurre también mucho más por dentro: en nuestros cerebros. La atención dirigida —la capacidad de concentrarse e ignorar el resto— es finita y se fatiga como un músculo; la psicología ambiental lleva décadas mostrando que los entornos saturados la agotan y los naturales la reponen. Un cerebro obligado a filtrar, todo el bendito día, estímulos que nadie pidió —un letrero encima de otro, una luz parpadeante, una marca cada diez metros— mantiene encendido el sistema nervioso autónomo, ese que se dispara ante una amenaza. Cortisol, pulso y alerta sostenidos en el tiempo. Ese estado no equivale, por sí solo, a un diagnóstico, pero sí es terreno fértil para la ansiedad, la irritabilidad y el insomnio.

La OMS recomienda reducir el ruido del tráfico rodado por debajo de 53 dB Lden (promedio de día, tarde y noche) y por debajo de 45 dB Lnight durante la noche. En Quito, un estudio de la UDLA halló que uno de cada cuatro quiteños estaba expuesto a niveles superiores a 65 dB durante el día y casi cuatro de cada diez a niveles superiores a 55 dB durante la noche. La luz nocturna de las pantallas hace lo suyo aparte: desordena los ciclos circadianos, ese reloj interno que nos pide oscuridad para dormir —una valla iluminando la ventana hasta medianoche hace justo eso, igualito a la pantalla azul del celular, con el detalle de que a esa sí podemos voltearla boca abajo; a la valla, te la bancas, sí o sí. Y la neurociencia ya vio que la ciudad deja al cerebro más reactivo al estrés: nos exige una regulación emocional de base y, encima, sumamos brillo, bocina y saturación. Uno cree que, con el tiempo, se acostumbra. Mentira. Se desgasta de a poquito, sin sentirlo, hasta que la mala leche de las calles se vuelve nuestro temperamento local y resulta que es, en buena parte, un agotamiento colectivo.

La Encuesta de Salud Mental del propio Municipio, realizada con TANDEM y PLURAL, encontró que el 92,6% de la población presenta algún nivel de estrés y que, entre los síntomas más frecuentes, se encuentran el cansancio, los problemas para dormir y la irritabilidad. Hubo una pregunta que lo dice casi todo: al consultar qué obras mejorarían su bienestar, la gente pidió más árboles y más parques, y una mayoría abrumadora confirmó que eso le haría bien a la cabeza. La ciudad se recetó su propio antídoto: sombra, verde, un poco de silencio. Pero la calle le mete más pantallas, con la bendición de las agencias de control.

Son tan delirantes las estimaciones que un estudio técnico, reportado por la prensa, calculó que Quito aguantaría hasta 6.500 estructuras publicitarias antes de saturarse. Como si se tratara de una subasta de metros cuadrados listitos para ser capturados. El Concejo, tan prudente, pasó de 115 legales a 900 legalizadas y autorizó un cupo de 1.430. Pura capacidad de absorción comercial. En ese cálculo no entran el campo visual, ni el sueño de nadie, ni el paisaje, ni el dato de fatiga que el mismísimo Municipio levantó en su otra encuesta. Dos instrumentos, dos verdades, y entre ambos un silencio comodísimo, porque cruzarlos saldría carísimo. Mientras tanto, la valla dejó de ser una lona que cobra arriendo y la publicidad exterior también se volvió digital, programable y medible —pantallas que ya empiezan a estimar, con sensores y analítica de video, quién las mira, cuánto rato y qué hace después. São Paulo entendió el peso del asunto y en 2007 descolgó quince mil vallas de un solo tajo; nosotros, en cambio, amarramos hasta el techo de una parada de bus a un contrato publicitario, y ya vimos cómo terminó: pleito, deuda y gente esperando el bus bajo la lluvia (Caso #35). El espacio público no se privatiza solo porque alguien le mete una reja. Se privatiza, calladito, cuando te obligan a mirar, oír y procesar lo que otro decidió venderte. Ahí ya no te quitan un pedazo de vereda. Te quitan la atención, que era lo único que te quedaba gratis.

Y, mientras tanto, arriba sigue el cerro. El paisaje es un derecho colectivo —el de mirar el Pichincha, el Panecillo, esa vaina rara y hermosa de vivir metidos en una hondonada andina—, solo que ya casi no lo ejercemos, tapados por una cubeta de presas de pollo más alta que los edificios. Una ciudad sin párpados no puede cerrar los ojos para descansar ni cuando levantas la vista.

Fuentes

  • Encuesta de Salud Mental del Distrito Metropolitano de Quito 2023. Fundación TANDEM, PLURAL.
  • Organización Mundial de la Salud. Environmental Noise Guidelines for the European Region, 2018.
  • Universidad de Las Américas (UDLA). Estudio de exposición a ruido en Quito: 25% de la población urbana expuesta sobre 65 dB durante el día y 38% sobre 55 dB durante la noche, recogido por prensa y publicaciones institucionales.
  • Psicología ambiental: teoría de la restauración de la atención. Rachel Kaplan y Stephen Kaplan.
  • Neurociencia urbana: estudio sobre vida urbana y mayor reactividad cerebral al estrés, publicado en Nature.
  • São Paulo. Lei Cidade Limpa, 2007: retiro de alrededor de 15.000 vallas y cientos de miles de letreros comerciales.
  • Tendencia global de publicidad exterior digital (DOOH): inventario programable, sensores y analítica de video. Fuentes de industria: WPP/GroupM, JCDecaux, Broadsign.
  • Ordenanza de publicidad exterior del DMQ: cupo de 1.430 vallas, estimación técnica de hasta 6.500 estructuras y proporción de vallas irregulares.
  • Quito Caso a Caso. Casos #8 “La silla vacía”, #10 “La valla imperfecta” y #35 “Publicidad, pleito y lluvia” (archivo propio).
  • Entrevista propia con Elena Rodríguez, psicóloga, medioambientalista, urbanista y consultora en temas de ciudad y medio ambiente.

8 comentarios en “Caso #46”

  1. Lastimosamente la única institución que tiene en sus manos regularizar es corrupta el Municipio y su cabildo
    conozco de cerca el problema y la gente que está detrás de estos negocios les importa un bledo todos los problemas que acarrea los invasión de publicidad
    solo les importa el dinero que genera
    gracias Esteban por traer y enfrentar este terrible problema ojalá se sensibilice las autoridades municipales algún día

  2. Este es, quizá, el tema más relevante para la ciudad, no solo por las implicaciones urbanísticas y de salud pública a los que hace referencia el artículo, sino porque es el síntoma de la condición general de la ciudad. Por un lado, de la toma del municipio y de la gestión de la ciudad por intereses privados corruptos (en ese sentido, la publicidad de las grandes inmobiliarias, las principales clientes de las vallas, cuando no sus dueñas, cumple la misma función de marcación de territorio que los grafitis de los Tiguerones en la Prosperina; cualquier esfuerzo por recuperar ese territorio debe contemplar, incluso empezar por, borrar esos marcadores territoriales). Por otro lado, la degradación del espacio público es el espejo de un país que ha abandonado el concepto del bien común: la degradación del espacio público como reflejo y catalizador de la relegación de lo público en los asuntos de la sociedad.
    En términos estrictamente urbanísticos tampoco tenemos claras todas las implicaciones de esta degradación del espacio público, que es, fundamentalmente, la degradación de la experiencia urbana. Por ejemplo, no se aprecia bien su efecto en el paulatino abandono del hipercentro y el traslado de la población a urbanizaciones cerradas en las periferias. Podrá el municipio declarar la densificación de la ciudad como pilar de sus planes de desarrollo, plasmar ese objetivo en las normas de uso de suelo, desarrollar programas de recuperación y repoblamiento (como por ejemplo, el que anunciaron para la 10 de Agosto, o el plan de la Mariscal), y podrá, incluso, aunque más improbable, dotarlos de recursos y voluntad política. Nada de eso tendrá efectos si, al mismo tiempo, el propio municipio convierte esas zonas, por ordenanza municipal, en “Polígonos de Publicidad Masiva” (sí, ¡así se llaman!, ¡en la ordenanza que nos clavaron como remedio a la contaminación visual!). Empujado a escoger entre vivir en un Polígono de Publicidad Masiva y una urbanización donde la publicidad exterior es prohibida, no hay mucho dilema pare el quiteño.
    En cuanto a las pantallas gigantes, esa fue una de las grandes trampas de la ordenanza de publicidad exterior: eliminaron la distinción entre valla y pantalla; ahora solo se habla de (y se contabiliza para la estadística) “soportes publicitarios” en los que yo puedo poner lo que se me ocurra. Así, sin necesidad de aumentar soportes, el impacto se está multiplicando exponencialmente. Una muestra puntual que es fácil apreciar que también está ocurriendo en otros tramos: antes de la ordenanza, desde el redondel del ciclista hasta el fin de la Eloy Alfaro en la 6 de Diciembre, hace solo tres meses había una pantalla. En mi último conteo habían ya siete. Y la transformación recién empieza.
    Como menciona el artículo, las pantallas además permiten la digitalización de la publicidad, dando cabida a la extensión de la tiranía del algoritmo al espacio público (una de cuyas nuevas funciones, en tiempos de adicción a las redes sociales, debería ser justamente la de proveer un remanso en medio del asedio digital). Por eso inquieta más la inminente implementación de la tercera placa por parte del municipio; abre posibilidades distópicas no solo de vigilancia a los ciudadanos, sino de direccionamientos cada vez más precisos de mensajes políticos y comerciales. No parece coincidencia que ocurra en concomitancia con los nuevos modos de comercialización del espacio público.

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