
CASO #48
Nos ahorramos el saludo en una ciudad sin vecinos
En cualquier calle de Quito, a cualquier hora, hay algo midiéndose. El contador de agua gira. Las cámaras del ECU 911 graban y el Municipio sabe cuántos carros cruzan la Occidental a las 7:40. Todo lo que se mueve en esta ciudad deja registro.
Y en esa misma calle pasa lo único que ningún aparato anota: la señora de la tienda ve pasar a un niño con uniforme y sabe de quién es. Ese dato no consta en ninguna base municipal. Sin ese dato, la calle solo ofrece un tallarín de cables.
Un barrio es una frecuencia. La cantidad de veces que una persona se cruza, sin planearlo, con otra que reconoce. El vecino nota que el señor del tercer piso lleva dos días sin aparecer. Un favor pequeño. Esa cara que uno jamás invitó a comer, pero que igual echaría de menos si desapareciera. Nada de esto exige amistad: basta con reconocer al otro, saber que pertenece, notar cuando algo no cuadra. Cuando esos cruces se repiten lo suficiente, la calle acumula memoria y aparece lo que llamamos barrio. Cuando la frecuencia cae bajo cierto umbral, quedan casas. Casas con gente adentro y nadie alrededor.
Quito tiene medido su apagón. La encuesta de percepción ciudadana que se realiza cada año lo registra con la frialdad de un electrocardiograma: en 2020, 65 de cada 100 quiteños confiaban en sus vecinos. En 2023 quedaban 46. La última medición recuperó terreno, 57, y mejor tragarse el dato sin celebrar: parte del repunte vino de vecinos que se organizaron por miedo a la delincuencia, que es la forma más triste de conocerse. En Los Chillos confían el 64 por ciento; en Calderón, el 32. Y el dato más jodido: los que menos confían en sus vecinos tienen entre 18 y 25 años. Un conteo vehicular mueve presupuesto, cambia un intercambiador, justifica un crédito internacional. Diecinueve puntos de confianza perdidos en tres años no movieron un solo plano.
La frecuencia la apagamos entre todos, de puro cómodos. Cada mejora de la vida individual eliminó una razón para cruzarse con alguien: el carro nos ahorró la vereda; el delivery, la tienda; la pantalla, la banca del parque; y la cerca eléctrica nos ahorró el saludo. Yo tampoco soy inocente. Cada decisión es razonable por separado. Sumadas, dejaron la calle sin oficio. Y una calle sin oficio termina sirviendo únicamente para pasar de largo. La seguridad hizo el resto: cada muro protege un interior y borra un par de ojos sobre el exterior; cada conjunto cerrado mejora la protección de veinte familias y deja ciega a la cuadra entera. Un barrio reconoce lo anormal porque conoce lo normal. Cuando ya nadie mira, lo anormal circula campante.
Barcelona, que hoy presume de sus supermanzanas como el invento urbano del siglo, también empezó midiendo algo. Salvador Rueda buscaba bajar los decibeles a la ciudad desde 1987; el silencio lo llevó a sacar el tráfico de paso de ciertas calles, y el famoso piloto de Poblenou, en 2016, terminó devolviéndole espacio a la gente. Devolver espacio ya es bastante. Pero un espacio vacío no conversa con nadie. Si los vecinos no lo ocupan, sigue siendo eso: metros cuadrados bienintencionados.
Quito ya hizo algo parecido hace más de cuarenta años, y le fue mejor y peor de lo que cualquier manual predice. El plan de Solanda, aprobado por el Municipio en 1980, organizó cerca de 150 hectáreas del sur en supermanzanas —así, con esa palabra, consta en los documentos— con una red peatonal continua y pasajes de ocho metros con jardines. Cuatro décadas después, los pasajes miden dos metros: los vecinos construyeron sobre los jardines, cuarto a cuarto, losa a losa, hasta comerse el diseño. Y mientras se lo comían, fabricaron uno de los barrios con más identidad de la ciudad, con más de cien mil habitantes, una tienda en cada esquina y una vida de calle que muchas urbanizaciones de lujo mirarían con envidia si supieran mirar. La forma ayuda. Pero el barrio lo terminan de armar los vecinos. Incluso cuando el plano decía otra cosa.
Si el barrio es una frecuencia, la pregunta municipal cambia: ¿qué hicimos para que la gente volviera a cruzarse? Cinco ideas bastante terrenales.
La primera ni siquiera cuesta plata: que toda obra grande declare qué le hace a la vecindad, igual que hoy declara qué le hace al tráfico. El indicador ya existe y se publica cada año; falta que alguien lo adopte como meta de gestión, con la misma seriedad con que se persigue un porcentaje de asfalto.
La segunda: inventariar la infraestructura de la confianza. O, dicho menos elegante, empezar a cuidar esos lugares donde los vecinos todavía tienen excusa para encontrarse. La tienda de la esquina hace algo que ninguna obra millonaria consigue: obliga a que dos vecinos se crucen. El plan de uso de suelo —el documento que decide qué se construye y dónde— protege tuberías con celo religioso y deja morir tiendas sin pestañear.
La tercera: un piloto barato cuya unidad la dicta el recorrido cotidiano: tres calles alrededor de una escuela, o el trayecto entre un mercado, una cancha y una parada del Metro. Cruce seguro, luz, sombra, una vereda donde quepan dos personas conversando. Nada de eso exige crédito internacional. Si funciona, la siguiente encuesta debería empezar a contarlo.
La cuarta: premiar con norma a la urbanización cerrada que abra un borde, un frente comercial, un acceso peatonal, algo que devuelva ojos a la calle.
La quinta: amarrar toda mejora a la protección de los que ya estaban, porque un barrio puede morir de abandono y también cuando el éxito termina expulsando a quienes lo mantuvieron vivo.
En la calle del inicio, los contadores siguen trabajando. El medidor gira, el sensor suma y la cámara graba. Todo queda registrado. Menos el barrio. La señora de la tienda sigue ahí, por ahora, viendo pasar niños con uniforme. El día en que baje la reja por última vez, ningún tablero municipal registrará la pérdida. El agua seguirá corriendo y los carros seguirán pasando. Y la calle, perfectamente medida, se quedará sin nadie que sepa de quién es cada niño.
Fuentes
— Quito Cómo Vamos, Encuesta de Percepción Ciudadana, series 2020–2025 (quitocomovamos.org / datos.quitocomovamos.org).
— Primicias, “Menos de la mitad de los quiteños confía en sus vecinos” (diciembre 2023).
— La Hora, “Nueva encuesta de Quito Cómo Vamos revela desafíos y percepciones ciudadanas” (noviembre 2024).
— Quito Informa, resultados de la Encuesta de Percepción Ciudadana 2025 (diciembre 2025).
— PUCE / Metro de Quito, “Estudio de Diagnóstico Preliminar: Asentamientos de viviendas en el Barrio de Solanda” (2018).
— Municipio del DMQ, Términos de Referencia del Plan Parcial de Renovación Urbana de Solanda.
— Salvador Rueda, “La Supermanzana: modelo funcional y urbanístico de Barcelona” (2016); entrevistas en El Nacional (2016) y Revista Barcelona-NY, Universitat de Barcelona (2021).
— Durán, Duque et al., “Geografía de la fragmentación en el periurbano de Quito”, EURE (2020).
— Eric Klinenberg, Palaces for the People: How Social Infrastructure Can Help Fight Inequality, Polarization, and the Decline of Civic Life (2018).
— Robert Sampson, Stephen Raudenbush y Felton Earls, “Neighborhoods and Violent Crime: A Multilevel Study of Collective Efficacy”, Science (1997).
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