febrero, 1, 2026 • Tiempo de Lectura: 3 minutos
CASO #25• Porno inmobiliario.
febrero, 1, 2026 • Tiempo de Lectura: 4 minutos

En Instagram pulula la compulsiva captura de cada bendito plato de comida, de la que luego no nos acordamos de qué supo. Se suman a estas manías las rutinas de gimnasio de tres sets y doce repeticiones de selfies, y los turistas que se endeudan por dos años para sostener la Torre de Pisa por treinta segundos para un post mal logrado.
Compulsión que también tiene su par en el mundo inmobiliario y en todos los medios de comunicación imaginables. La fijación por lo aspiracional nos alcanza a todos en el scroll, sin importar cuán cínicos creamos ser.
Todo tiene que ser superlativo: el más alto, el más grande, el primero. El “alfa”. Parece que nos obliga a cruzar un campo minado de nombres hiperbólicos, “lo que siempre soñaste” en cualquier idioma, salvo el castellano, como si se buscara camuflar alguna insuficiencia que nadie pidió ver.
Conviene que lo aclare: esto no es, ni de cerca, una crítica al libre mercado ni al desarrollo inmobiliario. Al contrario, indudablemente este sector, en todos sus segmentos, es uno de los motores más potentes de la transformación urbana y, por extensión, humana. Precisamente por eso, importa tanto el tipo de valor que está produciendo.
Ya sea en Miami o en Abu Dhabi, es un sector productivo que, en muchos casos, ha aprendido a vender demasiado bien una ilusión, pero no siempre la convivencia. Operar cada vez más como una fábrica de activos financieros, a veces tan ineficaces como el alerón de un taxi. Aparece entonces la lógica especulativa: comprar para guardar o revender, pero no para habitar. No es ilegal ni inmoral en sí mismo. Es un modelo, en su mayoría legítimo, que, más o menos, funciona. Pero tiene sus consecuencias.
Quito, en su escala, no es ajeno a estas lógicas. El aparato inmobiliario reciente trajo altura, volumen, render y promesa. Eso también puede traer progreso, pero no siempre trae comunidad ni rutina. Por eso, vale la pena observar con atención lo que sí funciona, aunque no sea contenido viral.
Y es curioso: cuando uno busca referentes de vivienda que construyen comunidad, sostienen la rutina y envejecen con dignidad, muchos no nacieron en esta era del confeti visual. No fueron pensados para el feed. Fueron pensados para ser vividos… y para envejecer bien.
Y no, esto no es una cruzada contra la arquitectura contemporánea. La forma no es el problema. La intención sí. Hay proyectos que llaman la atención por su imagen, abren sus puertas a la ciudad y mejoran la vida cotidiana. Pero también hay muchos que solo anhelan atraer al comprador desinformado como polillas a una pantalla.
En Quito hay casos que merecen ser estudiados por su persistencia y su calidad medible. Por ejemplo, el conjunto La Granja, en la avenida Mariana de Jesús, proyectado y construido entre 1971 y 1975 por los arquitectos chilenos Sergio Larraín, Jorge Swinburn e Ignacio Covarrubias, no compite en altura ni en acabados. Su valor está en la escala doméstica, en los espacios comunes, en la separación clara entre peatón y vehículo y en la integración con la topografía, visible en un parterre arbolado en pendiente que ha permanecido abierto, sin cercas ni cerramientos, durante décadas.
No es casualidad que este tipo de proyectos provenga de una época anterior a la obsesión por el impacto viral. Muchísimos ejemplos de arquitectos e ingenieros ecuatorianos remarcables perduran tras décadas por su calidad, y hoy también hay decenas de colegas que intentan construir una ciudad de calidad. Solo el tiempo podrá evaluarlo.
También hay casos urbanos que quieren conectar en lugar de desconectar. Por ejemplo, el barrio de La Floresta ofrece caminabilidad, cultura y variedad. Cafés, cines, librerías, restaurantes pequeños, veredas animadas. No es perfecta ni ordenada, pero ofrece algo cada vez más escaso: una vida callejera reconocible, donde el valor no está en el edificio sino en lo que ocurre alrededor.
En el sector de Las Casas, el uso residencial se transformó gradualmente hacia usos gastronómicos y de encuentro. Residencias que hoy albergan mesas, cocinas abiertas y sobremesas largas. El efecto no es solo comercial: es peatonal y social. Caminar unas cuadras, quedarse un rato y volver a caminar. Vida a escala de barrio, construida desde la experiencia y no desde el render.
Cumbayá, cuando acierta, es por otra razón. En sectores muy puntuales, el valor surge de la relación con una rutina activa y de la cercanía a la naturaleza, no de la torre ni de la altura al servicio único del vehículo. Cuando esa lógica se entiende, el mercado responde. Cuando se copia un modelo genérico, el resultado se canibaliza y se desgasta rápidamente. Pierde valor.
Incluso en los límites del Centro Histórico, empieza a surgir otra búsqueda: la de la identidad y la textura urbanas. Vivir en un lugar que no podría estar en ninguna otra ciudad. Las posibilidades son abundantes.
El valor inmobiliario no brota solo del edificio en sí. Se construye desde la cuadra, la cercanía y la rutina. Desde la integración fluida —y segura— entre lo público y lo privado, para que la vida ocurra también afuera de la puerta.
Las generaciones actuales y las que vienen ya no buscan símbolos genéricos ni promesas vacías. Buscan coherencia entre lo que se muestra y lo que se vive. Me gusta llamarla sofisticación frugal.
Tal vez el diferencial inmobiliario hoy no esté en cuán grande se construye, sino en cuán bien se habita. Y eso, más que una crítica, es una enorme oportunidad inmobiliaria para quien esté dispuesto a explorarla.

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