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CASO #3 • Quito y Tokio • La Post Nostalgia
agosto 31, 2025 • Tiempo de Lectura (4 minutos)

El pasado jueves, en un podcast en La Floresta, Quito, se debatió la rehabilitación de La Mariscal. Allí surgió, otra vez, la falsa batalla entre nostalgia y reinvención, una dicotomía que no existe.
En Tokio, una metrópoli de 37 millones de habitantes, una anciana manicura las plantas de su vereda con precisión milimétrica y limpia con cepillo sus escaleras de piedra. A doscientos metros, un niño de siete años, bajo rascacielos y luces LED, camina solo hacia la estación de tren, mochila al hombro, rumbo a su barrio.

He tenido la suerte de visitar Japón cada década desde los diez años. Siempre quedo abrumado por una ciudad que sostiene la vida cotidiana, donde el pasado ancestral convive con una modernidad vertiginosa.
Tokio teje 23 distritos especiales en un orden funcional e inescrutable; su identidad es más horizontal que vertical, con calles a escala humana. Caminar, pedalear o tomar el tren más eficiente del mundo asegura una proximidad absoluta.

En esas calles estrechas conviven capas de lo cotidiano: casas de madera y edificios de catorce pisos en solares mínimos, konbini abiertos 24/7 con lo esencial a pasos de casa, máquinas dispensadoras regadas como confeti en cada callejón, y los koban —casetas policiales con mascotas de anime— que ofrecen seguridad sin armas.

La vida urbana no distingue recuerdo o futuro: el espacio público moldea al ciudadano, y el ciudadano da forma al espacio, guiado por una danza invisible de dos términos fundacionales de la psiquis japonesa: honne (本音), lo que se siente en el corazón, y tatemae (建前), la armonía mostrada al mundo. La metrópoli brilla con neón, pero el barrio cultiva una calma que sostiene la convivencia.
El Tokyo Toilet Project, rediseñando baños públicos en Shibuya con arquitectos de renombre, lo demuestra: cuidar lo pequeño dignifica lo grande. Los shotengai, pasajes con tiendas y tabernas, cruzan lo cotidiano con la monumentalidad. La era Shōwa, esa época de los 50 a los 70 con neón, city pop y el auge tras la guerra, revive en el honne nostálgico de Shibuya, con el Miyashita Park —un parque elevado con jardines y tiendas retro— y el Shibuya Yokocho —un callejón de bares que evoca los sabores de antaño—, un tatemae que brilla hoy.




En Quito debatimos si conservar o reinventar, como si fueran antónimos. Las plazas y veredas donde antes se cruzaban historias han quedado vacías frente al confort de malls cerrados, con aire acondicionado, patios de comida y escaparates de franquicias.
Hay iniciativas público-privadas que intentan cambiar ese guion. En Bellavista, el Parque Aromático florece con senderos sensoriales y un Club del Compost que une vecinos en torno a la sostenibilidad. En Guápulo, el programa El CEES deja Huella restaura quebradas con camineras verdes. En el Centro Histórico, el proyecto De Vuelta al Centro siembra geranios en balcones y plazas, evocando el honne de la memoria quiteña y el tatemae de un futuro vivo.



Tokio no es perfecto. Una crisis demográfica pesa, con ancianos llenando calles y una juventud desconectada, atrapada en pantallas y algoritmos. Pero en Quito, donde barrios enteros son hoy abandonados, no debemos sentir la presión de repoblarlos con una simple elección entre ingenua añoranza versus un futuro “trendy” que tiene fecha de caducidad anunciada. Propongo saber tejer, con inteligencia urbana un camino entre honne y tatemae: lo que la ciudad susurra en su memoria y lo que decide proyectar en sus barrios. Que nuestro pasado no sea ancla, sino viento que impulse un Quito vivo, donde un niño camine seguro, como en Tokio, con el ayer en su mochila y el mañana en sus pasos. ¿Qué calle de tu ciudad salvarías para que esto sea real?
” La vida urbana no distingue recuerdo o futuro: el espacio público moldea al ciudadano, y el ciudadano da forma al espacio“
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CASO #2 • Vidrios rotos, ciudad rota.
agosto 24, 2025 • Tiempo de Lectura (3 minutos)

En 1969, el psicólogo Philip Zimbardo dejó un carro abandonado en el Bronx. Dos días después, lo deshuesaron. Lo mismo hizo luego en Palo Alto, un suburbio californiano perfecto: el auto quedó intacto. Pero Zimbardo quiso probar algo más: darle un martillazo a uno de sus vidrios. Fue entonces cuando el vecindario “civilizado” sintió por semanas la licencia para desmantelarlo.
Bautizada como la “teoría de la ventana rota”, fue manoseada por políticos, policías y urbanistas como una revelación que, si usamos la intuición elemental de la calle, parecería evidente y resuena en contextos urbanos como el nuestro.
Prefiero suponer que aún tenemos tiempo para voltear el guion sin tantas ideas fiadas y mal “tropicalizadas”. Hay decenas de estudios serios archivados en las universidades y los gremios.
Una Visión para La Mariscal

Tomaré el barrio de La Mariscal como piloto de oportunidades: un corredor académico con universidades a pasos del transporte público —PUCE, Salesiana (El Girón), UDLA–Colón, además de EPN, FLACSO y la UCE en el borde, con la UTE y la UASB a minutos por transporte—. Un ecosistema que debería llenar las calles las 24 horas pero se esfuma al caer el sol.
Un repoblamiento con al menos 40%-50% de vivienda nueva es viable (para equilibrar el actual predominio comercial y nocturno, alineado con recomendaciones de al menos 70% residencial en nuevos desarrollos), no con torres de 8 pisos en este barrio como se pretende en el proyecto de ordenanza especial de la Mariscal, sino con un mosaico inteligente: restaurar casas patrimoniales para cultura, innovación y gastronomía, transformar edificaciones funcionales y, donde lo merezca, construir edificios con subsuelos para estacionamientos, pero con un máximo de 4+1 pisos de altura que dialoguen con la escala barrial.
Según el Informe Técnico del Colegio de Arquitectos del Ecuador – Provincia de Pichincha (CAE-P, abril 2025), y datos del Plan Urbanístico Complementario Parcial La Mariscal (PUCP, 2025), el polígono de intervención cubre aproximadamente 154 manzanas (equivalentes a unas 150 hectáreas), con alrededor de 130 predios abandonados o subutilizados que podrían absorber miles de unidades habitacionales nuevas —estimando conservadoramente unas 1,200 en fases iniciales, priorizando repoblamiento—. Esto podría financiarse con incentivos como reducciones tributarias (hasta 50% en concesiones onerosas para alturas adicionales en zonas permitidas) y la posibilidad de trasladar derechos de construcción a áreas donde sí corresponde crecer en altura, como corredores periféricos. (Nota: Derechos de construcción transferibles permiten vender metros no usados en un sitio para aplicarlos en otro, equilibrando densificación sin sobrecargar barrios sensibles; exenciones tributarias reducen impuestos para proyectos que rehabiliten patrimonio o fomenten vivienda mixta).
Imagina La Mariscal con balcones y azoteas que capturan el sol y funcionan como atalayas para ver y ser vistos, veredas arboladas y anchas con edificios que no avasallan la escala de las casas patrimoniales y que no generen sombra excesiva que los árboles ya nos entregan. Cafés, gastronomía, cultura, arte y emprendimientos que devuelven vida y seguridad sin garitas ni redadas policiales.
Estacionamientos subterráneos estratégicamente ubicados dentro del polígono —como el terreno en la Colón junto al edificio España, con potencial para 1.000 plazas bajo tierra y una plaza pública con comercio y vivienda arriba— y grandes parques tarifados en los perímetros, como el lote vacío del Baca Ortiz con capacidad para 400 plazas, pueden absorber al visitante y al turista. Así, los que vienen de fuera dejan el auto en los bordes densos y caminan seguros hacia un barrio con memoria y con futuro, como sucede con el programa Grätzl-Oase en Viena, donde voluntarios transforman estacionamientos en pequeños oasis verdes (espacios comunitarios con plantas y zonas de descanso) con subvenciones de hasta 5.000 euros, ayudando a reducir el “calor urbano” (el efecto por el cual el asfalto y los edificios acumulan calor excesivo en las ciudades) y fomentando el sentido de comunidad entre vecinos.
Beneficios Compartidos

Ahora, ¿quién paga y quién gana? Para los inversionistas, permitirles transferencia de derechos de altura: que los metros no construidos en La Mariscal se vendan con descuento y trasladen a corredores como la Colón, la Amazonas y hasta los bordes del Bicentenario que aspira a ser Central Park. Así se densifica donde tiene sentido mientras se protege lo existente para colocar los fondos captados en limpieza, iluminación, árboles, innovación y cultura.
El vecino que pinta su fachada, la familia que rehabilita su casa, el emprendedor que abre en la esquina, y sí, también el inversionista que juega en grande en el lugar que más le conviene, pero deja valor en las zonas que deben tener una reutilización adaptativa (retrofitting: adaptación de edificios existentes para nuevos usos, preservando estructura e identidad). El valor llega a todos los que son “dolientes” porque viven e invierten en el lugar.
El proceso ha incluido participación comunitaria, como las mesas técnicas del CAE-P y autoridades en marzo y abril de 2025, donde se discutieron aspectos clave de revitalización y coordinación para el PUCP, fomentando un enfoque inclusivo.
El municipio y la AMC se hunden en letargo operativo y normas deformes en lugar de crear un ecosistema de licencias de 15 días, incentivos tributarios para vivienda mixta y rehabilitación patrimonial. Hoy, un trámite en la AMC puede tardar hasta 90 días. Con procesos digitales ya probados, debería tomar uno.
Libertad empresarial con reglas firmes que obliguen a dejar huella en la vereda. No arengas ni eslóganes. Solo resultados de las ventanas reparadas a tiempo.
Únete al debate: ¿qué ideas tienes para La Mariscal? Comparte en comentarios o contacta al CAE-P.
*Referencia principal: Informe Técnico CAE-P (abril 2025); Plan Urbanístico Complementario Parcial La Mariscal. **https://www.theguardian.com/environment/2025/aug/14/why-would-you-take-away-a-parking-place-the-city-where-anyone-can-build-an-urban-oasis?utm
” Imagina La Mariscal con balcones y azoteas que capturan el sol y funcionan como atalayas para ver y ser vistos, veredas arboladas y anchas con edificios que no avasallan la escala de las casas patrimoniales y que no generen sombra excesiva que los árboles ya nos entregan. Cafés, gastronomía, cultura, arte y emprendimientos que devuelven vida y seguridad sin garitas ni redadas policiales.”
CASO #1 • Casuística Quiteña
agosto 17, 2025 • Tiempo de Lectura (2 minutos)

Nuestro dedo apunta con la soltura de una suegra cuando criticamos la ciudad: alcaldes, concejales, empresarios, contratistas. Todos culpables. Pero al volante, cuando el de adelante enciende la direccional, izquierda o derecha, nos da lo mismo: lo importante es bloquear el paso. Repetimos desde abajo la misma lógica que denunciamos arriba.
Sí, la gobernanza está rota, también lo están nuestras esquinas y veredas. No solo por la deficiencia de política pública, sino por la forma en que usamos —y abusamos— del espacio común. Lo que los operadores del poder y sus aliados de ocasión hacen a gran escala, el ciudadano lo replica en piloto automático: estacionarse donde quepa la F50, empujar con la escoba lo que estorba, correr la basura unos metros hacia la vereda del vecino.
Quito es un organismo enfermo. Y, como todo organismo, los síntomas se manifiestan en lo más pequeño: un parque que agoniza, un cruce imposible, una obra inaugurada a medias. Patologías urbanas que se acumulan hasta volverse hábito.
En el quirófano, la gobernanza no tiene credenciales para operar. Está tan enferma como el propio cuerpo urbano que pretende curar. Las intervenciones son urgentes y clandestinas, con cuentas de hospital privado que nos mantienen sedados. Cuando despertamos y nos miramos al espejo, descubrimos un cuerpo mutilado y esquilmado. Nos acostumbramos a la dismorfia de una ciudad que refleja, sin anestesia, nuestra propia deformidad.
La improvisación dejó de ser excepción para convertirse en método. La aceptamos en la autoridad, la repetimos como ciudadanos, la justificamos como cultura. Lo inaceptable se naturaliza hasta volverse paisaje.
Por eso Quito no se entiende en bloque. Se entiende caso por caso. Como un diagnóstico clínico. Cada esquina, cada barrio, cada proyecto necesita atención específica: acupuntura urbana, tratamiento quirúrgico, decisiones que trasciendan la inercia del poder o el capricho individual.
La crítica no es nostalgia ni queja vacía. Es el intento de despertarnos del piloto automático. Es reírnos de lo absurdo, no para resignarnos, sino para desnudar lo que no puede seguir así.
Quito no necesita culpables únicos ni excusas recicladas. Necesita ciudadanos y autoridades capaces de mirarse en el mismo espejo y reconocer que el problema no está solo en “el otro”, sino en el organismo completo que compartimos.
Entenderlo exige cambiar las preguntas. Salir de la anestesia. Preguntarnos, una y otra vez: ¿qué ciudad queremos construir?
La respuesta, como todo lo esencial, solo se encuentra caso por caso.
” La improvisación dejó de ser excepción para convertirse en método.”
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Caso #20
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