Caso #11

octubre, 26, 2025 • Tiempo de Lectura: 4 minutos

CASO #11• Por abrir la boca (y por abrir el metro)

octubre, 26, 2025 • Tiempo de Lectura: 4 minutos

Las redes, los lectores, los troles y yo mordimos el anzuelo.
Una frase suelta en una entrevista que Primicias publicó el 9 de agosto de 2025 se convirtió, en pocas horas, en un circo digital.
Troles desatados en los comentarios, como si hubiera pateado a su perro.
No hablé de alguien, hablé de algo: de ciudad.
Pero, en esta era frágil, la verdad ofende y se usa para apuñalar desde el anonimato.

Un titular es dinamita con mecha corta.
Este tenía lo justo: dos palabras infladas y una coma mal puesta.
Fui tendencia, banquete y meme por dos días.
Leí los comentarios con risa y fascinación antropológica: cientos gritando injurias, como en un partido en el Atahualpa, y otros discutiendo urbanismo, como en un café de la Flacso.

Mientras tanto, Quito seguía igual: una ciudad atrapada entre la grandeza de sus proyectos y la miseria de sus aceras.
Pero, bajo el ruido —digital y literal—, late algo bueno: el Metro de Quito.
Una obra impecable que corre bajo tierra con la precisión que arriba parece un sueño.

Verónica Sevilla, presidenta del sistema, me compartió los números: 105 millones de viajes; 58 % mujeres; la mayoría del sur, donde el tráfico era una condena estática.
Antes, uno podía pasar quince minutos en Quitumbe, varado frente a un bus con «Muñeco de todas, juguete de nadie» en el parabrisas, como si la ciudad se riera de su propio destino.

Los datos de septiembre cuentan más: la mitad de los usuarios son empleados privados; los más frecuentes, entre 18 y 29 años; y le dan al servicio un 9,5 sobre 10.
Más de 107 toneladas menos de CO₂ —como si cinco millones de árboles suspiraran aliviados— le devuelven oxígeno a Quito.

Pero, al salir, la ciudad te cachetea con una vereda rota, como diciendo:
«Bienvenido, gil, aquí no hay final feliz».
El metro corre; la ciudad cojea.

Entre Quitumbe y Labrador, varias estaciones te sueltan en un páramo de vallas y grafitis que gritan “sálvese quien pueda”.
San Francisco, Iñaquito y La Carolina cumplen; demasiadas intermedias te entregan a la nada: sin parques, sin tiendas abiertas, sin vida callejera.

Decir “falta ciudad” no fue un eslogan: fue un grito.
El metro mueve cuerpos, pero no almas si no hay razones para bajarse.
Cada estación debería ser un imán, no una puerta de emergencia.

Imagina un plan barrial: un parque en Quitumbe con bancas y food trucks; una placita en El Recreo con ferias los fines de semana; un mercado artesanal en San Francisco.
No es solo cavar túneles: es hacer que el metro ancle vida, como Medellín con sus bibliotecas parque.

El metro tejió el primer hilo de un manto incompleto: un eje norte-sur que funciona, pero no cose el este-oeste, donde te esperan calles empinadas y smog de diésel.
Los extremos se conectan; el centro se pierde.
Quien vive entre estaciones no tiene por qué quedarse, y quien está cerca empieza su huairasinchi en un Quito que no camina.

Abajo, en el metro, la gente guarda silencio, respeta turnos, cede el paso.
Arriba, reaparece nuestra esencia reptiliana: bocinas, empujones, ansiedad.
Así de brutal es el entorno.


El Metro demuestra que la arquitectura puede domesticarnos…y el urbanismo transformarnos.

La topografía de Quito promete paisajes, pero entrega caos: letreros trepando laderas, avisos en cada milímetro de fachada, veredas que gritan lo que la ciudad calla.
Ahí debería sonar el urbanismo y la arquitectura: silenciosos, persistentes, capaces de coser lo que los planos políticos deshilachan.

El desafío no es hacer más túneles, sino que las estaciones sean portales, no escapes.
Que cada salida invite a caminar, a comprar en un puesto de frutas, a sentarse en una banca que no esté rota.

Los trenes ya pasan, impecables, bajo una ciudad que aún cojea.
Pero cada estación puede ser un nudo que teja Quito: un mercado, una plaza, un rincón donde la vereda no te traicione.
El metro ya llegó; que la ciudad no se quede en el andén.

2 responses

  1. Iván Muñoz Ron Avatar

    Considero que el metro funciona mejor porque hay más vigilancia y supervisión, sino seguiríamos siendo los mismos reptilianos de afuera, sino miren el trolebús.

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    1. Gracias por el comentario Iván. Coincido: el Metro funciona mejor porque hay diseño, orden y control, pero eso no ocurre por casualidad —eso producto de planificación y gestión urbana.
      El urbanismo no es solo trazados y planes: incluye gestión, normativa, cultura ciudadana y mantenimiento. Cuando esos elementos funcionan juntos, el comportamiento colectivo mejora. Está comprobado psicológicamente.
      De hecho, en mi artículo CASO #2 • “Vidrios rotos, ciudad rota”, explico cómo los entornos bien cuidados generan respeto y orden. El Metro lo confirma todos los días: donde hay coherencia entre diseño, gestión y vigilancia, la ciudad se comporta mejor. Eso sí es posible en superficie.

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