CASO #6

CASO #6: Quito 2044: ¿dónde vivirán nuestros nietos?

“Menos hijos, menos espacio, más ciudad: por qué el único futuro de Quito no está en los valles”

septiembre, 21, 2025 • Tiempo de Lectura: 8 minutos

Crecí frente al antiguo aeropuerto, donde cruzar de la Amazonas a la Prensa por la Indanza o la Endara era tan cotidiano como pasar de la sala al comedor. En ese barrio nos conocíamos todos: en diciembre jugábamos a cambiar de casa para rezar la novena, mientras los aviones nos peinaban el techo con un estruendo que parecía advertencia divina. Quizás de ahí venga mi ansiedad generalizada —porque, a ver, cualquiera desarrolla nervios si pasa su infancia cantando villancicos a dúo con un Hércules C-130—. Pero así era: un barrio caminable, con escuela cerca, parques a mano y una comunidad donde todos éramos cómplices de las mismas travesuras.

El monumento al Labrador era nuestro GPS; el parque José Collaguazo, la autopista ajardinada que nos llevaba hasta la Isla San Cristóbal; y el parque Isla Tortuga, la llave mágica hacia la Shyris. Todo eso sigue en pie, sí, pero como reliquia empapelada de vallas y fealdad improvisada: huesos de una vida que se mudó hace rato. Lo que fue mi patio trasero es ahora el Parque Bicentenario: monumental, verde, huérfano. Se siente como esos regalos de Navidad con un par de medias dentro. El aeropuerto se fue, sí, pero la vida urbana nunca hizo check-in.

La semana pasada lancé una encuesta en redes: ¿dónde imaginas que vivirán tus nietos en el Quito del 2044?
Las respuestas fueron tan reveladoras como predecibles: seis de cada diez votaron por los valles —Cumbayá, Tumbaco, Los Chillos— como si el futuro estuviera reservado solo para la Ruta Viva, cercas eléctricas y un centro comercial a la vuelta. Muy pocos eligieron el centro, el corredor del Metro o el Bicentenario.

Y lo entiendo: yo mismo vivo en el valle desde hace cinco años, desde que cumplí 45, después de haber pasado toda mi vida anterior en Quito. Pero eso no significa que deba ser así para siempre, ni que lo sea para las generaciones que vienen.

Los psicólogos llaman a esto sesgo de proyección (projection bias): esa manía de imaginar el futuro como una versión ampliada de nuestro presente, suponiendo que nuestros gustos, deseos y condiciones serán los mismos dentro de veinte o treinta años. No lo serán. Como adolescentes que creen que la fiesta será eterna, proyectamos nuestra vida adulta desde la lógica de la juventud que quiere huir del pasado. Quito hace lo mismo: huye de sí misma, como quien huye de sus padres, y solo cuando ya es tarde entiende que quiere volver a casa.

Pero los datos no tienen nostalgia.
Según el INEC, el tamaño promedio de los hogares en Ecuador cayó a 3,2 personas en 2022, y en Pichincha es todavía menor. La fecundidad está en 1,8 hijos por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo. Los nacimientos bajaron de 238.000 en 2023 a 215.000 en 2024.

Es decir: vienen generaciones más pequeñas, con menos hijos, más adultos mayores y hogares económicamente más frágiles. No van a vivir en casas enormes con jardines: van a necesitar viviendas proporcionales a su capacidad de endeudamiento, con valores de adquisición moderados, hipotecas que no los asfixien, y acceso cercano a servicios y transporte público.
Y eso es justo lo que Quito no les está ofreciendo.

Aquí entra el concepto de reemplazo generacional. Cuando una cohorte entra y otra se retira, no solo cambia la edad promedio: cambian las prioridades, los valores y las formas de habitar. Los investigadores distinguen tres fuerzas: la edad, que marca los ajustes vitales (hijos, trabajo, retiro); los periodos históricos, que golpean a todos (crisis, pandemia, boom económico); y las cohortes generacionales, que nacen en un contexto y cargan esa marca para siempre. Es esta última —el reemplazo generacional— la que lentamente reconfigura ciudades y mercados.

Es la razón por la cual nuestros nietos no soñarán con lo mismo que nosotros: porque vivirán en otra economía, en otros hogares, con otras expectativas.

Mientras tanto, los valles siguen creciendo porque el mercado —más que la planificación— aprendió a envolverlos en un relato aspiracional. Un regalo de Navidad a la inversa: caja grande, juguete de moda adentro, pero que será reemplazado en la próxima temporada. Cumbayá no se vendió como suelo barato, sino como promesa de vida: colegios, malls, cafés, clínicas, espacios de trabajo compartido. Cada proyecto parte de una narrativa de pertenencia.

Y no se trata de atacar a los valles ni de negar su dinamismo, sino de entender que el futuro de Quito no puede depender solo de expandirse hacia los bordes mientras su centro se vacía y se convierte en una capital fantasma.

Labrador y el Bicentenario, en cambio, no tienen relato. Son un territorio en pausa, planificado pero sin magnetismo, con la etiqueta injusta de “vacío” pegada encima. Lo paradójico es que la ciudad ya decidió, sobre el papel, que esta zona será su próxima gran centralidad. Desde el Plan Especial Bicentenario de 2013, ajustado en 2018, el suelo está zonificado para usos mixtos, alta edificabilidad y proyectos integrales. El PUGS 2021–2033, en su actualización 2024, reafirma esa intención: convertir el entorno del parque en un distrito de vivienda, comercio, cultura y servicios, pensado para revertir la dispersión suburbana.

Sobre el mapa, todo está listo.
Pero la ciudad no se levanta con planos, sino con deseos. Primero el anhelo, luego la visión; después la oferta planificada, y al final la demanda que llega, poco a poco, como quien vuelve a casa sin prisa. Repoblar no es un sprint: es una caminata larga hecha de pasos cortos, con la vista fija en la meta.

Y hoy nadie desea vivir aquí.
Porque sí, hay Metro, pero no hay ciudad. No hay conectividad este–oeste que lo acerque al resto. Porque las calles todavía se sienten inseguras. Porque no hay cafés ni escuelas ni pequeños comercios que den la sensación de barrio. Porque el parque, en vez de irradiar vida urbana, sigue pareciendo un borde verde cercado por la nada.

El mercado castiga esa ausencia de señales: sin actividad, no hay inversión; sin inversión, no hay vida; sin vida, no hay valor. En resumen: sin vida urbana, no hay inversión; sin inversión, no hay valor.

El desafío no es solo de ordenamiento, sino de creación de valor simbólico y real. La estrategia no debería empezar por vender departamentos, sino por construir vida urbana: proyectos ancla de usos mixtos con tres ofertas claras:

  • viviendas accesibles para quienes adquieren su primer hogar,
  • viviendas flexibles para quienes atraviesan la etapa de consolidación familiar,
  • y soluciones de downsizing para quienes buscan reducir metros y gastos sin perder calidad de vida.

Todo esto acompañado de comercios en planta baja, espacios de trabajo compartido y flexible —no esas palabras de moda que suenan a oficina con barista, sino lugares donde realmente se pueda producir y convivir—, guarderías, centros de salud, terrazas comunales y, sobre todo, una red de movilidad multimodal que lo ate al resto de Quito: Metro norte–sur, buses eléctricos este–oeste y cables que suban a las laderas de la Occidental y la Oriental.

Solo así Labrador dejará de ser frontera y podrá ser puente.

Porque la pregunta no es si nuestros nietos querrán vivir aquí.
La pregunta es si podrán vivir en otra parte.
¿Podrán costear gasolina, peajes, colegios lejanos, casas inmensas que se vuelven jaulas vacías cuando los hijos se van? ¿Podrán sostener el mito suburbano en un país donde cada año nacen menos niños, donde los hogares se achican y donde el ingreso real es cada vez más inestable?

Es probable que no.

Y cuando eso pase, cuando el espejismo se disuelva, volverán a buscar lo que hoy dejamos atrás: cercanía, servicios, comunidad, transporte, parques. Ciudad.

Porque los valles seguirán desarrollándose, sin duda, pero las realidades diversas de las próximas generaciones encontrarán también su camino de regreso, repoblando Quito con nuevas formas de habitarlo.

Y ahí, si la ciudad hace bien las cosas, los estará esperando el Labrador, transformado en la centralidad viva que debió ser desde que el último avión despegó.

Porque en el fondo, todo esto no es nostalgia.
Es simple lógica urbana: volver a casa será la única forma de poder quedarse.

Fuentes consultadas

  • INEC (Instituto Nacional de Estadística y Censos)
    • Censo de Población y Vivienda 2022.
    • Proyecciones y Estimaciones de Población 2024.
    • Estadísticas Vitales: Nacimientos y Defunciones 2023–2024.
  • Municipio del Distrito Metropolitano de Quito
    • Plan Especial Bicentenario (2013, actualizado 2018).
    • Plan Metropolitano de Ordenamiento Territorial (PMDOT) 2021–2033.
    • Plan de Uso y Gestión del Suelo (PUGS) 2021–2033, actualización 2024.
  • FLACSO Ecuador / estudios académicos
    • Investigaciones sobre migración residencial hacia el Valle de Tumbaco y efectos de la Ruta Viva y el nuevo aeropuerto (2000–2020).
  • Literatura en ciencias sociales y economía del comportamiento
    • Kahneman, D. (2011). Thinking, Fast and Slow —sesgo de proyección.
    • Loewenstein, G., O’Donoghue, T., & Rabin, M. (2003). Projection Bias in Predicting Future Utility. Quarterly Journal of Economics.

One response

  1. Esteban, es muy acertado tu análisis en este artículo. Quito no tiene un proyecto estructurante que permita devolver su capacidad de atracción. Una visión más amplia de inversión pública y privada que generen las condiciones óptimas para que volver a la meseta sea una aspiración a una mejor calidad de vida urbana. Esperemos podamos construir pronto ese espacio aspiracional.

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