CASO #55

¿Y si la IA nos gobierna?

Un VAR para las decisiones de la ciudad 

Esta semana, Skynet volvió a los grupos de WhatsApp. El 10 de septiembre, Anthropic publicó un informe sobre gente que intentó usar su inteligencia artificial para ciberataques y, posiblemente, desarrollar armas biológicas. Dos días más tarde, Dario Amodei, su cofundador, pidió bajarle la velocidad a la industria. Elon Musk y Sam Altman, los que más pisaban el acelerador, ahora también están pidiendo bajar la velocidad.

Mientras ellos discuten si frenar, a mí me frena un cono. Transito por la Ruta Viva todos los días; salgo por la Transversal 9 rumbo al sector de la Cerámica y luego voy a Puembo. Ahora la están arreglando por tramos, así que mi agenda depende de dónde amanezca ese cono. Waze calcula y me desvía, mientras veo cómo se estira la hora de llegada. La batalla entre obedecer y no obedecer a las máquinas la perdimos hace años. Así que llamo para disculparme por la demora y, en el tráfico, prefiero pensar en cómo la inteligencia artificial puede domesticar la estupidez natural.

Alexandre Bayen, del Instituto de Transporte de Berkeley, estudió cómo las ciudades son afectadas por estas apps de ruteo y lo explicó con la teoría de juegos de John Nash: fueron creadas para ahorrarnos tiempo, y funcionan muy bien de a uno por uno, pero mientras más personas le hacemos caso a la vez, el atajo se llena y la cola se muda a calles de barrio que nunca estuvieron pensadas para eso. Antes, la ruta la marcaban los letreros que salían del plan vial de la ciudad. Ahora la decide una app que no tiene plan vial ni por qué tenerlo. La app solo puede ver tu carro y la ciudad, por supuesto, le vale lo mismo que un brócoli.

El Municipio, mientras tanto, trabaja al ojímetro para decidir dónde va un semáforo, a qué hora se cierra un carril, por dónde entra el desvío o en qué orden se asfaltan cinco tramos, con la información que alcanzó a reunir y con el tiempo que le dieron. A veces le pega. Cuando no le pega, nadie se entera, porque la ciudad no lleva cuentas de sus propias decisiones. Cada cagada es parte de nuestro paisaje, uno la maneja todos los días, y una decisión de dos horas nos dura veinte años.

Es aquí donde yo quisiera que entrara la IA, para revisarle la tarea al que gobierna. Algo así como el VAR. Antes de cerrar un carril, revisar qué pasó las otras veces que lo cerraron a esa misma hora. Antes de aprobar un desvío, ver a qué calles del barrio los va a mandar y avisar que esas calles tienen escuela. Cruzar el cronograma de la empresa que asfalta con el de la que abre huecos para meter tubería: una comparación que ninguna reunión de coordinación ha logrado nunca.

El VAR no juega el partido ni le quita el pito al árbitro. Le muestra la repetición. Después, que pite lo que quiera. Con un alcalde debería pasar lo mismo: que decida, que cambie de opinión, que bote el proyecto anterior si le da la gana. Pero que no nos venga después con que no había información. Con la IA le será más difícil fingir demencia.

De ahí sale, de paso, otra cosa que nadie quiere decir en campaña: una buena parte del aparato público se pasa el día moviendo papeles de un escritorio a otro y comparando a mano cosas que una máquina puede cruzar en el tiempo que dura una siesta de funcionario. Esa burocracia se puede achicar bastante. Y probablemente el único que la extrañe sea el que vivía de que el trámite se demorara.

Lo humano viene después, y es lo difícil. En la obra misma. Sentarse con el barrio. Entender por qué, en esa esquina, la regla general no funciona. Decidir cuándo una excepción tiene sentido y cuándo es viveza. Ahí sí quiero gente avispada en la calle en lugar de expertos en poner sellos.

Ojo, también hay cómo hacerlo pésimo, y ya pasó. Rotterdam le puso un algoritmo encima a la gente que recibía ayuda social y terminó sospechando más de quien hablaba mal el holandés. El VAR revisa la jugada, no al jugador. La máquina mira decisiones públicas, contratos, cronogramas y datos de la calle. El día que pase de eso a ponerle puntaje a la gente, apáguenla.

No me lo estoy inventando. En Brasil, la Contraloría tiene un robot que lee las licitaciones antes de que se adjudiquen. Albania decidió saltarse un par de capítulos y presentó directamente a una ministra virtual creada con inteligencia artificial. Se llama Diella y está metida en uno de los lugares donde más fácil se pierde la plata pública: las contrataciones. El primer ministro la vendió como una máquina que no duerme ni tiene primos contratistas.

Diella puede leer, comparar, detectar y recomendar. Pero al final firma una persona. Y cuando algo sale mal, la responsabilidad todavía tiene nombre y apellido.

O sea: hicieron ministra a la máquina y terminaron inventando el VAR.

Entonces, la máquina, ¿de quién es?

Porque estas cosas no flotan en el aire. Corren en servidores, nubes y contratos de alguien. Y en alguna cláusula que casi nadie lee se decide si todo lo que la máquina aprende de la ciudad se queda en la ciudad o termina arrendado, con renovación automática y letra pequeña.

Que la IA nos gobierne, no. Pero que le mire por encima del hombro al que decide por dónde va a pasar la ciudad los próximos veinte años. Activémosla mañana mismo.

Una máquina no se cansa, no se va de vacaciones en agosto y no almuerza con nadie. Tampoco va a convertir en santo al que nunca lo fue. Pero sí puede hacerle la vida difícil al vivo y al incompetente, y sobre todo al que tenía el informe sobre el escritorio y firmó sin abrirlo. En obra pública, los tres cuestan lo mismo.

Y si a alguien le molesta trabajar con la jugada grabada, que se dedique a otra cosa.

Fuentes

  • Ensayo de Dario Amodei, “We Must Pace the Frontier”, 12 de septiembre de 2026, y respaldo público de Sam Altman y Elon Musk; informe de amenazas de Anthropic, septiembre de 2026.
  • Investigación del Instituto de Estudios de Transporte de UC Berkeley sobre aplicaciones de navegación: la optimización individual empeora el resultado del conjunto y desplaza tráfico a calles residenciales.
  • Algoritmo de riesgo de fraude social de Rotterdam y su sesgo por dominio del idioma, documentado por Lighthouse Reports y Follow the Money.
  • Robot ALICE de la Contraloría General de Brasil: revisión diaria de pliegos de licitación y alertas previas a la adjudicación.
  • Diella, ministra de Estado para la Inteligencia Artificial de Albania, y declaraciones del primer ministro Edi Rama.

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