
La mesa quiteña se ponía para casi cuatro en 2001; hoy se pone para tres. Nadie se mudó, nadie anunció nada: en algún momento de estos veinte años alguien retiró una silla y no la devolvió. Bajo el mismo techo somos menos. Y lo que le pasa a la mesa le pasa al barrio: se vacía por dentro, despacio, mucho antes de notarse en la vereda.
Hace poco pregunté en X cuál es la conversación que todos esquivamos sobre Quito y ganó, lejos, la de reusar la ciudad vacía. Quito no se encogió —creció casi un 20 % entre los dos últimos censos—, pero gana gente mientras pierde barrios. Las familias dejan La Mariscal, San Roque o La Magdalena y reaparecen en Calderón, Conocoto o Puembo. Una pregunta más profunda sería: ¿por qué cuesta tanto volver a la ciudad que ya construimos?
El censo, además, sabe disimular. Las Casas y la Universidad Central crecieron 4 % entre censos: en la planilla, barrios sanos. En la cuadra, los hijos crecieron y se fueron; los que llegaron no saludan y la tienda donde fiaba la vecina cerró sin funeral. Un vecino es alguien con quien uno tiene algo que ver; lo demás es solo población.
Buena parte de ese Quito con techo y dueño está atrapada: herencias que nadie reparte, copropietarios que no se hablan, fichas patrimoniales sin un centavo detrás. Llamar vacía a esa propiedad es mera cortesía. A ese edificio hay que ponerle un cronómetro: un plazo para rehabilitarlo o para sacarlo a remate. Bogotá lo hace desde hace décadas y el derecho a la propiedad sigue de pie.
El otro nudo es el de los incentivos. La ciudad no tiene que escoger entre construir nuevo y conservar. La oferta tiene que ser mixta: obra nueva donde tenga sentido y rehabilitación donde la ciudad ya tiene estructura, memoria, servicios y calle.
Pero hoy el sistema está torcido. A la obra nueva le ponen alfombra roja. A la rehabilitación le ponen ventanillas. Mientras rehabilitar sea una hazaña, repoblar seguirá siendo un milagro.
No hace falta una revolución. Entre otras, hay dos palancas simples. La primera: que la ciudad vacía pague. No puede costar lo mismo habitar un edificio que dejarlo apagado a la espera de la plusvalía.
La segunda: un crédito de rehabilitación del BIESS con los plazos y las tasas de la vivienda nueva. Si el Estado financia el estreno, también tiene que financiar el rescate.
Porque pintar fachadas ayuda, claro. Pero no repuebla. Le pasa incluso a nuestra querida Cuenca: postal, fachada cuidada, centro bonito para la foto; y aun así está comenzando a adolecer de habitantes locales.
Si la norma solo permite ver el edificio, pero no adaptarlo para vivir, la ficha patrimonial se convierte en una lápida. Conservar no puede significar congelar. Conservar es dejar que la ciudad siga respirando dentro de sus edificios.
Una ciudad no se reactiva solo con metros cuadrados. Se reactiva con puertas abiertas, luces encendidas y alguien en la esquina que todavía conoce tu nombre.
No todo crecimiento nace vacío. En el sur, Solidaridad Quitumbe se levantó a punta de eficacia práctica de las mingas y siguió siendo barrio, porque primero hubo vecinos y después casas. Cuando se invierte el orden, sale un conjunto con piscina y sin barrio.
Seguir estirando tuberías hacia las lomas sin activar la ciudad ya servida también es un mal negocio. La ciudad más cara de Quito es la que ya pagamos. Por eso, lo más eficaz es que el borde financie al centro: lo que el municipio cobra por autorizar más altura en la periferia puede destinarse íntegramente a que alguien vuelva a encender una ventana en La Magdalena o en la 10 de Agosto.
De diagnósticos vamos sobrados. Décadas de foros, mesas y papers que se citan entre sí sin poner una placa de yeso. Casi todo ya está escrito en la ley, durmiendo desde hace años; nada de esto pide reinventar el encebollado. Lo que rehabilita un barrio es una decisión, un presupuesto y vecinos sentados en la misma mesa que el municipio. Menos diseño de dron y más nivel de calle. Reusar no luce: ningún alcalde corta la cinta porque un edificio vuelve a tener inquilinos. Pero habitar bien lo que ya existe también es progreso, aunque no aparezca en la publicidad.
No sé por qué desapareció esa silla: inseguridad, precio, aspiración o porque vivir más lejos empezó a parecer una mejora. Sospecho que fue un poco de todo. Dentro de casa, la mesa sigue puesta, con una silla menos, arrimada a la pared.
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