Caso #12

noviembre, 2, 2025 • Tiempo de Lectura: 3.5 minutos

CASO #12• Barrio La Mariscal: Quito ya está construido, solo está dormido.

noviembre, 2, 2025 • Tiempo de Lectura: 3.5 minutos

Los barrios también sueñan.
A veces con sus memorias extraviadas.

En La Mariscal, entre Robles y Jorge Washington, vivían mis abuelos.
Cuentan que Augusto Pinochet —sí, ese mismo—, agregado militar entre 1956 y 1959, dejaba su Cadillac negro atravesado frente al portón.
Mi abuelo, habano en boca, gesticulaba insultos en su idioma natal desde el balcón al general: «¡Sharmuta, te crees dueño del barrio!»… Vaya que el viejo tenía razón.

Años antes, el barrio ya mudaba de piel.
Rosales al frente, pan caliente, madera encerada y las campanas de Santa Teresita marcando la hora exacta: una ciudad de veredas anchas donde el prestigio se medía por la sombra de los árboles.

En la esquina de la Amazonas con Robles abrió La Favorita, el primer autoservicio del país: así como los parachoques cromados de los autos, los fierros del carrito de compras eran símbolos de modernidad.
La Mariscal era el mall antes del mall: fuentes de soda, peluquerías, sastrerías y zapateros con olor a tiza y laca.

Salto a mi adolescencia.
Frente al parque Gabriela Mistral mi familia abrió el Centro de Comidas El Parque.
Yo, con mandil, volteaba hamburguesas y servía helados.
Cada 5 de diciembre el parque retumbaba con bandas de pueblo, trombones y espuma; después, Wilfrido Vargas hasta el amanecer.
Aunque las damas cariñosas de la noche pululaban en sus esquinas, el barrio era seguro.
Bullían Libri Mundi, Café Libro, El Pobre Diablo, Taller Mariscal, Latitud Cero, Liberarte, Q Manía, El Sótano y Cactus Jack: un circuito insomne de arte, música y resaca.

Hasta ahí nomás mi nostalgia, porque no viví el auge de la Plaza Foch.
Les dejo a ustedes contarme la suya.

Ahora quiero hablar de un barrio que sueña con futuro, pero mirando al retrovisor.

Para 2022, anémica, La Mariscal tenía apenas 10 067 habitantes en 130 hectáreas, pero estaba rodeada de nueve universidades, con miles de estudiantes, docentes y profesionales que llegan de día y huyen al caer el sol.
Otros rondan, consumiendo con licencia municipal hasta la madrugada, en un barrio con luces pero sin ojos.
Y cuando nadie mira, las ciudades caducan como la leche, y los oportunistas se la beben sin mirar la fecha.

Aquí, sin embargo, hay todo para revertirlo: servicios, transporte y población suficiente para repoblarla cuando sientan que hay valor real bajo un modelo sostenible para el inversor dentro de un ecosistema cívico, ético y accesible.
Un barrio vivo no se mide por los bares que cierran tarde, sino por las cortinas que se abren temprano.

El acuerdo

Suena mi celular.
La Agencia de Emprendimiento e Innovación (AEI) —con una red de más de 200 empresas y startups ecuatorianas— me pide apoyo.
«Mañana a las ocho», respondí.

Llovía, pero con café en mano nos sentamos con Daniela Sofía Loaiza (CAE-P) y Diego Hurtado (vecino y urbanista).
Decidimos ir sin novelerías: acuerdos reales entre gobernanza, privados y habitantes.
Así se fortaleció el Polígono de Innovación La Mariscal, dentro del Distrito de Innovación: un trabajo conjunto entre empresa, academia y comunidad para probar que regenerar no es expulsar.
Aparentemente, la alcaldía también está alineada para impulsarla; ojalá sea sostenido.

El polígono ocupa siete hectáreas alrededor del parque Gabriela Mistral —entre Colón, 6 de Diciembre, Reina Victoria y Lizardo García—, un nodo de acupuntura urbana diseñado para provocar contagio virtuoso.

El plan

Esperamos llagar a que el 70 % del suelo sea vivienda, con arriendos accesibles para estudiantes, docentes y jóvenes profesionales.
Regular las alturas con sentido: veinte pisos en los ejes Patria y Colón, consolidando los perfiles urbanos formados en los últimos cincuenta años; doce en la 6 de Diciembre y en las avenidas norte-sur, como Río Amazonas y 10 de Agosto; y solo cuatro —más un quinto retraído— en el corazón barrial de la Mariscal.
Esa escala mantiene la relación con las edificaciones tradicionales y evita sombras que rompan la calidad de vida.
Ninguna sombra más larga que la memoria.

Queremos calles vivas, pisos bajos que huelan a pan y a libros, cafés sin cercos ni vallas, donde los árboles marquen el ritmo del la vida moderna.
Reverdecer con techos ajardinados, aceras amplias y pavimentos permeables que filtren agua y esperanza.
Dejar el auto en los bordes y entrar caminando.
Tarifas que lleguen a los vecinos directamente.
Estacionar menos y mirar más.

La seguridad vendrá con inteligencia: tecnología visible e invisible, diseño urbano que permita ver y ser vistos, y vecinos que confíen entre sí, porque la seguridad no se vigila: se comparte.

El CAE-P recomienda, además, preservar los retiros ajardinados y la morfología histórica de La Mariscal —fachadas abiertas, altura coherente y transición suave entre el espacio público y el privado— como garantía de escala humana y bienestar.

El modelo

La AEI ya instaló su sede en las Torres de Almagro (Ponce Bueno y Stadler, 1978).
La UPC del parque Gabriela Mistral fue renovada por empresas privadas, primer gesto concreto de esta alianza entre ciudadanía y empresa.
Urbanistas y arquitectos acompañan con asistencia técnica, urbanismo táctico y seguimiento del plan parcial.

Privado, gremio y ciudadanía: tres fuerzas que rara vez se alinean, hoy tratando de apuntar derecho.
El objetivo no es solo La Mariscal: es crear un prototipo de ciudad posible, en escala manejable hoy, pero escalable mañana.
Suprapolítica.

Si funciona, servirá de molde para otros barrios que todavía no despiertan.
Cuando un barrio funciona, la gente lo respeta y lo replica.
Pasa como con los sánduches y los hot dogs: si uno pega, al mes siguiente hay diez más.
El éxito también se contagia y desplaza lentamente lo indeseable.

Escriban, discrepen, sumen: las ciudades —como los barrios— se perfeccionan cuando se comparten.
Porque las ciudades no se despiertan solas; alguien tiene que encenderles la luz.

Le seguirá la avenida 10 de Agosto. Ya les contaré… caso a caso.

NOTA EDITORIAL: Este texto pertenece a la serie “Quito Caso a Caso”, un proyecto suprapolítico —más allá de partidos o ideologías— que propone leer la ciudad desde su memoria y desde quienes la habitan.

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