octubre, 19, 2025 • Tiempo de Lectura: 3 minutos
CASO #10 •La valla perfecta: el crimen perfecto.
El que cumple, pierde.
octubre, 19, 2025 • Tiempo de Lectura: 3 minutos

Ya me obligaron a hablar de las vallas otra vez…
Que conste que quería otro tema esta semana, pero, con sabor criollo, las brutalidades del sistema no paran.
Permítanme: trato de explicar lo inexplicable.
La nueva normativa de la Secretaría de Hábitat y Ordenamiento Territorial (SHOT) —el ente municipal que regula el uso del suelo— no es un trámite más. Es el engranaje de un aparato que tortura al ciudadano.
El Concejo aprueba, las Administraciones Zonales dan licencias y la AMC debería controlar.
¿Lo hace? Juzguen ustedes.
Imaginemos, por un momento, que las vallas son casas. Les cuento de dos vecinos.
El primero, un valiente cumplidor, decide en enero construir su hogar. Se lanza al abismo: contrata arquitecto, presenta planos, paga estudios estructurales, de suelos, replanteo vial… hasta un permiso de aviación civil (sí, ¡para una casa!). Jadeando, logra aprobar planos en noviembre. Pero, en ventanilla, el Municipio le dice:
“Solo tramitamos permisos de construcción (LMU-20) en julio y agosto.”
Ocho meses de espera. Terreno vacío, crédito devorando intereses, sueño en pausa.
El otro vecino, más “avispado”, construyó sin licencia ni planos hace años.
Ahora, con una foto, regulariza todo.
Un reglazo en la mano y licencia renovada por cuatro años.
Así nomás.
Eso plantea la nueva resolución de SHOT para las vallas ilegales: cuatro años de premio al infractor, cuatro años de castigo al iluso formal.
¡Vaya política pública!
Hoy Quito tiene 1 040 vallas publicitarias; 889 (85 %) son ilegales.
Solo 151 cumplen la norma.
La deuda por multas y permisos suma USD 76 millones.
Una sola empresa controla el 40 % del negocio.
Y, aun así, la normativa amplía el cupo a 1 400 vallas, legalizando las ilegales y extendiendo su vida útil.
Un salto del 827 %, disfrazado de “actualización normativa”.
La analogía con las casas es inevitable: el 70 % de las edificaciones en Quito son irregulares, el 80 % vulnerables a un sismo.
Se castiga al que pide permiso; se premia al que construye y pregunta después.
El arquitecto y su cliente formal pagan caro.
El infractor gana estabilidad.
La ciudad pierde.
Pierde paisaje, seguridad, identidad.
Cada valla ilegal es una casa irregular con patas de acero.
Y en lugar de sancionarla, el Municipio la bendice por decreto, con yapa.
Quebradas, cerros, fachadas, espacios verdes —los pocos respiros de Quito— se convierten en soportes de propaganda.
¿Vieron esas cubetas de biscochos gigantes en los edificios?
¿Las Vegas en el Ilaló?
La contaminación visual no es solo estética: fatiga la mente, deforma el paisaje, borra la identidad.
Quito ya no se mira, se alquila.
Así se comete el crimen perfecto:
instala lo ilegal, espera unos años, cambia la norma, y listo.
Sin juicio, sin culpa, sin fianza.
El delito se vuelve trámite; el trámite, negocio.
Y nosotros, con cara de giles, chupándonos el dedo.
Porque en Quito, cumplir es desventaja.
El crimen perfecto no lo comete el que roba…
sino el que legisla para que robar deje de serlo.
Al final, dejo la resolución completa de SHOT (PDF) para quien quiera leer —con calma— el guion de este heist municipal.
“Este texto expresa una opinión ciudadana sobre la gestión del espacio público y no atribuye hechos ilícitos a persona o empresa alguna.”

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