CASO #8 • Las vallas en Quito — la silla siempre está vacía
El arte de blanquear lo ilegal
septiembre 5, 2025 • Tiempo de Lectura (5 minutos)

El arte de blanquear lo ilegal
La silla vacía nació en la Constitución de 2008.
Un mecanismo que permite a cualquier ciudadano —a ti o a mí— participar en las sesiones del Concejo, hablar, opinar, advertir.
Suena buenísimo: un espacio para que nuestra voz sea escuchada por las otras sillas donde se sientan quienes, momentáneamente, conducen la ciudad.
Pero este teatro participativo es el equivalente político a un karaoke con parlante desconectado.
En el Concejo Metropolitano de Quito, la silla vacía se ha vuelto una pieza fija de escenografía.
Cada sesión tiene su convocado, sus cinco minutos de micrófono y la indiferencia garantizada.
Quito es como Springfield, la ciudad ficticia de Los Simpsons.
Allí también hay una silla vacía donde el alcalde Quimby inaugura la sesión, promete transparencia y, mientras los vecinos hablan, él ya firmó el contrato con su primo.
Tanto Quito como Springfield son una caricatura.
El jueves pasado, la farsa llegó a su clímax habitual.
Mientras los que lograron llenar el papeleo para poder hablar se sentaban, la Comisión de Suelo ya tenía lista una presentación de PowerPoint, diagramada profesionalmente por los ingenuos técnicos que cumplían el mandato de sus jefes.
A través de la ordenanza LMU-41, con un solo clic, Quito pasó de 115 vallas legales a 900 legalizadas, eliminando más de 76 millones de dólares en multas, mientras el concejal a cargo se sentía orgulloso de haber cobrado 1,2 millones —apenas el 1,6 %— y de ampliar el cupo a 1 430 vallas.
Espectacular gestión.
Por enésima vez —una de las miles— la ciudad premia a quienes la desfiguran y se dan una palmadita en la espalda por “hacer lo que nadie antes pudo”.
Durante la sesión, los ciudadanos que lograron sentarse en la silla invisible expusieron sus cifras y opiniones: colectivos, técnicos, urbanistas y empresarios del negocio de las vallas, grandes y pequeños.
Algunos defendían su “derecho adquirido” a ocupar el espacio público; otros, su derecho a seguir impunes.
Y todos lo hacían bajo la sombra de una sola empresa que controla el 40 % de las vallas de Quito, como si el paisaje urbano fuera una franquicia privada.
Al frente, los concejales —casi todos de profesiones ajenas al urbanismo o al pensamiento libre— fingían escuchar mientras respondían mensajes de texto.
Gente que legisla sobre lo que no comprende y que, en cualquier país civilizado, estaría tomando nota para luego, con una módica dosis de ética, tratar de servir a sus mandantes: los quiteños.
Los mismos que no aparecieron en las mesas de diálogo cuando fueron convocados.
Los mismos que ahora llaman “regularización” a lo que cualquier jurista llamaría blanqueo de ilegalidad.
El Municipio publicó su defensa en un documento “técnico”: un PDF maquillado como informe, repleto de infográficos de agencia comunicacional fungiendo de tecnicismos.
Una pieza de propaganda con marca ciudad y tufo a Las Vegas.
Un archivo con más gráficos que argumentos; más color que vergüenza.
Quito no necesitaba más vallas, necesitaba menos complicidad.
Pero aquí, lo ilegal no se castiga: se decora.
Y luego se regurgita —por ignorancia o apatía— entre los pocos que aún creen estar fuera de la argolla.
El espacio público se vende por cuotas, los paisajes se alquilan por meses y todo se paga con anuncios.
Es grotesco ver el marco donde ocurre todo: la silla vacía al frente, y a cargo una tribu de NPCs (búsquenlo en Google): concejales que estarán unos años, desaparecerán en el olvido y serán reemplazados por otros iguales.
Mismas risitas, los mismos susurros al oído de su pana de al lado, y luego, a contar los minutos para que se acabe el teatro o para defenderse como gata rabiosa si les dicen la verdad.
La silla siempre está vacía.
No se preocupen. La próxima vez, tal vez la llenen… con una publicidad de salchipapas.
NOTA: Abajo adjunto el Power Point con la propuesta y la Carta de convocatoria del Consejo a cada participante de la silla vacía y link del video del teatro. Saquen sus propias conclusiones.

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