agosto, 17, 2025 • Tiempo de Lectura: 3 minutos
CASO #1• Casuística quiteña.

Nuestro dedo apunta con la soltura de una suegra cuando criticamos a la ciudad: alcaldes, concejales, empresarios, contratistas. Todos son culpables. Pero al volante, cuando el de adelante enciende la direccional, a la izquierda o a la derecha, nos da lo mismo: lo importante es bloquear el paso. Repetimos desde abajo la misma lógica que denunciamos arriba.
Sí, la gobernanza está rota. Y también lo están nuestras esquinas y veredas. No solo por la deficiencia de políticas públicas, sino también por la forma en que usamos (y abusamos) del espacio común. Lo que los operadores del poder y sus aliados de ocasión hacen a gran escala, el ciudadano lo repite en piloto automático: estacionarse donde quepa la F50, empujar con la escoba lo que estorba y correr la basura unos metros hacia la vereda del vecino.
Quito es un organismo enfermo. Y, como en todo organismo, los síntomas se manifiestan en lo más pequeño: un parque que agoniza, un cruce imposible, una obra inaugurada a medias. Patologías urbanas que se acumulan hasta convertirse en hábito.
En el quirófano, la gobernanza no cuenta con las credenciales necesarias para operar. Está tan enferma como el propio cuerpo urbano que pretende curar. Las intervenciones son urgentes y clandestinas, con cuentas de un hospital privado que nos mantienen sedados. Cuando despertamos y nos miramos en el espejo, descubrimos un cuerpo mutilado y esquelético. Nos acostumbramos a la dismorfia de una ciudad que, sin anestesia, refleja nuestra propia deformidad.
La improvisación dejó de ser una excepción para convertirse en un método. La aceptamos en la autoridad, la repetimos como ciudadanos y la justificamos como cultura. Lo inaceptable se naturaliza hasta volverse paisaje.
Por eso, Quito no se entiende en bloque. Se entiende, caso por caso, como un diagnóstico clínico. Cada esquina, cada barrio, cada proyecto necesita atención específica: acupuntura urbana, tratamiento quirúrgico, decisiones que trasciendan la inercia del poder o el capricho individual.
La crítica no es nostalgia ni queja vacía. Es el intento de despertarnos del piloto automático. Es reírnos de lo absurdo, no para resignarnos, sino para desnudar lo que no puede seguir así.
Quito no necesita culpables únicos ni excusas recicladas. Necesita ciudadanos y autoridades capaces de mirarse en el mismo espejo y reconocer que el problema no está solo en «el otro», sino en el organismo completo que compartimos.
Entenderlo exige cambiar las preguntas. Salir de la anestesia. Preguntarnos una y otra vez: ¿qué ciudad queremos construir?
La respuesta, como todo lo esencial, solo se encuentra caso por caso.
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